el mayor apologista de nuestro tiempo
Riccardo Casciolo
Brújula cotidiana,
07_04_2026
En pocos días
habría cumplido 85 años, pero a las 21.10, al atardecer del Viernes Santo, el
corazón de Vittorio Messori dejó de latir.
Es imposible
resumir en pocas palabras lo que Messori ha significado para la cultura
católica en general, no solo la italiana. No en vano las imágenes de las
portadas de sus libros, traducidos a decenas de idiomas, cubren varias paredes
en su casa de Desenzano sul Garda.
Desde que publicó
en 1976 Hipótesis sobre Jesús, fruto de doce años de trabajo de
investigación tras su fulminante conversión al catolicismo, Messori se
convirtió en un referente mundial para el renacimiento de la apologética: no
una defensa de oficio de la Iglesia, sino un análisis serio y documentado de
las razones de la fe. Bastaría con leer uno solo de sus libros para comprender
la seriedad y el amor a la Verdad que le movían. No en vano, su trabajo de
investigación personal ha devuelto —y hecho crecer— la fe a muchas personas.
Puedo decir
también que sin él hoy no existiría la Brújula Cotidiana: no solo porque su
estilo fue un ejemplo y un estímulo para nosotros, los periodistas católicos de
la generación siguiente, sino porque pude disfrutar durante varios años de su
amistad desde los tiempos de la revista mensual Il Timone, dirigida por
Gianpaolo Barra, de la que él fue el padre noble. Y desde allí animó con fuerza
la aventura de la Brújula Cotidiana, ofreciendo también durante los primeros
años su colaboración, restando tiempo precioso a sus últimos trabajos centrados
sobre todo en la figura de María y en lo que él percibía como la labor más
importante de su última etapa de vida terrenal: prepararse para la muerte y el
encuentro con ese Cristo que tanto le había fascinado.
En esto se
inscribe sin duda el gran esfuerzo dedicado a construir la capilla de la Virgen
de los Olivos en medio del olivar que rodea la abadía benedictina de Maguzzano,
que domina el lago de Garda, hoy dirigida por los Pobres Siervos de la Divina
Providencia, la comunidad sacerdotal fundada por san Giovanni Calabria.
En la abadía,
Messori tenía también una habitación que era su despacho personal, donde acudía
cada día a trabajar y a rezar. La Virgen del Olivo es una pequeña iglesia al
aire libre, con muros que recuerdan la arquitectura de Antoni Gaudí, construida
pieza a pieza, uniendo según un diseño que tenía bien claro en su mente,
objetos sagrados, antiguos y modernos, que se funden en una obra armoniosa que expresa
todo el amor a Cristo y a la Virgen de quien la quiso realizar. Era una visita
obligada cada vez que íbamos a verle y resultaba fascinante escucharle explicar
cada detalle de esta construcción, así como el origen y el motivo de las
últimas piezas añadidas.
Probablemente mi
mayor pesar sea no haber tenido tiempo de grabar un vídeo en el que el propio
Vittorio explicase la capilla de la Virgen de los Olivos, para que todos
pudieran conocer el profundo significado de esta obra. Su esposa, Rosanna
Brichetti, también lo habría deseado, pero por desgracia, la aparición de
problemas de salud y luego los problemas relacionados con la era de la Covid
hicieron imposible el proyecto. Evidentemente, Dios tenía otros proyectos.
Aún así, lo cierto
es que si sus libros son testimonio de la racionalidad de la fe siguiendo su
búsqueda intelectual, la pequeña iglesia de la Virgen de los Olivos representa
la culminación de su experiencia espiritual, la expresión carnal de un amor
profundo: es su testamento viviente.
He mencionado a su
esposa Rosanna, y no es casualidad. Dentro de unos días, ese 16 de abril que es
también la fecha del cumpleaños de Vittorio, así como el día del fallecimiento
de Bernadette Soubirous (la vidente de Lourdes tan querida por él), se cumplen
cuatro años de su muerte. Fue el otro gran amor de Vittorio Messori, un
matrimonio fruto de una historia única, forjada a través de un camino de
sufrimiento y que es en sí mismo un testimonio de fe. Fue precisamente Rosanna
quien quiso contarlo en un libro publicado en 2018, Una fe en dos – Mi vida con
Vittorio. Pero era al encontrarlos juntos, en la sencillez de una charla,
cuando se percibía hasta qué punto ese profundo vínculo en Dios era el origen
de la libertad que vivían y transmitían.
Inolvidables aquellos
almuerzos que compartimos —por supuesto, tras la visita a Maguzzano—mi esposa y
yo con ellos a orillas del lago de Garda, en los que hablábamos con sencillez
de la vida de la Iglesia, de nuestro trabajo y de las pequeñas y grandes cosas
de nuestra vida cotidiana. Lo que hacía deseables y agradables esos momentos no
era tanto lo que se podía aprender intelectualmente, sino el ambiente que se
respiraba, que hacía comprensible la exhortación de San Pablo a los Corintios:
“Ya sea que comáis, ya sea que bebáis, ya sea que hagáis cualquier otra cosa,
hacedlo todo para la gloria de Dios”. Para el recuerdo futuro hay que añadir
también que fue precisamente en torno a esas mesas donde nació la colaboración
de Rosanna con la Brújula Cotidiana dedicada a la Virgen (artículos que luego
se recopilaron en el libro de la Brújula De Maria numquam satis), y también la
inspiración para la Bussola mensile.
Sería demasiado
obvio decir que la desaparición de Vittorio Messori, tras la de su esposa
Rosanna Brichetti, deja un gran vacío en la cultura católica. En realidad, su
muerte nos llama a la tarea de continuar, cada uno en su lugar, el trabajo que
él llevó a cabo en el apasionado descubrimiento, día tras día, de las razones
de la fe.