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domingo, 21 de marzo de 2010

La contribución de Galileo a la Iglesia



Por Joseph A´Hearn


Galileo seguramente no fue un mártir de la ciencia. De hecho, se equivocó en aspectos importantes. Hoy sabemos que la influencia de la gravedad de la Luna y del Sol es lo que causa las mareas y no el movimiento de la Tierra. Sabemos que el Sol no es el centro del universo, sino una estrella más en la Vía Láctea, que gira en torno al núcleo de nuestra galaxia, la cual a su vez también se mueve.

No digamos tampoco precipitadamente que Galileo no contribuyó a la ciencia. Aunque no haya acertado en todas sus teorías, es claro que contribuyó notablemente al progreso científico. Incluso se le conoce como el fundador de la ciencia moderna. Su contribución en el campo de la astronomía consiste sobre todo en sus observaciones astronómicas con diversos telescopios que él mismo construyó. Galileo vio la aspereza de la superficie de la Luna, cuatro satélites de Júpiter, manchas solares, las fases de Venus, estrellas que son invisibles a simple vista, y nebulosas. Galileo sabía que otros astrónomos llevarían más lejos estas observaciones, pero él fue el primero que dirigió un anteojo hacia los cielos y causó una reacción en cadena de descubrimientos astronómicos.

Lo que no se suele considerar es cómo ayudó Galileo a la Iglesia, sobre todo a entender la armonía entre la fe y la razón, no sólo en las teorías de los escolásticos, sino en la práctica de los descubrimientos actuales. Sin embargo, ¿no fueron eclesiásticos de la Iglesia católica quienes le condenaron a un arresto domiciliario y le prohibieron divulgar la doctrina copernicana? Para entender sus contribuciones, es preciso conocer el contexto histórico y cultural y la relación entre Galileo y la Iglesia. No me extiendo a desarrollar toda la historia precedente, sólo pretendo mencionar algunas consideraciones necesarias.

Copérnico había muerto en 1543, y ese mismo año se publicó su libro De Revolutionibus, declarando que el Sol era el centro del universo, y que todo giraba alrededor del Sol. Andreas Osiander recibió de las manos de Copérnico (que ya estaba en su lecho de muerte) el texto del De Revolutionibus, para que lo publicara. Sin embargo, Osiander decidió primero escribir un prefacio al libro al parecer sin la autorización de Copérnico. Según este prefacio, la hipótesis copernicana no trataba de la realidad del universo, sino solamente de un método matemático alternativo para hacer predicciones.

Por eso, Osiander decía que no hacía falta tomar la hipótesis copernicana en serio. Es por esto que los eclesiásticos no condenaron el copernicanismo sino hasta el año 1616, cuando algunos astrónomos sí comenzaron a tomarlo en serio. La explosión de una supernova en 1604 puso en tela de juicio la doctrina tolemaica de la incorruptibilidad de los cielos. La duda aumentó cuando las observaciones que Galileo comenzó a hacer en 1609 mostraban que algunos objetos celestes no daban vueltas alrededor de la Tierra.

La posibilidad de que las doctrinas de Copérnico resultaran correctas pareció sacudir los fundamentos de la teología cristiana, que según muchos teólogos estaría ligada a la cosmología aristotélica. Aristóteles, Tolomeo, santo Tomás de Aquino y muchos grandes pensadores y astrónomos habían considerado la Tierra como el centro del universo. Durante muchos siglos reinó la teoría de los cuatro elementos del mundo sublunar y del éter para el mundo más allá de la Luna. La Sagrada Escritura, al parecer, también apoyaba el geocentrismo. No cabía en la mente de los eclesiásticos que la Escritura o santo Tomás o Aristóteles se pudieran equivocar en esto.

Además nuestra experiencia nos dice que la Tierra no se mueve. En la edad de la contrarreforma, ¿quién era Galileo para poner en jaque una doctrina creída durante tantos siglos? Ni siquiera había recibido las órdenes menores como Copérnico ni había estudiado teología como los jesuitas que le contradecían. Galileo era oficialmente el primer matemático del Gran Duque de Toscana. Era un puesto importante y respetado. Sin embargo, tal posición no le permitía meterse en la teología como experto.

Los eclesiásticos tampoco podían negar los hechos. Algunos, como el jesuita Clavio, dedicaron el resto de su vida a explicar cómo los fenómenos recién observados serían compatibles con la doctrina aristotélica. Otros, como Cristóforo Borro, estudiaban la hipótesis de Tyco Brahe, que decía que los planetas giraban en torno al Sol, y el Sol, a su vez, giraba en torno a la Tierra. Los eclesiásticos llegaron a ver sin mucha dificultad que los cielos eran corruptibles, pero la doctrina del geocentrismo permanecía intocable.

Permitían que se hablara del heliocentrismo como medio para calcular las posiciones de los astros, pero no como explicación de la realidad. Sin embargo, Galileo insistía. Fue entonces cuando surgió la necesidad de una aclaración.

1616 fue el año del primer juicio sobre el copernicanismo. Se condenaron tres libros que apoyaban la tesis copernicana. Dos de ellos solamente se suspendieron hasta que se corrigiesen. El nombre de Galileo ni siquiera se mencionó en el proceso. El cardenal Bellarmino, uno de los teólogos más renombrados de la Iglesia de entonces, solamente amonestó a Galileo para que no defendiese la teoría copernicana. Galileo acató y pidió un certificado de tal amonestación al cardenal Bellarmino, quien se lo concedió.

Galileo era amigo del Cardenal Maffeo Barberini y había ayudado a su sobrino Francesco Barberini a obtener su doctorado en la universidad de Pisa. Cuando Maffeo Barberini fue elegido Papa en 1623, elevó a su sobrino al Colegio de Cardenales. Otros dos amigos de Galileo eran eclesiásticos en puestos importantes, Giovanni Ciampoli y Virginio Cesarini.

Sin embargo, Galileo se hizo adversario de los jesuitas, primero de Orazio Grassi por su disputa sobre los cometas y, más tarde, de Cristóforo Scheiner, por la disputa sobre las manchas solares. Scheiner, además, decía que si el geocentrismo se mostrara falso, entonces habría que ser más prudente y adherirse a la alternativa de Tyco Brahe, que no contradecía las Escrituras.

Galileo consiguió un imprimatur en el año 1632 para su Diálogo, pero sin avisar que le habían amonestado en 1616. Algunos meses después, el Papa lo mandó llamar a Roma.

Galileo no fue un hereje, pero tampoco fue un santo. No fue ejemplar en su vida personal, que no vamos a considerar, ni en su modo de responder a los juicios prudentes de la Iglesia. Después de exigir que se interpretara la Sagrada Escritura no de modo literal, sino de modo alegórico, citó la frase famosa de Baronio: “Spiritui Sancto mentem fuisse nos docere quomodo ad caelum eatur, non quomodo caelum gradiatur”, como si nada en la Biblia tuviera autoridad sobre el mundo físico.

Después intentó mostrar cómo la Sagrada Escritura apoyaba la teoría copernicana. Además, mientras exigía que el primer criterio de nuestro conocimiento fuera la observación empírica y que la Sagrada Escritura se debiera conformar con estas observaciones, no mostró pruebas reales a favor del copernicanismo. Estas pruebas no se producirían sino hasta bastante tiempo después: la del paralaje estelar en el año 1837, demostrada por Bessel; la del péndulo en el año 1851, demostrada por Foucault. Así que Bellarmino tenía mucha razón cuando le dijo a Galileo que considerara el sistema copernicano como una hipótesis mientras no contara con pruebas demostrativas irrefutables a su favor.

Tampoco fue prudente Galileo en la publicación de algunas de sus obras. En su Diálogo presentó en boca de Simplicio, el aristotélico ridículo, el argumento que el Papa Urbano VIII le había dicho personalmente sobre la imposibilidad de certeza en las teorías científicas. Decía Simplicio que si nosotros tratáramos de explicar el movimiento de la Tierra por las mareas, estaríamos limitando la divina potencia y sabiduría. Dios podría “conferir al elemento del agua el movimiento recíproco”, pues Dios es omnipotente, mientras que nuestras explicaciones tienen sus límites. Galileo testificó que no se dio cuenta, pero al Papa le molestó. Además, después de su condena, Galileo permitió la traducción al latín y la publicación de su Diálogo en Alemania. Así que no cumplió con fidelidad su juramento de 1633.

Eso no quiere decir que no haya dejado su huella tanto en la ciencia como en la Iglesia católica, de la que siempre formó parte. Galileo tuvo razón en parte respecto a la interpretación de las Escrituras. Según algunos eclesiásticos, los Padres de la Iglesia habían sido unánimes en la interpretación literal de los pasajes de la Biblia que se referían al movimiento del Sol y de la Tierra, y debían seguirse a ojos cerrados, pues el Concilio de Trento dio este criterio: “En materia de fe y de moral nadie según su propio juicio y que distorsione las Escrituras según sus propias concepciones se ha de atrever a interpretarlas de modo contrario al sentido que la Santa Madre Iglesia ha tenido y tiene, o de modo contrario al acuerdo unánime de los Padres, aunque tales interpretaciones nunca hayan sido publicadas”. Sin embargo, los Padres no habían sido unánimes. Galileo utilizó casi los mismos principios exegéticos que empleó san Agustín en su comentario a la Génesis (De Genesi ad litteram). Pero además no se trataba propiamente de una cuestión de fe o de moral, sino de una cuestión científica.

La Iglesia católica ha aprendido del caso Galileo esa lección de criteriología y de prudencia. En cuanto a criteriología, Juan Pablo II reconoció en su discurso del 31 de octubre de 1992: “En realidad, la Escritura no se ocupa de los detalles del mundo físico, cuyo conocimiento está confinado a la experiencia y los razonamientos humanos”. En cuanto a prudencia, en el mismo discurso el Papa había citado una carta de san Roberto Bellarmino al Padre Foscarini: “ante eventuales pruebas científicas […] «mejor decir que no lo comprendemos, en vez de afirmar que lo que se demuestra es falso»”.

Es por eso que, por ejemplo, el Magisterio de la Iglesia no se ha pronunciado sobre la existencia de los extraterrestres. La ciencia está descubriendo cada vez más qué tan difícil sea el cumplir todas las condiciones para que haya vida en un planeta, y la Biblia nos dice que Jesús murió una vez para siempre por la salvación de la humanidad. Sin embargo, la cuestión de la posibilidad de la existencia de la vida en otro planeta queda abierta. Quién sabe si algún día se descubrirá que existen formas de vida extraterrestre. Aplicando lo que dijo Bellarmino en la carta ya citada a esta posibilidad: “entonces sería necesario andar con mucha consideración en explicar las Escrituras que parecen contrarias”.

“La Sagrada Escritura no puede jamás equivocarse”, escribió Galileo en su carta a Benedetto Castelli. Y es verdad, pues la razón y la fe no se contradicen jamás. Son dos fuentes distintas para el conocimiento de la verdad, si bien tienen algunos puntos en común. La posibilidad de esta relación entre la ciencia y la fe es precisamente otra lección que se ha aprendido gracias a Galileo.

La Iglesia católica nunca ha sido enemiga del desarrollo científico. Basta tomar en cuenta que varios pioneros de las ciencias fueron sacerdotes católicos: Gregor Mendel, Georges Lemaître, Pierre Gassendi y san Alberto Magno, por poner algunos ejemplos, entre tantos otros que se podrían citar.

“La fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva a la contemplación de la verdad” (Fides et ratio, introducción). A la luz de lo que hemos visto, Galileo no debería ser considerado signo de contradicción, sino más bien de unión entre la ciencia y la fe.

“Santo Tomás Moro”
Centro de Estudios Políticos y Sociales

domingo, 31 de mayo de 2009

Galileo no estuvo en la cárcel ni murió en la hoguera



Entrevista realizada por Carmen Elena Villa a monseñor Melchor Sánchez de Toca, subsecretario del Consejo Pontificio para la Cultura

La Organización de las Naciones Unidas declaró el año 2009 como el Año de la Astronomía, debido a la conmemoración del cuarto centenario del nacimiento del telescopio por obra de Galileo. ¿Por qué algunos organismos de la Santa Sede se unen a esta celebración si condenó al famoso astrónomo?

Por este motivo, Galileo Galilei es visto hoy como un "santo laico", como un "mártir de la ciencia" y a la Iglesia como la "gran inquisidora" de este genio de la astronomía.

El caso de Galileo es mencionado también en el libro "Ángeles y Demonios" de Dan Brown cuya película fue estrenada a nivel mundial el pasado 13 de mayo.

ZENIT habla hablado con monseñor Melchor Sánchez de Toca, subsecretario del Consejo Pontificio para la Cultura y coautor del libro "Galileo y el Vaticano", sobre aquellos mitos así como las verdades históricas del juicio que la Iglesia realizó a este controvertido personaje.

--Hablemos un poco de las leyendas negras de Galileo...

--Monseñor Sánchez de Toca: El pasado 9 de mayo estaba dando una conferencia sobre Galileo en Toledo, España, a un auditorio formado principalmente por seminaristas e investigadores católicos y comenzaba diciéndoles que muchos se sorprenden al descubrir que Galileo no fue quemado en la hoguera ni fue torturado, ni estuvo en prisión. Al terminar la conferencia uno de los asistentes me dijo: "yo soy uno de esos, yo siempre pensé que Galileo había muerto en la hoguera".

Lo curioso del caso es que en realidad nadie se lo dijo ni probablemente lo ha leído. Simplemente es lo que él se imaginaba. Eso demuestra la fuerza tan grande que tiene el mito que se ha construido en torno a Galileo. Como decía Juan Pablo II, la verdad histórica de los hechos está muy lejos de la imagen que se ha creado posteriormente en torno a Galileo. Todo el mundo está convencido de que Galileo fue maltratado, condenado, torturado, declarado hereje, pero no es así.

Por poner un ejemplo muy reciente, el libro de Dan Brown "Angeles y Demonios" tiene un pequeño diálogo a propósito de Galileo al que presenta como un miembro de la secta de los Illuminati y contiene una sarta de errores históricos de bulto junto a otras cosas que son correctas.

--¿Podemos hablar de esos errores históricos de "Ángeles y Demonios" con respecto al tema de Galileo?

--Monseñor Sánchez de Toca: En realidad el libro se refiere a estereotipos que están muy difundidos. El problema de fondo de este libro es la mezcla de ideas filosóficas y científicas. La trama viene a decir que el profesor y sacerdote Leonardo Vetra es asesinado por una secta porque ha descubierto el modo de hacer compatible la fe y la ciencia, más aún, dice que la física es el verdadero camino hacia Dios. Estas son ideas que se difunden mucho, porque ha conseguido en el laboratorio crear materia de la nada. Eso es un absurdo filosóficamente hablando. Físicamente es imposible lo que propone, porque de la nada no sale nada. Se puede crear materia a partir del vacío, pero el vacío no es la nada, el vacío es, mientras que la nada no es. Es un principio filosófico elemental.

Esta tesis dice que la física representa un camino mejor y más seguro para llegar a Dios. Luego, respecto Galileo, en concreto, presenta el estereotipo habitual, según el cual, fue condenado por haber demostrado el movimiento de la tierra. No. Galileo no demostró nada. Es la pieza que faltaba en su argumentación.

Galileo decía, y en esto estaban de acuerdo sus jueces, que no puede haber contradicción entre el libro de la Biblia y el libro de la naturaleza, porque uno y otro proceden del mismo autor. El libro de la Biblia, inspirado por Dios y la naturaleza observantísima ejecutora de sus órdenes. Si tienen el mismo autor no puede haber contradicción. Cuando surge una aparente contradicción significa que estamos leyendo mal uno de los dos libros y él dice: es más fácil que seamos nosotros los que nos equivocamos al leer el libro de la Biblia, porque el sentido de las palabras de la Biblia a veces es recóndito y hay que trabajar para sacarlo, que equivocarse al leer el libro de la naturaleza, porque la naturaleza no se equivoca.

Una verdad natural, científicamente demostrada, tiene una fuerza mayor que la interpretación que yo doy del libro de la Biblia. Por lo tanto, dice él, que en presencia de una verdad científica demostrada, tendré que corregir el modo de interpretar la Biblia. La Biblia no se equivoca, pero quienes la interpretan se equivocan. Un criterio clarísimo compartido por sus jueces y por todo el mundo.

El Concilio de Trento, por otra parte, lo que decía es que, en la lectura de la Biblia, había que seguir la interpretación literal de la Biblia y el consenso unánime de los padres de la Iglesia, a menos que hubiese una verdad demostrada que nos permitiese hacer una lectura espiritual o alegórica. El criterio era muy claro: lo que ocurre es que Galileo pensó que estaba a punto de conseguir la demostración del movimiento de la tierra. Una cosa es estar convencido de que la tierra se mueve y otra cosa es demostrar que la tierra se mueve. Galileo nunca demostró que la tierra se movía. Estaba convencido de ello y hoy sabemos que tenía razón, pero sus jueces le decían que no veían por qué tenían que cambiar el modo de interpretar la Biblia, sobre todo cuando el sentido común me dice lo contrario, sin una prueba definitiva. Los jueces de Galileo adoptaron una posición prudencial. Galileo fue más allá. ¿Cuál fue el error de los jueces de Galileo? Deberían haberse abstenido de condenarle.

--¿Cómo fue en realidad el juicio a Galileo?

--Monseñor Sanchez de Toca: Fundamentalmente Galileo fue procesado en 1633 por haber violado una disposición que se le hizo en 1616. La disposición de 1616, que Galileo no cumplió, le prohibía enseñar el copenicanismo, es decir, la doctrina que dice que el sol está en el centro y la tierra se mueve alrededor.

Galileo pensó que la prohibición no era tan rígida, sobre todo después de la elección del Papa Urbano VIII y publicó un libro en el que, bajo la apariencia de un diálogo en el que se exponen los argumentos a favor y en contra, tanto del sistema tolemaico como del copernicano, en realidad se escondía una apología descarada del sistema copernicano. No sólo esto, que era ya una violación de la prohibición que se le había hecho sino que además consiguió fraudulentamente el imprimatur, engañó a quien lo concedió diciendo que era una exposición imparcial, pero no era nada imparcial. Por este motivo fue acusado y por lo tanto, sometido a procesos, es decir, sometido a un proceso disciplinar.

Galileo nunca fue condenado como hereje, ni tampoco el copernicanismo fue declarado como herético. Simplemente fue declarado contrario a la Escritura porque sobre la base de las pruebas que existían entonces era posible demostrar el movimiento de la tierra y, por lo tanto, decir que la tierra se movía parecía ir contra la Escritura. Era muy significativo que en 1616 un grupo de expertos declaró que la doctrina, según la cual, la tierra se mueve alrededor del sol era absurda y eso se entiende perfectamente en el contexto de la época, porque no se podía demostrar y el sentido común decía que el sol se pone y sale.

Sin una física como la de Newton, sin una prueba óptica como el movimiento de la tierra, la cosa parecía absurda.

Nosotros hemos crecido desde pequeñitos viendo modelos e imágenes del sistema solar, pero el hecho es que nadie ha visto la tierra moverse alrededor del sol, ni siquiera un astronauta. Tenemos pruebas ópticas del movimiento de la tierra pero nadie ha visto la tierra moverse. Por eso nos parece que la actitud de los que condenaron a Galileo es exagerada pero en realidad responde a una lógica.

--Y responde no solamente a lo que pensaba la Iglesia sino la sociedad en general...

--Monseñor Sánchez de Toca: Naturalmente. El copernicanismo encontró una gran oposición principalmente en las universidades. Tuvo una aceptación muy gradual y la oposición no fue sólo en la Iglesia católica. También las iglesias protestantes se opusieron a Copérnico. Y todavía, en 1670, la universidad de Upsala, en Suecia, condenó a un estudiante porque había defendido las tesis copernicanas.

--¿Cuáles fueron los errores que cometió la Iglesia en su juicio a Galileo? ¿Qué se concluyó en el trabajo hecho por la comisión que creó Juan Pablo II en 1981 para estudiar el caso de Galileo?

--Monseñor Sánchez de Toca: Esto lo expresó muy bien en cardenal Paul Poupard en el discurso al finalizar el trabajo de esta comisión, cuando con estas palabras --que en el discurso parecen subrayadas-- destacó su juicio sobre lo que sucedió: "En aquella coyuntura histórico-cultural, la de Galileo, muy alejada de la nuestra, los jueces de Galileo, incapaces de disociar la fe de una cosmología milenaria, creyeron que adoptar la revolución copernicana, que por lo demás no estaba todavía aprobada definitivamente, podía quebrar la tradición católica y que era su deber prohibir la enseñanza".

"Este error subjetivo de juicio, tan claro hoy para nosotros, les condujo a una medida disciplinaria a causa de la cual Galileo debió haber sufrido mucho. Es preciso reconocer estos errores tal como lo habéis pedido Santo Padre".

Los jueces de Galileo se equivocaron no solamente porque hoy sabemos que la tierra se mueve, pero en aquel tiempo no era posible saberlo. Por otra parte la historia de la humanidad ha estado llena de locos que afirmaban cosas sorprendentes y después se revelaron falsas, hoy nadie se acuerda de su nombre. Si Galileo hubiese propuesto una teoría diferente, hoy nadie se acordaría de él. Este fue el primer error objetivo.

Además, el cardenal Poupard habla de un error subjetivo. ¿Cuál fue? Creyeron que debían prohibir una enseñanza científica por temor a sus consecuencias. Pensaron que permitir la enseñanza de una doctrina científica, que no estaba aprobada, podía poner en peligro el edificio de la fe católica y sobretodo la fe de la gente sencilla. Y creyeron que era su deber prohibir esta enseñanza.

Hoy sabemos que prohibir la enseñanza de una doctrina científica es un error. No le toca a la Iglesia decir si está probada científicamente o no. Le corresponde a la ciencia. Galileo lo que pedía es que la Iglesia no condenara el copernicanismo, no tanto por miedo a su propia carrera profesional sino porque después, si se demostraba que la tierra se movía alrededor del sol, la Iglesia se vería en una situación muy difícil y haría el ridículo ante los protestantes y Galileo quería evitar esto, porque era un hombre católico sincero. Y decía además: "Si hoy se condena como herética una doctrina científica como es que la tierra se mueve alrededor del sol. ¿qué sucederá el día que la tierra demuestre que se mueve alrededor del sol? ¿Habrá que declarar heréticos entonces a los que sostienen que la tierra está en el centro?". Eso es lo que estaba en juego, es mucho más complejo de lo que se suele decir.

--¿En qué consistió el castigo a Galileo?

--Monseñor Sánchez de Toca: Dijeron que Galileo había sido hallado vehementemente sospechoso de herejía, pero no lo declararon hereje. Le pidieron abjurar para disipar toda duda. Galileo abjuró. Dijo que él no había defendido ni defendió nunca el copernicanismo. Se condenaba al índice de libros prohibidos su obra "El diálogo", se le imponía una penitencia saludable que consistía en recitar una vez a la semana los siete salmos penitenciales. Su hija se ofreció a hacerlo en lugar de él, y esto fue lo más humillante, se debía enviar una copia de la sentencia y de la abjuración a todas las nunciaturas en Europa. Se le condenó a prisión en arresto domiciliario. Es decir, digamos que la condena objetivamente no fue muy grande. No estuvo en la cárcel ni un solo momento, en atención a su fama, a su edad, y a la consideración que tenía fue tratado siempre con gran veneración.

--¿Quién empezó a difundir la leyenda negra de que Galileo fue quemado en la hoguera?

--Monseñor Sánchez de Toca: Esto es lo bueno, nadie lo ha dicho pero todo el mundo lo cree. Probablemente porque se sobreponen las imágenes de Galileo y de Giordano Bruno. En todo caso el mito de Galileo nace con la Ilustración, que convierte a Galileo en una especie de abanderado del libre pensamiento en contra del oscurantismo de la Iglesia, a un mártir de la ciencia y del progreso.

Galileo en realidad, y esto es lo que sorprende a muchos, no sólo es que no fuese quemado ni torturado sino que además fue católico y fue creyente toda su vida. No hay en él el mínimo rastro de libre pensador. No fue un católico ejemplar, es cierto y hay momentos de su vida poco edificantes, pero en ningún momento reniega de su pertenencia a la Iglesia. Es más, siente el deber de defenderla ante el ridículo que pudiera hacer ante algunos protestantes.

Él lo dice, exagerando como hace siempre él, en una carta a un noble francés: "otros pueden haber hablado más píamente y más doctamente pero ninguno más lleno de celo por el honor y la reputación de la Santa Madre Iglesia de lo que he escrito yo". Es exagerado pero en cualquier caso demuestra que es verdad.

--¿Tuvo dos hijas monjas?

--Monseñor Sánchez de Toca: Tuvo tres hijos, dos de las cuales, mujeres. Cuando se trasladó de Padua a la corte de Toscana, las metió en un convento para lo cual tuvo que pedir dispensa porque eran muy jóvenes. De una de ellas, de sor María Celeste, se conserva la correspondencia entre el padre y la hija, que es verdaderamente admirable. Ella era una mujer extraordinaria, muy inteligente, de una gran agudeza, gran escritora y hay un libro que se basa en el epistolario entre Sor María y el padre.

--Háblenos sobre su libro "Galileo y el Vaticano", cuya edición italiana fue publicada recientemente...

--Monseñor Sánchez de Toca: Esta investigación no trata exactamente sobre el caso Galileo sino sobre el modo en que la comisión que creó Juan Pablo II releyó el caso Galileo, porque si el caso Galileo es un culebrón, como decía don Mariano Artigas, en un sentido casi literal --según el diccionario un culebrón es, además de una telenovela larga y melodramática, una "historia real con caracteres de culebrón televisivo, es decir, insólita, lacrimógena y sumamente larga"--, el término se contagia también a la comisión que instituyó Juan Pablo II entre 1981 y 1992, a la que le han hecho críticas muy fuertes. Dicen que no estuvo a la altura del deseo de Juan Pablo II, que los discursos de clausura del cardenal Poupard y del Papa fueron deficientes y muy flojos, que la Iglesia no hizo realmente lo que debía haber hecho. Con el profesor Artigas, el otro autor del libro, quien murió en el año 2006, lo que hicimos fue estudiar toda la documentación que hay en los archivos. Ver exactamente qué hizo y cómo hizo esta comisión.

Nuestra opinión es que faltaban algunos elementos desde el principio. Faltaron medios, buena voluntad pero a pesar de todo hizo un buen trabajo, permitió la apertura de los archivos del Santo Oficio y demostrar que en realidad no hay documentos escondidos. Se publicaron obras de referencia importantes y yo creo que esto permitió a la Iglesia hacer una especie de examen de conciencia. Releer el caso de Galileo con otra luz. No descubrir cosas nuevas, porque eso es difícil, y hacer que la Iglesia en su conjunto mire serenamente al caso Galileo sin rencor, sin miedo.

--¿Por qué cree que irrita tanto a la opinión pública el tema de Galileo hasta el punto de que los profesores de la Universidad de la Sapienza le hayan negado la entrada al Papa Benedicto XVI el año pasado por haberlo citado en un discurso que pronunció en 1990?

--Monseñor Sánchez de Toca: Porque hay quien está interesado en seguir haciendo de Galileo una especie de "santo laico", laico en sentido anti cristiano. Pero, en realidad, fue un hombre de Iglesia, aún con todas sus deficiencias. Recuerdo que un arzobispo de Pisa, que fue astrónomo, quiso colocar hace años en la plaza de los milagros, la más famosa, donde está la torre, una estatua dedicada a Galileo. El ayuntamiento no lo permitió porque quería seguir manteniendo la exclusiva sobre la imagen de Galileo, como si fuera alguien que no pertenece a la Iglesia, sino al mundo llamado laico.

Por eso, cada vez que por parte de la Iglesia alguien cita a Galileo, hay una reacción de "alergia instintiva" en estos ambientes de pseudociencia, que dicen "¿cómo se atreven ustedes a hablar de Galileo, ustedes que quemaron a Galileo?".

--¿Por qué el Consejo Pontificio para la Cultura tiene una imagen de Galileo en su biblioteca?

--Monseñor Sánchez de Toca: Precisamente porque Galileo es un modelo de científico creyente. Investiga el cielo, descubre cosas nuevas y trata de integrar sus nuevos conocimientos dentro de una visión cristiana. Se esfuerza por demostrar que no hay contradicción con la Escritura, con la Biblia. Lo que pasa es que lo hizo con todo el entusiasmo desbordante que irritaba mucho a los otros. Sin ser teólogo se metía en un campo que era reservado exclusivamente a los teólogos. En la contrarreforma, el que un laico, sin tener estudios de teología, se metiera a interpretar la Biblia por su cuenta, aunque fuera en sintonía con la tradición católica, despierta inmediatamente sospechas.

--Usted se refiere a las conductas poco ejemplares de Galileo...

--Monseñor Sánchez de Toca: No es ningún misterio que Galileo no fue ningún santo. Hay algunos que, revindicando el carácter de científico creyente, llegan a pedir incluso su beatificación. Es demasiado... Galileo estuvo conviviendo sin estar casado con Marina Gamba en Padua, de quien tuvo tres hijos. Eso no era especialmente escandaloso, pero tampoco estaba bien visto.

Por otra parte tenía muy mal carácter, como los grandes genios en general. Tenía una lengua terrible. Fue imprudente, se enfrentó a la Compañía de Jesús, a pesar de que los jesuitas le acogieron en Roma y avalaron sus descubrimientos, cuando era un perfecto desconocido. Fue un poco presuntuoso, vanidoso con gran ego. Son defectos, que los puede tener cualquiera, y que no quitan nada a la genialidad de Galileo.

ZENIT

miércoles, 4 de febrero de 2009

4oo años de Galileo

+José Ignacio Munilla, Obispo de Palencia

(viernes, 16 de enero de 2009)

Se cumplen cuatrocientos años desde que Galileo apuntase por primera vez al cielo con su telescopio, y las Naciones Unidas han declarado el 2009, el Año Internacional de la Astronomía. Si bien es cierto que la ciencia astronómica tiene sus propios fines y métodos, el hombre religioso recibe con sumo interés todos sus descubrimientos y avances, porque para nosotros el firmamento es un lugar privilegiado por el que nos asomamos al misterio de la inmensidad de Dios y a la contemplación de su infinita belleza. Así lo dice el Salmo 8: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?” (Sal 8, 4-5).

Inmensidad del universo: ¡Ponte en mis manos y… observa!

La astronomía dispone de las comprobaciones científicas suficientes para afirmar que el universo es finito y que está en expansión. Recientemente, un astrónomo sevillano, José Luis Comellas, nos impresionaba con unos datos que nos ayudan a contemplar el universo: Cuando observamos el sol, lo estamos viendo tal y como era hace ocho minutos.
La razón es que, ése es el tiempo que tarda en llegar la luz desde el sol hasta nosotros, a razón de 300.000 kilómetros por segundo. Y cuando miramos en el firmamento la Estrella Polar , la estamos viendo como era hace ¡trescientos años! Pero… eso no es nada, comparado con la distancia que nos separa de la Galaxia de Andrómeda: la luz que nos llega hoy desde ella, ha salido hace ¡¡dos millones de años!! Podría haber ocurrido perfectamente que esa galaxia hubiese desaparecido hace miles de años, y que nosotros no tuviésemos todavía noticia de ello...

Desde estos datos, los creyentes nos maravillamos al considerar que toda esta inmensidad que forma el Universo, no es sino una pequeña criatura del amor de Dios.

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?

Una de las cuestiones más apasionantes es la posibilidad de encontrar otras formas de vida en el Universo, y especialmente, otras formas de vida inteligente. De forma mayoritaria, la comunidad científica no excluye esa posibilidad, aunque estima que las probabilidades son pequeñas, dadas las condiciones tan hostiles para la vida en el universo conocido.
En la hipótesis de que solamente existiese vida inteligente en la Tierra , parece lógico que los creyentes nos hagamos la pregunta de por qué un universo tan inmenso: ¿Somos tan importantes como para que Dios crease un universo de estas dimensiones, teniéndonos sólo a nosotros como sus habitantes? Si así fuese, estaríamos ante una prueba más de la dignidad del hombre. Tal vez, Dios nos está diciendo: “Si piensas que el firmamento es maravilloso, deberías ver mi obra maestra en ¡el espejo!”.

Iglesia Católica y astronomía

Una de las leyendas negras más extendidas contra la Iglesia Católica es la sospecha de que en su historia se ha comportado como enemiga de los avances científicos. La realidad es justamente lo contrario: Baste recordar que Copérnico fue un eclesiástico polaco; o que Lemaître, el pionero en proponer la hipótesis del Big Bang como origen del universo, era un sacerdote belga. Sin olvidar que los papas fueron grandes impulsores del estudio del cosmos, hasta el punto de fundar tres observatorios astronómicos.

Por lo que respecta al caso Galileo, frecuentemente aducido, hoy en día sabemos con precisión que el factor determinante del conflicto no fue otro que las malas relaciones personales y las rivalidades entre científicos. Conviene recordar que Galileo no estuvo un minuto en las cárceles de la Inquisición , ni fue sometido a tortura o vejación alguna. Su condena, por no cumplir su compromiso de enseñar el heliocentrismo como una hipótesis –ciertamente, una injerencia indebida del tribunal eclesiástico, como reconoció Juan Pablo II-, consistió solamente en una reclusión en su propia casa y la recitación de algunas oraciones. La leyenda negra sobre Galileo no sólo ha extendido la falsedad de su condena a la hoguera, sino que ha ocultado que Galileo falleció en su vejez, bajo el cuidado de su hija religiosa, y habiendo recibido la bendición papal.

En el momento presente, la Santa Sede mantiene un Observatorio Astronómico, conocido con el nombre de la “Specola Vaticana”, desde el que se están impulsando importantes proyectos. Su razón de ser es el diálogo interdisciplinar, ya que la astronomía es una ciencia que nos ayuda a poner en perspectiva nuestra realidad, al mismo tiempo que nos introduce en un terreno fronterizo, entre ciencia, teología y filosofía.

(Comunidad Virtual Sant-Yago.org)

viernes, 30 de enero de 2009

El caso Galileo Galilei: ¿un error de la Iglesia?


La verdad sobre el caso Galileo Galilei

Galileo Galilei, generalmente conocido como Galileo, nació en Pisa el 18 de febrero de 1564 y murió el 8 de enero de 1642. Su padre, Vincenzo Galilei perteneció a una familia de notables quienes poseyeron una importante fortuna, él había ganado cierta distinción como músico y matemático. A temprana edad Galileo manifestó su aptitud por las matemáticas y la mecánica, pero sus padres deseaban que se alejara de estos estudios que no prometían mayores ingresos y se dedicara a la profesión médica. Todo fue en vano, y durante su juventud decidió seguir la senda de su genio original, lo que le colocó rápidamente entre la primera categoría de los filósofos de la naturaleza.

Fue un gran mérito que Galileo felizmente combinara la experimentación con los cálculos, con ello se opuso al sistema prevaleciente en su tiempo. El mismo consistía en que en lugar de ir directamente a la naturaleza y la investigación de sus leyes y procesos, se hacía el aprendizaje por medio de la autoridad, especialmente la derivada de Aristóteles, quien se suponía había dicho la última palabra en esos asuntos. Basándose en esos planteamientos se arribó a muchas conclusiones erróneas, las cuales dominaron durante mucho tiempo. Contra ese estado de circunstancias y de supersticiones se mantuvo Galileo de manera resuelta y vehemente. Eso hizo que lograra desacreditar muchas creencias que se consideraban incuestionables, pero a la vez se granjeó una tormentosa oposición e indignación por parte de quienes había desacreditado.

No sólo llegó generar formidables controversias sino también a refutar y confundir a sus adversarios. Por si fuera poco Galileo tenía una buena pluma y con ella ridiculizó a sus oponentes, llegando a exasperarlos. Todo esto conllevo que enfrentara los innumerables problemas por los cuales es mayormente recordado en la actualidad. Tal y como Sir David Brewster (Martyrs of Science) indica, "La brillantez, por no decir la imprudencia, con la cual Galileo insistió en hacerse de enemigos, sirvió aún más para que estos últimos se alienaran de la verdad".

No obstante que en la mente popular, Galileo es recordado principalmente como un astrónomo, no fue precisamente en esta área en la cual realizó sus más substanciales contribuciones al conocimiento humano, tal y como es testificado por autoridades de la talla de Lagrange, Arago y Delambre. Sus mayores logros fueron en el campo de la mecánica y especialmente en dinámica, ciencia que se considera llegó a fundar.

Antes de cumplir 20 años de edad, sus observaciones en la oscilación de una lámpara colgante en la Catedral de Pisa, le condujeron al descubrimiento de los movimientos isocrónicos del péndulo, teoría que utilizaría unos cincuenta años más tarde en la construcción de un reloj astronómico. En 1588, la formulación de un tratado sobre gravedad en los cuerpos sólidos le valió la denominación del Arquímedes de su tiempo, y le aseguró una cátedra en la Universidad de Pisa. Durante los siguientes años, aprovechando la existencia de la torre inclinada, condujo la experimentación de la caída de los cuerpos y demostró la falsedad de una máxima peripatética, aceptada sin ninguna duda hasta entonces, según la cual la velocidad de caída era proporcional al peso de los objetos.

Esto provocó una tormenta en la reacción por parte de los aristotélicos quienes no aceptaban ni aún hechos que contradijeran los dictados de su maestro. Galileo, en vista de estos problemas y de otros que había generado, consideró prudente dejar Pisa y trasladarse a Florencia, el lugar de origen de su familia. Debido a la influencia de amigos del Senado de Venecia, fue nombrado en 1592 como presidente del área de matemáticas de la Universidad de Padua, posición que ocupó, con creciente renombre, durante 18 años.

A partir de allí se estableció definitivamente en Florencia donde fue nombrado filósofo y matemático extraordinario del Gran Duque de Toscania. Durante todo este período, y ya próximo a concluir su vida, fue infatigable su investigación de la naturaleza en sus múltiples campos. Dando seguimiento a sus experimentos de Pisa y otros respecto a planos inclinados, Galileo fue capaz de establecer las leyes de caída de los cuerpos tal y como se conocen en la actualidad. También formuló las leyes de los proyectiles, y en gran medida anticipó las leyes del movimiento, las que finalmente fueron formuladas por Newton. Galileo estudió las propiedades de ondas cíclicas e intentó resolver el problema asociado con su cuadratura, también utilizó los "infinitesimales", siendo el primero que introdujo su uso y con ello creando uno de los principios en que posteriormente se desarrollaría el cálculo en matemáticas. En el campo de la estática Galileo dio la primera demostración directa y completa de las leyes del equilibrio y del principio de las velocidades virtuales. En hidrostática, él estableció las bases para el principio de la flotación, inventó el termómetro (termómetro lento). Aunque algunas veces se sostiene lo contrario Galileo no inventó el microscopio.

Aunque son muy famosos sus descubrimientos astronómicos, no son ellos los que constituyen su aporte más substancial. En este sentido su mayor aporte fue indudablemente la práctica invención del telescopio. A principios de 1609 Galileo tuvo noticias de que un óptico holandés llamado Lippershey, había producido un instrumento que permitía ver de manera ampliada objetos distantes. Galileo estudió los procesos que estaban involucrados y sus principios, y se dice que luego de una noche completa de estar trabajando en los principios de la refracción de la luz, tuvo éxito en construir un objeto capaz de aumentar tres veces la visión de objetos distantes. Esa capacidad de visión rápidamente se aumentó a treinta y dos veces.

Este instrumento permitió a Galileo desarrollar sus observaciones y sus descubrimientos en el firmamento, los cuales fueron adquiriendo cada vez mayor significado. La luna, por ejemplo, fue vista, no como lo creían los antiguos astrónomos, como una esfera perfecta, o bien de naturaleza diferente a la de la tierra, sino que nuestro satélite posee colinas y montañas similares a los de nuestro planeta. Fue posible ver que el planeta Júpiter tiene satélites, como demostrando la existencia de un sistema solar en miniatura. Con ello se apoyaba la doctrina de Copérnico. Se había indicado para ese entonces, que si los planteamientos de Copérnico eran ciertos, esto implicaba que los planetas interiores -mercurio y venus- debían tener fases similares a las de la luna. Antes de los aportes de Galileo la controversia llevó a establecer que esos planetas interiores eran transparentes y que los rayos del sol pasaban a través de ellos. Con los descubrimientos de Galileo se pudo detectar las fases de esos planetas y se volvió a replantear el debate en torno al Copernicanismo. Finalmente, se pudo ver con claridad las manchas solares. A partir de ello, Galileo pudo probar la rotación de la estrella y que por tanto la misma no tenía una posición inamovible, tal y como algunos aseguraban.

Antes de esos descubrimientos, ya Galileo había abandonado los preceptos de Ptolomeo para adherirse a los planteamientos de Copérnico. Pero, tal y como lo confesó posteriormente a Kepler en 1597, él había evitado tal identificación por temor a ser víctima del ridículo, tal y como había ocurrido con Copérnico. Con sus descubrimientos, Galileo se sintió con la seguridad de salir públicamente en defensa de los postulados de Copérnico. Con ello no sólo se aseguraba la creencia más generalizada en los aportes copernicanos, sino que también Galileo ganaba la más prominente posición como astrónomo de sus época. Quizá el más grande astrónomo de todos los tiempos.

Esos elementos fueron la causa de su lamentable controversia con las autoridades eclesiásticas, lo que levantó graves cuestionamientos. Es necesario entender en este punto la posición exacta. Los brillantes descubrimientos que Galileo realizó mediante el descubrimiento del telescopio dieron, sin embargo, poco empuje al avance teórico de esta ciencia. Como se ha dicho en varias ocasiones, los aportes más teóricos en astronomía fueron hechos por un astrónomo contemporáneo de Galileo: Kepler. Este avance kepleriano no fue completamente reconocido o bien fue ignorado. Es casi inconcebible, tal y como lo refiere Delambre, que Galileo no hiciera mención de las leyes keplerianas. Las primeras dos de ellas fueron dadas a conocer en 1609 y la tercera 10 años más tarde. Estos últimos aportes fueron determinantes en establecer las bases que posteriormente permitirían a Newton formular los principios de la mecánica celeste.

Con los descubrimientos de Galileo se tuvo clara prueba de la mayor validez de los principios de Copérnico -base heliocéntrica- por sobre los de Ptolomeo y otros astrónomos antiguos los que sostenían el principio geocéntrico del universo. Sin embargo, esos aportes no pudieron convencer a otros ilustres e importantes astrónomos como Tycho Brahé (quien no vivió para ver el telescopio), y Lord Bacon, quien murió aún no creyendo la validez de los planteamientos galileanos. Milton, por su parte, quién visitó a Galileo ya a avanzada edad (1638), aparece como mediatizado en su criterio. Existen pasajes en su gran poema que favorecen planteamientos de ambos sistemas.

Entretanto, la explicación del fenómeno de las mareas, permitió a Galileo dar una prueba del fenómeno de rotación de la tierra sobre su eje. Hoy día este aporte es universalmente reconocido como un grave error. Galileo falló en establecer la influencia de la luna en tal fenómeno tal y como posteriormente lo demostraría Newton. Respecto a los cometas también Galileo sostuvo erróneamente que se trataba de fenómenos atmosféricos, tales como los meteoros. Tycho ya había adelantado la falsedad de esos planteamientos que se presentaban como una solución para el sistema anti-copernicano.

A pesar de las deficiencias de sus argumentos, Galileo planteó sus propuestas con tal vehemencia que logró convencer a muchos, contribuyendo de esa manera a crear las condiciones que amargaron buena parte de su vida. En este sentido, no obstante, es conveniente subrayar dos aspectos. Primero el aspecto quizá más conocido, que la hostilidad que recibieron las teorías copernicanas se debió al deseo de la iglesia de mantener a la gente en la ignorancia. Ese punto no tiene sólida sustentación si se toma en cuenta que la iglesia fue la institución por excelencia que estuvo preocupada por el conocimiento durante siglos, todo ello a pesar de los errores de método en que la iglesia haya caído. La representación más clara de esto es que los religiosos insistían en el carácter geocéntrico del sistema solar.

Aún así fue un hombre de iglesia: Nicolás Copérnico quien avanzó la idea de que el sistema solar giraba no en torno a la tierra sino con respecto al sol y que nuestro planeta se mantenía en rotaciones sobre su propio eje. Su trabajo más representativo "De Revolutionibus orblure coelestium", fue publicado a requerimiento de dos influyentes hombres de la iglesia: el Cardenal Schomberg y del Arzobispo de Culm, Tiedemann Giese. La obra contó con la autorización del Papa Paulo III, a efecto de que –tal y como lo reconoció Copérnico- la obra fuera protegida del casi seguro ataque que iba a enfrentar por los "matemáticos" (filósofos), debido a su aparente contradicción contra lo que percibía la percepción humana y el sentido común. Se agregó también que no se tenía recuento de objeciones que se podía hacer con base en las escrituras.

Ciertamente, durante unos 75 años no se originaron contrapropuestas por parte de la Iglesia Católica, aunque Lutero y Melanchthon condenaron el trabajo de Copérnico en términos desmedidos. Ni Paulo III, ni ninguno de los nueve papas que le siguieron, ni la Congregación de Roma, hicieron ver ninguna alarma, tal y como si fue originado por el propio Galileo en 1597. Quien, hablando de algunos de los riesgos que podría tener el apoyo a Copérnico, ridiculizó planteamientos sin decir nada de persecución. Aún cuando él ya había realizado sus grandes descubrimientos, nada cambió en este sentido.

Por el contrario, cuando Galileo llegó a Roma en 1611, fue recibido con pompa de triunfador. Todos, tanto clérigos como laicos trataron de verlo y su telescopio fue colocado en los jardines Quirinales pertenecientes al Cardenal Bandim. Galileo exhibió las manchas solares ante un pontífice admirado. No fue sino hasta unos cuatro años más tarde que surgieron los problemas entre los clérigos debido a la vehemencia con la cual en ese entonces, Galileo defendía las tesis de Copérnico. Es absurdo mantener que la oposición se debió a que se oponían a que las gentes fueran iluminadas por la verdad científica. Existen evidencias firmes de que para Bacon y otros, las nuevas enseñanzas eran radicalmente falsas y acientíficas. Galileo además no contaba con suficientes pruebas para lo que afirmaba de manera tan vehemente. Según el profesor Huxley, después de examinar esta situación concluía que los oponentes de Galileo tenían en cuanto a argumentos, "lo mejores".

Sin embargo lo más notorio, fue la insistencia con la que se deseaba dar créditos a los planteamientos con base en las sagradas escrituras, quienes representaban la máxima autoridad en asuntos de amplio alcance incluyendo planteamientos científicos. Por lo tanto, al establecerse el curso del sol en la Oración de Josué, o que la tierra era inmovible, se asumió que las doctrinas de Copérnico y Galileo estaban contra las escrituras, y por lo tanto eran herejías. Era evidente ya aún en los días de Copérnico, que la Reforma se mantenía sospechosa ante toda interpretación de la Biblia, lo que no fue exactamente suavizado por Galileo y su aliado Foscarini en el sentido de encontrar argumentos positivos para el Copernicanismo.

Foscarini era un fraile Carmelita de noble linaje que había dirigido los destinos de Calabria como provincial y tenía considerable reputación como predicador y teólogo. El mismo se lanzó a la defensa de Copérnico con gran evidencia y lo hizo buscando argumentos en el Candelabro de Siete Velas de la Antigua Ley. Especialmente él provocó la alarma al publicar trabajos en lenguaje vernáculo lo que contribuyó a no pocas confusiones entre el pueblo incapaz de formarse una opinión y de hacer juicio de los planteamientos. En ese tiempo había un partido de escépticos en Italia, quienes se oponían toda forma de religión, y tal y como David Brewster lo reconoce (Mártires de la Ciencia), no hay duda de que este partido lanzó su apoyo tras las posiciones de Galileo.

En esas circunstancias, sabiendo que su doctrina había sido presentada como contra la Iglesia, Galileo viajó a Roma en diciembre de 1615. Allí fue cortésmente recibido. Ante el tribunal de la Inquisición él fue oído y luego se declaró que sus postulados eran científicamente falsos y contra las escrituras, es decir heréticos. Con base en ello se declaró que Galileo debía abandonar sus teorías, cosa que hizo, prometiendo que no insistiría en esas enseñanzas. Luego se firmó el decreto de la Congregación del Indice del 5 de marzo de 1616. En el mismo se prohibían varios trabajos considerados heréticos a los cuales fueron agregados cualquiera que apoyara el sistema de Copérnico. En ese documento no se mencionan los trabajos de Galileo. Tampoco se tiene el nombre del papa, aunque se sabe que se contaba con la aprobación del pontífice en las sesiones previas de la Inquisición.

En este sentido es indiscutible que las autoridades eclesiásticas cometieron un grave y deplorable error, y sancionaron junto con falsos principios, el propio uso de la escritura. Tanto Galileo como Foscarini promovieron que la Biblia tenía por intención enseñar como la humanidad va al cielo, no como el cielo funciona. Al mismo tiempo debe recordarse que no se hacían objeciones al sistema copernicano y que el mismo mostraba en esa época pocas pruebas. No se ponía por otro lado objeción a que esa hipótesis explicaba en términos más simples lo que constituía el tema de presentación del sistema de Ptolomeo, y que para motivos prácticos podría ser adoptada por los astrónomos. Lo que si se objetaba era que el sistema de Copérnico era la verdad, "lo que contradecía la escritura".

Es claro además que los autores de ese escrito no pretendían ser absolutistas ni irreversibles. El Cardenal Bellarmino, el más influyente miembro del Colegio Sagrado, escribió a Foscarini promoviendo que tanto este último como Galileo debían demostrar como su sistema explicaba los fenómenos celestiales –una propuesta no excepcional y que estimula las aplicaciones prácticas- sin embargo se indicaba que no se debía contradecir a la Biblia:

Si se indica que el sol está en una posición central, inamovible y que es la tierra la que gira alrededor de él, se hace necesario, entonces, cuidadosamente, proceder a la explicación de los pasajes de la escritura que aparecen contrarios a este principio, y debemos decir más bien que estos principios han sido mal interpretados, en lugar de declararlos falsos en la demostración.

Por medio de este decreto tanto el trabajo de Copérnico fue prohibido como el de la "Epitomía" de Kepler, pero en ambos casos solamente donec corrigatur, la propuesta era presentar los sistemas como hipótesis y no como hechos definitivos. Se estableció luego que esos trabajos bien podrían ser leídos completamente por los entendidos en la materia "los preparados y hábiles en la ciencia" (de Remus a Kepler).

De acuerdo a von Gebler, parece que Galileo tomó el decreto de la Inquisición con frialdad hablando con satisfacción acerca de los cambios en el sistema de Copérnico. El se fue de Roma, evidentemente, con la promesa de violar la promesa que había hecho, y mientras desarrollaba otras ramas de la ciencia, no perdió oportunidad de manifestarse por el sistema que había declarado no aprobar. No obstante, cuando visitó Roma de nuevo en 1624, fue atendido con lo que se describió como una "noble y generosa recepción". El papa actual de ese momento Urbano VIII, había sido su amigo, tanto como el Cardenal Barberini y se habían opuesto a la condenación de 1616. Se le concedió una pensión a la que como extranjero no tenía derecho, y que de acuerdo a Brewster, debe considerarse como un respaldo a la ciencia en si misma. Pero para decepción de Galileo, Urbano no anuló el juicio de la Inquisición.

Luego de su regreso a Florencia, Galileo se dedicó a componer el trabajo que reavivó y agravó las viejas animosidades. Se trató de un diálogo entre un ptolomista que es confundido por dos copernicanos. El libro fue publicado en 1632 y era plenamente inconsistente con su promesa anterior. La autoridades en Roma lo consideraron como un reto. Por tanto fue citado de nuevo frente a la Inquisición y otra vez falló en mantener el valor de sus opiniones, declarando que desde 1616 no había apoyado la teoría de Copérnico. Tal declaración como era de esperarse, no fue tomada con seriedad y a pesar de ello, fue encontrado "vehementemente sospechoso de herejía" y a ser encarcelado a disposición del tribunal, además debía recitar los Siete Salmos Penitenciales una vez a la semana durante tres años.

Aunque la condena de prisión se mantuvo hasta la muerte de Galileo en 1642, no es apropiado hablar de él como de un prisionero. Como su "biógrafo protestante", von Gebler, nos dice: "un vistazo a lo que verdaderamente ocurrió en los hechos de este famoso juicio, convencería a cualquiera de que Galileo estuvo veintidós días en el edificio del Santo Oficio (la Inquisición), y no en una celda con rejas, sino en un cómodo apartamento de un oficial de la Inquisión". Por lo demás se le permitió el uso de otros lugares como de retiro tales como casas de amigos, siempre confortables y lujosas. No es cierto, como insistentemente se ha dicho, que fue torturado y enceguecido por sus prisioneros, aunque en 1637, cinco años antes de su muerte, llegó a quedar completamente ciego. En todo caso él rechazo ser enterrado en un lugar bendecido. Al contrario, aunque el papa (Urbano VIII) no autorizó que se construyera un monumento en su tumba, si envió sus bendiciones al hombre agonizante, quien fue finalmente enterrado en suelo bendecido en Florencia, en la iglesia de Santa Croce.

Finalmente, el famoso dicho de "E pur si mouve", supuestamente dicho por Galileo al levantarse luego de estar arrodillado, al renunciar al movimiento de la tierra, es una ficción, de la cual no se obtiene ninguna mención sino después de un siglo de su muerte, la que tuvo lugar el 8 de enero de 1642, el mismo año en que nació Newton.

Tal es en breve esta historia acerca de un famoso conflicto entre autoridades eclesiásticas y la ciencia. En relación a la misma, especial importancia se le ha dado a la conección de los hechos con la infalibilidad papal. ¿Se puede decir entonces que tanto Paulo V como Urbano VIII estaban tan comprometidos con la doctrina del geocentrismo que la impusieron como algo de fe, a partir de la iglesia, y que la decisión papal no fue cierta? Que ambos papas se mantuvieron contra Copérnico, es claro. Ellos creyeron que el sistema de Copérnico no estaba de acuerdo con la escritura y lo suprimieron. La pregunta, sin embargo, es si alguno de ellos condenó la doctrina ex cathedra. Esto no se hizo por parte de ambos pontífices.

En cuanto al decreto de 1616, hemos visto que fue promulgado por la Congregación del Indice, la cual no tiene ningún problema en cuanto a que se le demuestre su capacidad de falibilidad, este tribunal estaba absolutamente incompetente de hacer un decreto dogmático. Tampoco el caso está alterado por el hecho de que el papa aprobará la decisión de la Congregación in forma communi. Es decir que el propósito fue la prohibición en cuanto a circular los escritos que se consideraron hirientes. Tanto el papa como sus asesores pudieron haberse equivocado en ese juicio, pero eso no altera el carácter del pronunciamiento, o convierte al mismo en un decreto ex cathedra.

En referencia al segundo juicio, el de 1633, el mismo no tuvo un enfoque tan directo en la doctrina, como en la persona de Galileo, y en su actitud de no mantenerse fuera de la divulgación de las doctrinas copernicanas. La sentencia que se le dio claramente implicaba una condenación a las ideas de Copérnico, pero no se hizo un decreto formal acerca de este punto, y el mismo no tuvo la firma del papa. Esto no es solamente una opinión de teólogos, sino que también es corroborado por escritores quienes no pueden ser acusados de estar tendenciosamente a favor del papa.

El profesor Augusto De Morgan (Budget of Paradoxes) declara:

Es claro que lo absurdo fue el acto de la Inquisición Italiana, para la satisfacción privada y personal del papa –quien sabía que cualquiera que fuera el curso que las acciones tomaran no lo implicarían a él como papa- y no a la institución de la Iglesia.

Yvon Gebler (Galileo Galilei):

La Iglesia nunca condenó (el sistema copernicano) en absoluto, debido a que los Calificadores del Santo Oficio nunca significaron la Iglesia.

Conviene agregar que a Riceloll y a otros contemporáneos de Galileo se les permitió, luego de 1616, que la definición copernicana había sido dada a conocer por el pontífice. Más vital aún es la pregunta que originó el debate: "¿Significa la condena de Galileo que la Iglesia mantiene una oposición implacable al progreso científico y la ilustración?" Se puede indicar al respecto, junto al Cardenal Newman, que esta instancia prueba lo opuesto, explícitamente, que la Iglesia no ha interferido con las ciencias físicas, y que para el caso, lo de Galileo, es "el argumento de valor" (Apología 5).

El profesor De Morgan reconoce ("movimiento de la tierra" en la English Cyclopedia):

El poder papal ha sido utilizado moderadamente en cuestiones de filosofía, tal y como puede deducirse si se juzga la gran tensión en el caso de Galileo. Se trata de una prueba real de que la autoridad que ha durado más de mil años ha estado todo el tiempo monitoreando el progreso del pensamiento.

El doctor Whewell hablando de este mismo caso, indica (History of the Inductive Sciences):

No sería entendido el alegato de que la condena de las nuevas doctrinas, fue algo característico y general en la Iglesia Romana. Ciertamente la inteligencia y las mentes más cultivadas de Italia, y muchos de sus personalidades eclesiásticas entre ellas, han sido las más sobresalientes en promover y dar la bienvenida al progreso de la ciencia, y pueden encontrarse entre muchos de los eclesiásticos del tiempo de Galileo, los primeros y más ilustrados casos de adherentes al sistema copernicano.

Fuente: Aciprensa

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