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lunes, 20 de septiembre de 2021

LOS DOLORES DE SAN JOSÉ


un medio para la gloria

Ermes Dovico

Brújula cotidiana, 20-09-2021

 

La devoción a los “Siete dolores y siete gozos de san José” nos ayuda a meditar sobre algunos de los mayores misterios de la vida oculta de Jesús desde la perspectiva interior del esposo de María. La venerable María de Ágreda cuenta cómo sufrió varias enfermedades durante varios años antes de morir, transmitiéndonos dos grandes lecciones: cómo vivir la enfermedad y el ejercicio de la caridad hacia los enfermos.

 

Hablando de la “Pasión” de san José, ya hemos mencionado la intensidad de la angustia interior que el santo sintió al conocer el misterioso embarazo de María. Éste es el primero de los siete dolores tradicionalmente asociados al padre virginal de Jesús, en base a otros tantos episodios narrados en los Evangelios. Es el origen de la práctica titulada “Li septe Pater nostri de san Joseph” (Los siete Padrenuestros de san José), que apareció como apéndice de un libro, fechado en 1536, del capuchino Giovanni da Fano. El fraile contó que, tras salvar a dos hermanos del naufragio, san José les dijo: “Yo soy San José, dignísimo esposo de la Santísima Madre de Dios, a quien tanto os habéis encomendado (...). Y últimamente he implorado a la infinita clemencia divina que quien rece cada día, durante todo un año, siete Padrenuestros y siete Avemarías, meditando los siete dolores que tuve en el mundo, obtenga de Dios toda gracia conforme a su bien espiritual”.

 

El mismo patriarca glorioso reveló los siete dolores, a los que la piedad josefina añadió más tarde siete alegrías. La devoción a los “Siete Dolores y Siete Gozos de San José” ha recibido varias indulgencias a lo largo de los siglos desde Pío VII. Una versión oficial se encuentra en el Enchiridion Indulgentiarum (1952, pp. 341-345). Su valor es evidente. De forma similar a la antigua práctica en honor a “Nuestra Señora de los Siete Dolores”, ayuda a meditar sobre algunos de los mayores misterios de la vida oculta de Jesús, adoptando la perspectiva interior de san José.

En concreto se contemplan:


*la angustia por el embarazo de María y la alegría por el anuncio del ángel en sueños (I),

*el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén (II),

*la circuncisión de Jesús y la imposición de su nombre (III),

*la presentación en el templo (IV),

*la huida a Egipto (V),

*el miedo a Arquelao y el regreso a Nazaret (VI),

*la pérdida y el hallazgo de Jesús (VII).

 

Esta lista, por supuesto, no agota las penas que llenaron la vida terrenal de José, que fue un digno padre del Redentor también en la forma en que vivió sus sufrimientos. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9,23). Antes de que Jesús transmitiera a sus discípulos esta enseñanza que a los oídos del mundo suena desagradable, José ya la había puesto en práctica, ajustándose en todo, día tras día, a la voluntad divina. Dada su eminente santidad, no podía ser de otra manera. Dado que el sufrimiento, ofrecido al Padre por Su plan de salvación, hace al hombre más parecido a Jesús, José tuvo que ser probado en gran medida.

 

Ya se ha mencionado la importancia del patrocinio de san José en la buena muerte, pero también puede ser útil intentar comprender mejor cómo llegó a su propia muerte. Los Evangelios no nos dicen nada al respecto. Entre las revelaciones privadas, es de gran interés el relato que hace la venerable María de Ágreda († 1665) de los últimos años de la vida del padre de Jesús. La mencionamos brevemente, remitiendo para el resto a su carta completa, que abarca tres capítulos de la Mística Ciudad de Dios (capítulos 13-15, Libro V). En la obra, que ha gozado del favor de varios Papas a lo largo de los siglos, leemos que José, en torno a los 52 años, tuvo que abandonar el trabajo manual a su pesar “porque los trabajos, las peregrinaciones y las tribulaciones que había soportado para mantener a su esposa y al Señor del mundo le habían debilitado más que la edad misma”. Se puede imaginar la postración en la que tuvo que encontrarse José, que ya no podía atender a lo más querido para él, Jesús y María, sino que tenía que dejarse servir en todo. Según Ágreda, el santo acabó cediendo a la dulce insistencia de la Virgen que, con su cuerpo virginal en pleno vigor y “en natural perfección” (según el relato de la venerable, María tenía entonces 33 años y habían pasado 19 desde la boda), comenzó a trabajar con más ahínco que antes, hilando y tejiendo.

 

En este estado, José pudo dedicarse más a la contemplación y al ejercicio heroico de virtudes como la paciencia, la resignación y la humildad. Además, a causa de la gratitud que sentía hacia Jesús y María, que le consolaban y asistían con todos los cuidados en sus dolencias, su corazón se inflamó de un amor tan grande que superó a todos los santos, excepto a su esposa. La Virgen, por su parte, viendo el modo en que José soportaba el peso de sus enfermedades –incluyendo fiebres, fuertes dolores de cabeza, dolores atroces en las articulaciones del cuerpo- y conociendo sobrenaturalmente los misterios de su corazón, sintió una veneración cada vez más intensa por su marido. Y alabó a Dios por Sus santos designios, que consistían precisamente en hacer que José recorriera “este camino real” -el de la Cruz- para aumentar sus méritos eternos. Este estado de enfermedad le acompañó durante ocho largos años, agravándose en los tres últimos, en los que la Virgen multiplicó sus cuidados, ayudada por el propio Jesús. “Nunca ha habido, ni habrá, otro enfermo tan tiernamente atendido y cuidado”, escribe Ágreda.

 

Hay aquí, por tanto, al menos una doble enseñanza: el abandono a la voluntad de Dios en la enfermedad y el ejercicio de la caridad hacia los enfermos. Este ejercicio, que es “una de las obras virtuosas más agradables al Señor y más fecundas para las almas”, según reveló la Virgen a la mística española, “cumple gran parte de la ley natural que enseña a hacer a los demás lo que quisiéramos que nos hicieran a nosotros”. Son enseñanzas que nuestras sociedades, como resultado de un creciente alejamiento de las verdades divinas, van olvidando. Pero hay que recuperarlas.

martes, 23 de junio de 2020

MARÍA, PODER Y GLORIA



Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Católicos-on-line, junio 2020

La noticia de esta semana ha sido la salida del Papa emérito del Vaticano para ir a Alemania, a Ratisbona, a acompañar a su hermano Georg, que está a punto de morir. Georg, que también es sacerdote, es tres años mayor que Benedicto y es el único familiar cercano que le queda. El Papa emérito se quedará en Alemania hasta que muera su hermano. Mientras sea posible, celebrará la Santa Misa junto a la cama del moribundo, como ha hecho desde que ha llegado. El viaje se ha llevado a cabo con el permiso del Papa Francisco.

Es el primer viaje internacional que hace Benedicto XVI desde su renuncia y, aunque el motivo es bien claro y justificado, ha dado pie a algunas hipótesis. La visita coincide con el Sínodo alemán, en una semana, además, en que las dirigentes de la asociación católica de mujeres alemanas, que cuenta con medio millón de miembros, han reclamado de nuevo el acceso al sacerdocio y al episcopado, diciendo claramente que lo piden porque quieren tener poder. Eso es lo bueno de los alemanes, que llaman a las cosas por su nombre y que van directamente a lograr sus objetivos. Quieren tener poder y, como para lograrlo necesitan acceder al sacerdocio, lo reclaman para ellas.

No sé si el Papa emérito aprovechará su estancia en Alemania para organizar a la maltrecha oposición al Sínodo. La verdad es que las fotos que se han filtrado le muestran tan agotado que no parece estar para muchas batallas, al menos físicamente. Y no sé si a las reivindicativas mujeres alemanas les servirán de algo los argumentos que, estoy seguro, ya les han dado los pocos obispos de ese país que han alertado sobre la protestantización de la Iglesia si se sigue el camino emprendido.

Por desgracia creo que es inútil todo tipo de diálogo con los entusiastas destructores de lo que queda del catolicismo en Alemania. Pero si pudiera servir para algo, les aconsejaría que leyeran “El poder y la gloria” de Graham Greene. Escrita en 1940 y ambientada en Tabasco tres años después de que en ese Estado mexicano hubiera terminado la represión contra los cristianos, muestra cuál es el verdadero poder de un sacerdote: no el de mandar, sino el de entregar su vida por amor. El poder de ese sacerdote alcohólico y pecador, pero fiel a su misión evangelizadora, no existe delante del pelotón de fusilamiento que le mata; sin embargo, ahí empieza precisamente su gloria. El amor que le lleva a aceptar la muerte, le abre las puertas del cielo. ¿Les interesa a estas aspirantes a papisas -dado que ahí está concentrado el supremo poder- dar la vida por Cristo? ¿Estarían dispuestas al martirio por amor al Señor, o sólo quieren vestirse las casullas y ponerse los anillos y las mitras?

No es raro que estos colectivos feministas y los que las apoyan no hablen nunca de la Santísima Virgen. No es su modelo. Más bien es su anti modelo. Nunca intrigó ante su Hijo para que le diera a ella el poder que daba a San Pedro y nunca encabezó una revuelta con los Zebedeos, por ejemplo, para hacerse con el poder. Y, sin embargo, nadie como ella tuvo el verdadero poder: el de conseguir milagros de su Hijo, que la obedeció al instante en Caná de Galilea. Nadie como María tiene la gloria de haber sido la Madre de Jesús porque aceptó ser la esclava del Señor. A las aspirantes a mandar les salen salpullidos cuando oyen eso de “aquí está la esclava del Señor”, pero es que no entienden que, como en el sacerdote del libro de Greene, el verdadero poder lo tiene el que sirve, el que ama, y que la verdadera gloria la alcanza aquel que, como Cristo, se arrodilla a los pies de los hombres para lavárselos de la basura dejada por sus pecados.

Que el Inmaculado Corazón de María triunfe, incluso en aquellos -hombres o mujeres- que quieren ser sacerdotes para poder mandar y no para poder servir. Que el ejemplo de este santo viviente que es el Papa Benedicto, que pone en riesgo su frágil vida para estar al lado de su hermano moribundo, les muestre cuál es el verdadero rostro y la verdadera misión del sacerdote.


sábado, 7 de febrero de 2009

Sufrimiento


Etim.: Latín suffere, sostener.
Definición - La experiencia de mal o la privación de algún bien. Aunque comúnmente es sinónimo a dolor, el sufrimiento es mas bien la reacción al dolor y por lo tanto es un factor muy importante en la espiritualidad cristiana.
Causa: El sufrimiento es consecuencia del pecado. Desde el pecado original el sufrimiento es propio de toda criatura en la tierra.
Valor del sufrimiento: Cristo nunca pecó pero asumió el sufrimiento humano y nos redimió abrazando la cruz hasta la muerte. "Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos queél debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día" Mateo 16,21, Cf. Mc 8,31, Lc 9,22.Jesús nos enseña a tomar nuestra cruz y seguirle. Entonces dijo Jesús a sus discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". Mateo 16,24
Para los primeros cristianos era una alegría sufrir por Cristo: "Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre" Hechos 5,41

San Pedro nos enseña que los cristianos sufren confiando en el porvenir que Dios tiene preparado.
Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréisalborozados en la revelación de su gloria. I Pedro 4,13procurando descubrir a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando les predecía los sufrimientos destinados a Cristo y las glorias que les seguirían. I Pedro 1,11
Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos. El Dios de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, os restablecerá, afianzará, robustecerá y os consolidará. I Pedro 5:9-10San Pablo valora el sufrimiento.
Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Romanos 8,18
Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido: pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre. I Pedro 4,15-16
Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación. Si somos atribulados, lo somos para consuelo y salvación vuestra; si somos consolados, lo somos para el consuelo vuestro, que os hace soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos. Es firme nuestra esperanza respecto de vosotros; pues sabemos que, como sois solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo seréis también en la consolación.II Corintios 1,5-7
Las características del apóstol se vieron cumplidas entre vosotros: paciencia perfecta en los sufrimientos y también señales, prodigios y milagros. II Corintios 12,12
No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, II Timoteo 1,8
Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. II Timoteo 1,12
Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio. II Timoteo 4,5Pues compartisteis los sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes, conscientes de que poseíais una riqueza mejor y más duradera. Hebreos 10,34
(17 Feb, 2007)
Debemos reconocer que conviene tratar de hacer todo lo posible para mitigar los sufrimientos de la humanidad y para ayudar a las personas que sufren —son numerosas en el mundo— a llevar una vida buena y a librarse de los males que a menudo causamos nosotros mismos: el hambre, las epidemias, etc. Pero, reconociendo este deber de trabajar contra los sufrimientos causados por nosotros mismos, al mismo tiempo debemos reconocer también y comprender que el sufrimiento es un elemento esencial para nuestra maduración humana. Pienso en la parábola del Señor sobre el grano de trigo que cae en tierra y que sólo así, muriendo, puede dar fruto. Este caer en tierra y morir no sucede en un momento, es un proceso de toda la vida. Cayendo en tierra como el grano de trigo y muriendo, transformándonos, somos instrumentos de Dios y así damos fruto.
No por casualidad el Señor dice a sus discípulos: el Hijo del hombre debe ir a Jerusalén para sufrir; por eso, quien quiera ser mi discípulo, debe tomar su cruz sobre sus hombros y así seguirme. En realidad, nosotros somos siempre, un poco, como san Pedro, el cual dijo al Señor: No, Señor, este no puede ser tu caso, tú no debes sufrir. Nosotros no queremos llevar la cruz. Queremos crear un reino más humano, más hermoso en la tierra. Eso es un gran error. El Señor lo enseña. Pero Pedro necesitó mucho tiempo, tal vez toda su vida, para entenderlo. Porque la leyenda del Quo vadis? encierra una gran verdad: aprender que precisamente llevar la cruz del Señor es el modo de dar fruto. Así pues, yo diría que antes de hablar a los demás, nosotros mismos debemos comprender el misterio de la cruz.
Ciertamente, el cristianismo nos da la alegría, porque el amor da alegría. Pero el amor es siempre un proceso en el que hay que perderse, en el que hay que salir de sí mismo. En este sentido, también es un proceso doloroso. Sólo así es hermoso y nos hace madurar y llegar a la verdadera alegría. Quien quiere afirmar o quien promete sólo una vida alegre y cómoda, miente, porque esta no es la verdad del hombre. La consecuencia es que luego se debe huir a paraísos falsos. Precisamente así no se llega a la alegría, sino a la autodestrucción. Sí, el cristianismo nos anuncia la alegría; pero esta alegría sólo crece en el camino del amor y este camino del amor guarda relación con la cruz, con la comunión con Cristo crucificado. Y está representada por el grano de trigo que cae en tierra. Cuando comencemos a comprender y a aceptar esto, cada día, porque cada día nos trae alguna insatisfacción, alguna dificultad que también produce dolor, cuando aceptemos esta escuela del seguimiento de Cristo, como los Apóstoles tuvieron que aprender en esta escuela, entonces también seremos capaces de ayudar a los que sufren.
Es verdad, siempre resulta problemático que uno que tiene buena salud o está en buena condición trate de consolar a otro que está afectado por un gran mal, sea enfermedad, sea pérdida de amor. Ante estos males, que conocemos todos, casi inevitablemente todo parece sólo retórico y patético. Pero yo diría que, si estas personas pueden percibir que nosotros tenemos com-pasión, que somos com-pacientes, que queremos llevar juntamente con ellos la cruz en comunión con Cristo, sobre todo orando con ellos, asistiéndolos con un silencio lleno de simpatía, de amor, ayudándoles en la medida de nuestras posibilidades, podemos resultar creíbles. Debemos aceptar que, tal vez en un primer momento, nuestras palabras parezcan sólo palabras. Pero si vivimos realmente con este espíritu del seguimiento de Jesús, también encontraremos la manera de estar cerca de ellos con nuestra simpatía. Simpatía etimológicamente quiere decir com-pasión por el hombre, ayudándolo, orando, creando así la confianza en que la bondad del Señor existe incluso en el valle más oscuro.
Así podemos abrirles el corazón para el Evangelio de Cristo mismo, que es el verdadero Consolador; abrirles el corazón para el Espíritu Santo, llamado el otro Consolador, el otro Paráclito, que asiste, que está presente. Podemos abrirles el corazón no para nuestras palabras, sino para la gran enseñanza de Cristo, para su estar con nosotros, ayudándoles para que el sufrimiento y el dolor se transformen de verdad en gracia de maduración, de comunión con Cristo crucificado y resucitado.
El padre Raniero Cantalamessa comenta Mateo (10,37-42)
En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija mas que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá».
¿Por qué la cruz? Jesús, en el Evangelio, nos habla de la necesidad de tomar la propia cruz. Pero ¿cómo hacer comprender esta palabra a una sociedad, como la nuestra, que opone el placer? Partamos de una constatación. En esta vida, placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que a la elevación de una ola en el mar le sigue una depresión y un vacío capaz de succionar a quien intenta alcanzar la orilla. El hombre busca desesperadamente separar a esta especie de hermanos siameses, de aislar el placer del dolor. A veces se hace ilusiones de haberlo logrado, pero por poco tiempo. El dolor está ahí, como una bebida embriagadora que, con el tiempo, se transforma en veneno. Es el mismo placer desordenado que se retuerce contra nosotros y se transforma en sufrimiento. Y esto, o improvisamente y trágicamente, o un poco cada vez, en cuanto que no dura mucho y genera hartura y hastío.
Es una lección que nos viene de la crónica diaria, si la sabemos leer, y que el hombre ha representado en mil formas en su arte y en su literatura. «Un no sé qué de amargo surge de lo íntimo de cada placer y nos angustia incluso en medio de las delicias», escribió el poeta pagano Lucrezio. El placer en sí mismo es engañoso porque promete lo que no puede dar. Antes de ser saboreado, parece ofrecerte el infinito y la eternidad; pero, una vez que ha pasado, te encuentras con nada en la mano. La Iglesia dice tener una respuesta a este que es el verdadero drama de la existencia humana. Ha habido, desde el inicio, una elección del hombre, hecha posible por su libertad, que le ha llevado a orientar exclusivamente hacia las cosas visibles ese deseo y esa capacidad de gozo de la que había sido dotado para que aspirara a gozar del bien infinito que es Dios.
Al placer, elegido contra la ley de Dios y simbolizado por Adán y Eva que prueban del fruto prohibido, Dios ha permitido que le siguieran el dolor y la muerte, más como remedio que como castigo. Para que no ocurriera que, siguiendo a rienda suelta su egoísmo y su instinto, el hombre se destruyera del todo a sí mismo y a su prójimo. (¡Hoy, con la droga y las consecuencias de ciertos desórdenes sexuales, vemos cómo es posible destruir la propia vida por el placer de un instante!). Así al placer vemos que se le adhiere, como su sombra, el sufrimiento. Cristo por fin ha roto esta cadena. Él, «en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz» (Hb 12,2). Hizo, en resumen, lo contrario de lo que hizo Adán y de lo que hace cada hombre. Resurgiendo de la muerte, Él inauguró un nuevo tipo de placer: el que no precede al dolor, como su causa, sino que le sigue como su fruto; el que halla en la cruz su fuente y su esperanza de no acabar ni siquiera con la muerte. Y no sólo el placer puramente espiritual, sino todo placer honesto, también el que el hombre y la mujer experimentan en el don recíproco, en la generación de la vida y al ver crecer a los propios hijos o nietos, el placer del arte y de la creatividad, de la belleza, de la amistad, del trabajo felizmente llevado a término. Todo gozo.
La diferencia esencial es que es el placer en este caso, no el sufrimiento, el que tiene la última palabra. ¿Qué hacer entonces? No se trata de ir en busca del sufrimiento, sino de acoger con ánimo nuevo el que hay en la vida. Podemos comportarnos con la cruz como la vela con el viento. Si lo toma por el lado adecuado, el viento la hincha e impulsa la barca por las olas; si en cambio la vela se atraviesa, el viento parte el mástil y vuelca todo. Bien tomada, la cruz nos conduce; mal tomada, nos aplasta.
[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]

No pretendo poder responder. Este misterio no lo entenderemos completamente en la tierra. Pero si debemos tomar en cuenta lo que Dios nos revela al respecto: Dios no se quedó distante. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El mismo sufrió en su carne los mas atroces dolores de la cruz por amor.
Jesús está presente en el sufrimiento de cada persona. Quien hace daño a su prójimo se lo hace al mismo Jesús:
Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.- Mateo 25,40
Dios no quiere que nadie sufra. El sufrimiento lo causamos los hombres por el pecado que es rebelión contra Dios. Dios lo permite porque nos hizo libres, pero lo transforma de manera que pueda ser camino de liberación. Al morir en la cruz, Jesús hizo que el sufrimiento ya no fuese en vano. Lo podemos ofrecer a Dios uniéndolo a los sufrimientos de Cristo.
El sufrimiento NO es señal de culpa personal. Jesús sufrió y todos, buenos y malos sufrimos. El mal nos viene por un solo hombre, Adán; La salvación nos viene por un hombre: Jesús. En El todos tenemos acceso a la gracia para vencer en las pruebas.
No podemos, sin embargo, quedarnos en las palabras. Ante el sufrimiento de nuestros hermanos Dios nos manda a responder con todo nuestro corazón. Estamos ante el mismo Cristo sufriente y debemos hacer todo lo posible por ayudarles.
Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar.-Mateo 18,6

Aun los niños tienen la capacidad de entender que los sufrimientos tienen gran valor si los ofrecemos a Dios. Los niños de Fátima son un gran ejemplo: Ellos sufrieron mucho pero comprendieron que lo podían ofrecer por los pecadores.
El sufrimiento no es la última palabra. Todo pasa muy rápido y después será la victoria y la recompensa de los que han sido fieles.
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