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lunes, 2 de febrero de 2009

Un gran realismo


En junio de 1929 el movimiento cristero estaba en su apogeo. Las fuerzas se encontraban bastante equilibradas entre uno y otro bando y parecía inútil continuar por la vía de la contienda militar. Se imponía la necesidad de llegar a un acuerdo

Entrado el año de 1929, el movimiento cristero contaba en el occidente con 25.000 hombres armados y organizados, «muy mal dotados de municiones, lo que los obliga a la guerrilla; hombres disciplinados y morales forman tropas como nunca hubo y como nunca habrá en México», escribía el general Gorostieta en su diario. En el resto del país, había otros 25.000 cristeros más o menos bien organizados, que iban viento en popa, en un momento en el que la federación se encontraba bastante mal.

Los Arreglos del 29
Para el gobierno, la única manera de salir del atolladero era entenderse con la Iglesia. Urgía hacerlo unos meses antes de las nuevas elecciones presidenciales, para evitar una posible alianza entre las fuerzas políticas urbanas, las facciones revolucionarias de oposición y los cristeros, que hubieran podido hacer el papel de brazo armado de la disidencia.

En junio de 1929 el entendimiento cristalizó en los llamados "arreglos", basados en el acuerdo que habían alcanzado (siempre oralmente, ya que nunca llegaron a firmarlo) el presidente Calles y monseñor Ruiz y Flores, por intermedio del embajador norteamericano y la diplomacia francesa, justo antes de la muerte de Obregón, acaecida un año antes. Roma, informada por Washington, dio su autorización, y monseñor Ruiz y Flores, nombrado delegado apostólico, llegó a México en la primera semana de junio. Entre el 12 y el 21 de junio todo quedó resuelto; el 22 la prensa publicaba los "arreglos": la ley no se modificaba, pero se suspendía su aplicación. Se garantizaba amnistía a los combatientes, así como la restitución de las iglesias y de los presbiterios.

Amnistía y represión
Reanudado inmediatamente el culto, las campanas repicaron en todo el país y se celebró la misa con el entusiasmo popular. Algunos cristeros quedaron consternados, pero depusieron las armas y aceptaron la amnistía en lo que valía.

Como consecuencia de los arreglos, los ciudadanos mexicanos obtuvieron la libertad de practicar la religión, pero ningún otro derecho. Al mismo tiempo en que los católicos se desmovilizaban, el gobierno incrementó la represión. En el campo, donde los cristeros eran un verdadero movimiento campesino además de un movimiento de resistencia católica, hubo una matanza de rebeldes indefensos al terminar la guerra, en la que habían perecido cerca de 90.000 combatientes y 150.000 civiles.

Estrategias más sutiles
Cambiando la estrategia y la modalidad de acción, los gobiernos sucesivos mantuvieron la política de neutralizar el papel social y político de la Iglesia, obligándola a retroceder al interior de los templos y marginándola de la vida civil. Simultáneamente, el Estado revolucionario vería en el protestantismo una alternativa cultural para todo el continente americano, la cual debería iniciar su marcha a partir del México "liberado". El país empezaría a llenarse de pastores protestantes norteamericanos, en medio del favor y el visto bueno del gobierno mexicano y la prensa oficial.

¿Miopía o realismo?
Mediante la firma de los Arreglos, la Iglesia vuelve a ser tolerada en México, pero viene apartada de la vida social y relegada exclusivamente al ámbito del culto. Esta es una de las causas de la mentalidad que hoy en día parece dominar, también dentro del entorno católico, según la cual la experiencia cristiana se reduce a algo que uno hace en la intimidad, pero no tiene que ver con la totalidad de la vida, incluidas sus facetas social, educativa y política.

La relación de los hechos aquí descrita podría llevar a pensar que la Iglesia fue "miope" al aceptar esta solución parcial al conflicto cristero, y que los mismos cristeros, al obedecerla y deponer las armas, tenían un horizonte de su lucha por la libertad muy limitado. Sin embargo, no es así. Muchas veces en la relación misma con el poder establecido, se requiere ir paso a paso para evitar un mayor sufrimiento del pueblo y derramamiento de sangre. En esto la Iglesia manifiesta un gran realismo debido a su interés por el hombre concreto y no por un proyecto "revolucionario" que deba realizarse a toda costa. La negociación de la paz también indica que la lucha que se libró no era una lucha por el poder, por derrocar al gobierno y sustituirlo por otro, sino por la libertad del pueblo y por conservar la presencia cristiana en México, a través de los Sacramentos y del Sacramento que es la Iglesia misma.

FichaFranco Cinello y Pablo Mijangos
conoZe.com, 2002-10-14

Trece beatos cristeros



El pasado domingo veinte de noviembre fue celebrada la fiesta litúrgica de Cristo Rey del Universo, cerrándose así el año del calendario católico para abrir, de esta manera, el ciclo de «adviento», que consiste en un período de preparación para la fiesta de la Navidad. Esta vez la celebración adquirió un esplendor y un significado especial para la Iglesia Católica en México en general y, en particular, para la arquidiócesis de Guadalajara.

Allí, en el estadio Jalisco, abarrotado de fieles de todas las edades, fueron beatificados trece mártires de la cristiada, quienes cayeron asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa desatada en México por el «callismo» entre 1927 y 1931. Murieron por defender la libertad religiosa y confesar su fe. Este es ya el segundo grupo de caídos llevado a los altares. En la víspera del asesinato del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, el primer grupo —integrado sólo por religiosos— alcanzó la canonización. Ahora fueron beatificados trece víctimas, ocho asesinados en Guadalajara, tres en el rancho San Joaquín en Guanajuato, uno en Veracruz y otro más en Cotija.

El nuevo grupo de beatos fue encabezado por Anacleto González Flores, paladín laico de los católicos mexicanos, hombre de amplia cultura, autor de varios libros entre los que destacan «El plebiscito de los Mártires» y «Tú serás rey», además de centenares de artículos periodísticos. También fue creador de instituciones como la Unión Popular, mas conocida como la «U», que llegó a contar con decenas de miles de afiliados. Fue salvajemente atormentado y, antes de morir, perdonó a sus asesinos que estaban bajo las órdenes del General de División, Jesús María Ferreira. Otros de los mártires, amigos y compañeros de lucha de Anacleto, fueron: José Dionisio Luis Padilla, quien, de rodillas, antes de ser fusilado, perdonó a sus verdugos, contaba con 26 años; los hermanos Ramón Vicente y José Ramón Vargas González, de una familia de once hijos, en cuya casa se hospedaba Anacleto, razón por la que fueron asesinados; José Luciano Ezequiel (quien, al recuperar la conciencia después de un desvanecimiento por los tormentos sufridos, se puso a cantar el himno eucarístico «Que viva mi Cristo, que viva mi Rey») y su hermano José Salvador Huerta Gutiérrez quien, ante el pelotón, pidió una vela encendida y cayó fusilado gritando «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!»; Miguel Gómez Loza, miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, abogado y socio de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa (que dejó viuda y tres hijas huérfanas), y Luis Magaña Servín, miembro también de la ACJM y de la Archicofradía del Santísimo Sacramento (dejó viuda y dos hijos muriendo al grito de «¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!»). Todos ellos sacrificados en Guadalajara.

En cuanto a los sacerdotes: José Trinidad Rangel (quien nunca negó su condición de hombre consagrado, negándose a salir del país ante diversos ofrecimientos, siendo esto lo que le acarreó la muerte); su amigo Andrés Solá y Molist (misionero claretiano nacido en Cataluña, España) encontrado en la casa del P. Rangel junto con el laico Leonardo Pérez Larios (a quien obligaron las fuerzas federales a que afirmara ser sacerdote, aunque no lo era, pero que de todos modos lo mataron), y al Padre Angel Darío Acosta, asesinado en plena sacristía en Veracruz, por haber bautizado a un niño, dado que, de acuerdo con la «Ley Tejeda», se obligaba la reducción del número de sacerdotes para «terminar con el fanatismo del pueblo».

Queda finalmente el caso del adolescente José Sánchez del Río, de sólo trece años, quien fuera cruelmente atormentado; le desollaron los pies con un cuchillo, lo hicieron caminar a golpes hasta el cementerio de Cotija, lo apuñalaron a la orilla de la tumba (pese a que a cada puñalada gritaba «¡Viva Cristo Rey¡ ¡Viva la Virgen de Guadalupe!» y el capitán de la escolta le disparó en la cabeza haciéndolo caer directamente en su tumba, bañado en sangre, en donde fue enterrado sin ataúd ni mortaja. Todo este proceso martirial fue presenciado por dos niños, que con el tiempo y marcados en el alma por este hecho, fundaron sendas congregaciones religiosas: la de los «Operarios de Cristo Rey» y los «Legionarios de Cristo». Los restos del mártir adolescente hoy reposan en el templo parroquial de Santiago Apóstol, en Sahuayo, Michoacán.

Son, todos estos, ejemplos verdaderamente impactantes. Aún hay muchos casos que podrán ser objeto de candidaturas de beatificación y canonización hacia el futuro. Ojalá estos casos sirvan de ejemplo duradero, aunque no parezca por el momento existir motivo ni razón para una nueva persecución de carácter «masivo»; nunca se puede descartar la de carácter «selectivo», ya que así ha sido siempre, cuando se desatan los odios contra Dios y sus fieles. Ahora se tienen ejemplos y modelos que brillan por el acto heroico de la virtud de la fortaleza y la capacidad de reconciliación, por el perdón otorgado, que son indudablemente dones de Dios y no propósito meramente humano. Este es uno de los últimos regalos del Papa Juan Pablo II a México, quien tuvo que vencer no pocos obstáculos externos e internos para lograr la manifestación plena de estos testimonios martiriales.

Federico Müggenburg y Rodríguez Vigil
Coordinador General del FEM y director del Centro de Estudios Políticos y Sociales de México

conoZe.com, 6.II.2007