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martes, 17 de diciembre de 2019

NINGUNA CONEXIÓN CON EL CELIBATO



el 80% de los casos de abusos clericales son homosexuales

(InfoCatólica) 16-12-19


Mons. Jordi Bertomeu (Tortosa, 1968) es Oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fue uno de los «enviados especiales» a Chile a realizar el informe sobre abusos sexuales por algunos clérigos y religiosos, junto con el obispo de Malta, Mons. Charles Scicluna.
Ha concedido a la Revista Palabra una entrevista sobre la relación entre el celibato y los abusos de menores.

Para sus respuestas se basa en los 6.000 casos de abusos denunciados por las víctimas entre 2001 y 2019, con los procedimientos que puso en marcha Benedicto XVI. Se trata de casos que habrían sucedido en los últimos 50 años referentes a los delicta graviora: uno de los delitos más graves que pueden cometerse en la Iglesia.

No hay ninguna evidencia de que el celibato sacerdotal cause directamente alguna adicción sexual desviada, tal como demuestran aquellos casos de hombres o mujeres que, por circunstancias de la vida deben vivir como célibes.
Además, el celibato nunca ha sido considerado como un parámetro relevante para identificar a los abusadores. Más bien, la mayor parte de abusadores son hombres casados. Los sacerdotes, hombres mayoritariamente célibes (si se excluye a los sacerdotes católicos de rito oriental y otras excepciones, como los sacerdotes del Anglicanorum coetus, ex pastores protestantes) se suelen caracterizar y se recurre a ellos, precisamente, por su equilibrio psicológico, por su disponibilidad y entrega desinteresada a todos, no solo a los fieles católicos.

Así, por ejemplo, la Unity Church de Australia, con 240.000 miembros, sin jerarquía y con clero masculino y femenino casado escogido democráticamente, ha sido noticia recientemente por sus 2.500 casos de abusos de menores. Tales datos contrastan con los de la Iglesia católica, con 466.000 sacerdotes y 6.000 casos denunciados ante la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Además de hacer una bella defensa del celibato en su dimensión espiritual y humana, Mons. Bertomeu recuerda el origen evangélico del celibato

Los estudios históricos del cardenal A. Stickler o de H. Jedin han demostrado no solo el origen evangélico del celibato, sino su inmediato desarrollo teológico ya en padres de la Iglesia de la talla de Clemente de Roma e Ignacio de Antioquía, ambos del s. I. El canon 33 del Concilio de Elvira (s. IV), no inventa una «ley del celibato» hasta entonces inexistente en la vida de la Iglesia, sino que fue la respuesta a una necesidad de clarificar algunas situaciones de hecho surgidas tras la desorganización propia del tiempo de las recurrentes persecuciones martiriales. La posterior reforma gregoriana del s. XI y las disposiciones sobre el celibato del 2º concilio de Letrán (1139) tampoco se entenderían sin considerarlas como una vuelta a las raíces por fidelidad al Evangelio de Jesucristo.

Si la vivencia del celibato ha sido siempre contracultural, también lo es hoy aún más con independencia de la crisis actual de los abusos sexuales de menores cometidos por clérigos. Nuestra sociedad necesita muchos jóvenes que muestren a todos la bondad de vivir un amor verdadero, casto y libre. Vivir la consagración como «unción» y no simple «función» estimula a todos, particularmente a los que han recibido la vocación matrimonial, a entregarse sin desfallecer a pesar de las dificultades cotidianas. Los sacerdotes son llamados, por tanto, a entregarse con un amor totalizante para ser «signos» de un amor más real que cualquier utopía: al respecto, siendo la ordenación una entrega para toda la vida, ninguna iglesia, ni tan siquiera las orientales, casa a aquellos que ya son clérigos.

Ciñéndose a los datos que los que dispone la Congregación para la Doctrina de la Fe, confirma la cifra del 80% de casos homosexuales, que durante un tiempo ha sido negado por un grupo ideologizado y fanatizado:
Recientes datos estadísticos observados al tratar los diversos casos de abusos sexuales de menores, aún muy parciales y científicamente poco sólidos, permiten sin embargo alertar sobre el alto número de menores de sexo masculino abusados por sacerdotes (alrededor de un 80%; insistimos, siempre según los escasos datos de los que se dispone en la Congregación para la Doctrina la Fe, la competente para tratar dichos delitos). Se habla incluso de tres veces más probabilidades de cometer el delito de pedofilia entre sacerdotes homosexuales.

Respecto a esos datos no ofrece una explicación clara, y se limita a decir que «no hay relación directa entre homosexualidad y pedofilia o entre esta última y un 'estilo progresista' de clero».
Asegura, por tanto, que no todos los homosexuales son pederastas o que no hay que criminalizar una identidad sexual:

«afirmar la conexión directa de la homosexualidad con la pederastia a partir de los datos antes subrayados, no solo comporta la comisión de una gran injusticia, sino la criminalización de una determinada identidad sexual»

Sin embargo, sí apunta a una posible «subcultura homosexual» en determinados ambientes:
«Más bien, solo es posible afirmar que una cierta subcultura homosexual propia de algunos grupos clericales y presente en ciertos seminarios o noviciados, con la consiguiente tolerancia hacia los comportamientos homosexuales activos, puede llegar a derivar en la pederastia. Son situaciones que merecerían mayor atención por parte de los pastores, que cuentan con los medios pastorales y disciplinares para invitar con el ejemplo, la palabra e incluso la coacción a una vida casta que no suponga un peligro ni escándalo para el mismo sacerdote y para la Iglesia».

Ya es mucho más de lo que hasta hace poco se negaba. También es de destacar que en la entrevista no afloró como causa, ni principal, ni tangencial, el tan manido y etéreo clericalismo que tan presente estuvo en los últimos años como causa de los abusos.

domingo, 23 de septiembre de 2018

CELIBATO SACERDOTAL



Eduardo Padilla Quirno

Médico psiquiatra

En su carta, el lector Bastitta Heguy relaciona los casos de pedofilia por sacerdotes de la Iglesia Católica, excepto los del rito oriental –añadimos- con el celibato que eligen comprometerse a cumplir.

Los que hemos tenido una intensa experiencia en este difícil y duro campo hemos comprobado que los abusadores, tanto hombres como mujeres, son predominantemente personas allegadas a los niños, principalmente familiares y luego cuidadores o personas asimiladas a estos o del segundo hogar, que es la escuela. La mayor parte de estos actores tienen vidas sexuales activas, a veces maritales, en las que han crecido y multiplicado y otras hasta promiscuas. Por cierto, la antítesis de mantenerse célibes.

También hemos visto pedófilos entre algunos sacerdotes y religiosas de otras confesiones que no tienen el celibato como norma. Por ello resulta difícil asegurar, desde el punto de vista de la clínica psiquiátrica, que el celibato predispone a la pedofilia. Sería una lectura lineal sobre un tema de gran complejidad.

En cuanto a que esa elección se hace más difícil hoy por la avalancha de tentaciones en el mundo contemporáneo, una novela muy intensa de André Gide, Thais, nos relata las tremendas vicisitudes entre un monje anacoreta y una muy bella bailarina y cortesana de ese nombre en los albores del cristianismo.

Se ve claramente que los demonios más temidos han sido y son siempre los que llevamos dentro.

La Nación, 23-9-18

lunes, 8 de marzo de 2010

Celibato sacerdotal


¿Es psicológicamente peligroso el celibato sacerdotal?


Entrevista con el Aquilino Polaino Lorente, profesor de psicopatología



El pasado viernes culminó, en la Pontificia Universidad de la Santa Croce de Roma, el congreso “El celibato sacerdotal: teología y vida”, organizado por la facultad de teología de esta institución y patrocinado por la Congregación para el Clero, a propósito del Año Sacerdotal.

Una de las ponencias más aplaudidas por sus asistentes, compuestos mayormente por diáconos y sacerdotes, fue la denominada “La realización de la persona en el celibato sacerdotal” del profesor español Aquilino Polaino Lorente.

Polaino es médico de la Universidad de Granada. Posteriormente estudió psicología clínica en la Complutense se Madrid. Es doctor en Medicina de la Universidad de Sevilla. También es licenciado en filosofía de la Universidad de Navarra. Ha ampliado sus estudios en diversas instituciones de educación superior europeas y americanas. Desde 1978 hasta 2004 fue catedrático de Psicopatología en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente es docente de la misma materia en la Universidad de San Pablo en la capital española.

Ha escrito numerosos artículos y libros, especialmente sobre los problemas psicológicos infantiles y juveniles así como los familiares. Es miembro de academias de medicina de varias ciudades españolas, colaborador de multitud de organismos y por su trabajo y su bagaje intelectual ha recibido varias distinciones.

ZENIT entrevistó al profesor Polaino quien en su ponencia explicó cómo una correcta visión de la sexualidad, donde se deben integrar el amor, la apertura a la vida y el placer puede entender también el sentido del celibato al que son llamadas algunas personas para ser más disponibles para el apostolado y para vivir el amor universal.

“Dios no pide cosas imposibles a quien llama a su servicio”, dijo en su intervención refiriéndose al tema central del congreso.

-¿Es psicológicamente peligroso el celibato sacerdotal?

Aquilino Polaino: No es nada peligroso porque quizás se compadece muy bien con lo que es la estructura antropológica realista de la condición humana. Tiene sus dificultades como es lógico puesto que la naturaleza humana está un poquito deteriorada y caída y hay que integrar todas las dimensiones. A mí me parece más peligroso el comportamiento sexual abierto, no normativo en que todo vale, creo que eso tiene consecuencias más desestructuradoras de la personalidad que el celibato bien vivido en plenitud, sin rupturas o quebrantos.

-¿Qué medios debe poner el sacerdote para ser fiel al voto de celibato durante todos los días de su vida?

Aquilino Polaino: La tradición de la Iglesia tiene multitud de consejos que se pueden poner en práctica y que son eficaces, por ejemplo la guarda de corazón y la guarda de la vista. Lo que no se ve no se siente. Tampoco hay que ir mirando al suelo pero se puede ver sin mirar. Eso asegura la limpieza del corazón y además la vivencia del primer mandamiento que es amar a Dios sobre todas las cosas. En una olla que está a presión no entran moscas. Un corazón satisfecho no anda con mezquindades ni con fragmentaciones.

-¿Cree usted que la cultura hedonista de este nuevo siglo tan difundida en los medios de comunicación influye en el hecho que algunos sacerdotes no sean fieles al voto del celibato?

Aquilino Polaino: Es posible, porque la fragilidad de la condición humana también la tienen los sacerdotes. Yo creo que hay que fijarse más en el inmenso número de sacerdotes fieles a su vocación. Lo excepcional también se da en la vida sacerdotal pero es excepcional. Aunque periodísticamente sea muy correcto ir a la excepción, no podemos ser ciegos a la inmensa mayoría de sacerdotes que son leales, que viven su vocación a plenitud, que son felices, de los cuales el mundo le debe la felicidad. Eso hay que ponerlo en énfasis.

-¿Una recta visión de la sexualidad puede dar una recta visión de la vida célibe?

Aquilino Polaino: Sí. Creo que la sexualidad hoy es una función muy confusa, es una facultad sobre la que hay más errores que puntos de acuerdo con lo que es la naturaleza humana y quizás es un programa para enseñar e impartir en todas las edades porque como es uno de los ejes fundamentales de la vida humana, si no está bien atendido, si la gente no está bien formada, lo que vivirá es la confusión reinante. Eso afecta tanto a seminaristas como a gente joven o como a los novios que se van a casar. Esa educación hoy es una educación para la vida. Es una materia que a veces se enseña mal porque se enseñan los errores y eso es confundir todavía más en vez de explicar esa materia con un rigor científico que tenga fundamento en la naturaleza humana.

-¿Qué significa que el sacerdote esté llamado a ser padre espiritual?

Aquilino Polaino: Creo que eso es uno de los temas en los que poco se ha profundizado. La paternidad espiritual también la tienen que vivir los padres biológicos y muchos de ellos no han oído hablar de eso nunca. La paternidad espiritual es, en cierta manera, vivir todas las obras de misericordia, consolar a triste, redimir al cautivo, ser hospitalario, afirmar al otro en lo que vale, evitarle los problemas, animarle y motivarle para que crezca personalmente, estimularle la aparición de valores que ya tiene porque le han venido con su naturaleza pero tal vez no han sabido encontrarlos ni hacerlos crecer. Creo que este mundo está huérfano de esa paternidad y esa maternidad espiritual y creo que es una dimensión que el sacerdote casi sin darse cuenta de lo que hace ya la vive.

-¿La vida célibe puede hacer más fecunda esta paternidad espiritual?

Aquilino Polaino: Necesariamente sí porque hay más tiempo y más disponibilidad, si el objetivo final es la unión con Dios la paternidad espiritual cobra más sentido porque es la mejor imagen de la paternidad divina en el mundo contemporáneo por tanto está como mediador y en la medida en que viva la filiación divina también vivirá muy bien la paternidad espiritual.

Por Carmen Elena Villa

ROMA, lunes 8 de marzo de 2010 (ZENIT.org),-


jueves, 9 de julio de 2009

Homilia de monseñor Giaquinta


Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia para el décimo cuarto domingo durante el año

(5 de julio 2009)

I. La fe: tema capital del Evangelio

1. Desde que retomamos la lectura continua del Evangelio según San Marcos, por tercera vez aparece el tema de la fe. “¿Cómo no tienen fe?”, les preguntaba Jesús a los discípulos en la tempestad, hace dos domingos. “No temas, basta que creas”, le decía Jesús a Jairo el domingo pasado. Hoy Marcos comenta que Jesús, ante el rechazo de sus compueblanos, “se asombraba de su falta de fe” (Mc 5,6).

La fe es, sin duda, un tema capital. En el Evangelio según Marcos, Jesús comienza su predicación del Reino pidiendo la fe: “Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1,15). Y cuando la concluye, confía a los apóstoles la misión de evangelizar al mundo reafirmando la necesidad de la fe: “El que crea y se bautice se salvará” (Mc 16,16).

El tema es importante en todo el Nuevo Testamento, como lo muestra la reiteración del sustantivo “fe” y del verbo “creer” (485 veces). Desde este panorama bíblico, entendemos que siempre, hoy lo mismo que ayer, el gran problema de la Iglesia es cómo vivir en la fe, proponer la fe, cultivar la fe.


II. “Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo”

2. La lectura de hoy trae la escena de la visita de Jesús a la sinagoga de su pueblo: “Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga” (6,2). La primera reacción de la gente fue de asombro. ¡Qué bien habla este hijo del pueblo! Pero apenas se ponen a considerar el origen humilde de Jesús, la admiración se convirtió en rechazo: “La multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: ‘¿De dónde saca todo esto?... ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?’”. Marcos concluye: “Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo” (vv. 2-3).

3. Advirtamos que a Jesús lo rechazan los que son próximos a él: sus compueblanos reunidos en la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios. No es ésta la única vez que en Marcos aparece una situación como ésta. El domingo antepasado veíamos a los discípulos de Jesús carentes de fe: “¿Cómo no tienen fe?” (4,40). Y el Domingo de Ramos, en la proclamación de la Pasión de Jesucristo, vimos a los sumos sacerdotes y escribas, máximos representantes de la religión judía, rechazar a Jesús: “Los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: ‘¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!” (15,31-32).

4. ¿Será inevitable que el está metido en la religión termine lejos de ella? No. Pero no es infrecuente. Lo muestra todo el Antiguo Testamento, como les recordó Jesús a los escribas y fariseos: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí’” (Mc 7,6; Is 29,13). ¿La situación puede repetirse en el Nuevo Testamento?


III. “Todo lo que ha sido escrito en el pasado,

ha sido escrito para nuestra instrucción”

5. La pregunta formulada puede parecer impertinente. Y no lo es. San Pablo les hace ver a los corintios que la conducta de ellos es como la de los judíos en el desierto. Eran religiosos, pero vivían como paganos: “Todos nuestros padres atravesaron el mar… Todos comieron la misma comida (el maná)… A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, y sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto”. El Apóstol ve en los hechos del pasado una profecía del presente: “Todo esto aconteció para ejemplo nuestro… Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo presente” (1 Co 10,1-6.11).

6 La Iglesia, también, cuando nos lee una escena evangélica como la de hoy: no la lee sólo como una anécdota dolorosa del pasado, sino como “profecía” del presente, como “evangelio” o anuncio de salvación. Y nos dice: “¡Atención! Lo que le pasó a Jesús ayer en Nazaret, le puede suceder hoy con nosotros”. Por ello el Evangelio se lee con solemnidad: el sacerdote ora antes; el pueblo se pone de pie; y para resaltar la lectura, hay un breve diálogo previo entre el sacerdote y el pueblo.


IV. “Año sacerdotal”:

llamado a la autenticidad de vida de los clérigos

7. Con ocasión de los 150 años del nacimiento de San Juan María Vianney, llamado el santo Cura de Ars, el Papa Benedicto XVI convocó a celebrar un “año sacerdotal”, para “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico sea más intenso e incisivo”. Podríamos muy bien decir: para promover un proceso de fe viva en el ministerio que desempeñamos. Tiene “presentes a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida”. Y recuerda con emoción a su párroco “con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo sin reserva al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave”.

8. Sin embargo, el Papa no puede callar que en el Clero “también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono” (Carta, 18 de junio).

Estas “situaciones”, no hemos de verlas con indiferencia, con desesperación, o como si fuesen sólo construcciones mediáticas. También a través de ellas el Señor nos llama a la conversión. Han llenarnos de humildad, y ser un acicate para que los clérigos crezcamos en la fe y hagamos una profunda revisión de nuestra vida y ministerio.

Por ello conviene preguntarnos: a) si hay coherencia entre el ministerio que ejercemos y el estilo de vida que adoptamos; y, en particular, si éste facilita la oración, la escucha de la Palabra de Dios y el ejercicio de la caridad pastoral; pues si bien el hábito no hace al monje, no menos cierto es que éste necesita de un estilo de vida acorde con la vocación abrazada; b) si en la Iglesia hemos asimilado el ideal de vida y ministerio del pastor propuesto por el Nuevo Testamento y por el Concilio; o si tal vez nos manejamos con una teología subjetiva del sacramento del Orden; c) si los criterios para seleccionar y formar a los candidatos al ministerio sacerdotal se corresponden con el ideal conciliar; d) si los Seminarios imparten una formación acorde con dicho ideal; e) si el proceso seguido en la institución y ordenación de los diversos ministros (desde el lector hasta el obispo) corresponde a un camino objetivo de crecimiento y maduración; f) si al proceder a la ordenación de un presbítero, los obispos sacramentalizamos una “presbiterialidad” ya manifiesta en el candidato; o, tal vez, obramos según la rutina, o nos dejamos tentar por la urgencia de cubrir las vacantes pastorales; etc.


V. La falsa ilusión de multiplicar el número de ministros

por la supresión del celibato sacerdotal

9. Se equivocan los que afirman que la renovación y multiplicación de los ministros del Evangelio puedan venir de una derogación lisa y llana de la norma establecida por la Iglesia latina de elegir sólo a los que hayan obtenido de Dios el don del celibato voluntario y perpetuo, además de contar con las demás capacidades para ser pastor. Esta es un decisión tomada desde la fe, y no puede ser comprendida y reformada sino desde la fe. Lastimosamente algunos se dejan tentar, y en vez de alimentar su ideal de consagración en la Palabra de Dios, asumen la opinión de la prensa que a veces pontifica sobre las cosas divinas. Es una trampa en la que fieles y pastores no debemos caer. Jesucristo, de quien somos ministros, “no fue ‘si’ y ‘no’, sino solamente ‘sí’, de manera que por él decimos ‘Amén’ a Dios, para gloria suya” (2 Co 1,19-20).

10. Ha de afirmarse con claridad que el candidato a las sagradas órdenes en la Iglesia latina ha de contar con una doble vocación: a la vida de consagración a Dios mediante el celibato voluntario y perpetuo, y al ejercicio de la caridad pastoral. Y ello, comprobado por el sujeto y mostrado a la Iglesia a través de un camino adecuado, que incluye haber adquirido el hábito de la oración personal. El celibato sacerdotal no es una condición extrínseca que se añade después de la ordenación. Sino una condición previa a la misma, cuyo fundamento es la fe viva en Jesucristo que invita a dejar todo por amor a él para seguirlo.

11. Esto no es óbice para que la Iglesia católica oriental cuente desde siempre con presbíteros elegidos entre hombres casados, según la praxis conocida en el Nuevo Testamento (cf. 1 Timoteo 3). A estos el Concilio los exhorta a perseverar santamente en su doble vocación: marital y ministerial (P. O. 16). Tampoco lo sería si un Concilio decidiese que la Iglesia latina contase también con presbíteros elegidos entre los hombres casados. Desde el Concilio Vaticano cuenta con diáconos elegidos entre éstos.

12. Ha de ser claro, sin embargo, que la Iglesia nunca abolirá el criterio apostólico “que cada uno siga viviendo en la condición que el Señor le asignó y en la que se encontraba cuando fue llamado” (1 Co 7,17). Y tampoco la consecuente norma eclesiástica: que el ministro que fue ordenado siendo célibe permanezca célibe, y el que fue ordenado estando casado permanezca casado. Y que, por tanto, nunca habrá un celibato optativo en el sentido que muchas veces se lo formula en la prensa: que los ministros ordenados siendo célibes puedan casarse.


VI. Crecer en la fe y orar a Dios

13. Por ello, como dice el Papa, “lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes”. Para ello, nada mejor que renovar la fe en Jesucristo que llama a seguirlo y a “dejar todo por él y por el Evangelio” (Mc 10,29). Y orar con esta intención, como lo hizo él: “Padre, yo ruego por ellos… No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno… Conságralos en la verdad” (Jn 17,9.15.17). (R 01-07).

Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
(AICA



viernes, 30 de enero de 2009

Celibato


Padre Jordi Rivero

Etim.: Latín caelibatus, vida soltera

DEFINICION: El no estar casado y, en el uso de la Iglesia, un compromiso de no casarse. La Iglesia hace distinción entre el celibato de laicos y el celibato eclesial. En ambos casos se escoge libremente, por razones religiosas, el no casarse.

El celibato no es desprecio al matrimonio. Ambas vocaciones vienen de Dios, son profundamente estimadas por la Iglesia y son caminos de amor y servicio.

¿Por qué el celibato?
La Iglesia siempre ha tenido el celibato en muy alta estima ya que Jesucristo fue célibe. El es modelo de la perfección humana. Hay quienes objetan pensando que nosotros no podemos imitarlo. Se equivocan. La verdad es que Jesucristo, siendo Dios, asumió verdaderamente la naturaleza humana, siendo igual que nosotros en todo menos en el pecado. El nos da la gracia para vivir, siendo hombres, su amor sobrenatural.

Jesucristo claramente recomendó el celibato como entrega radical de amor por el Reino de los Cielos:

Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda. -Mateo 19,12

San Pablo era célibe y animaba a seguir esta forma de vida :

Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.

Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división. Pero si alguno teme faltar a la conveniencia respecto de su novia, por estar en la flor de la edad, y conviene actuar en consecuencia, haga lo que quiera: no peca, cásense.

Mas el que ha tomado una firme decisión en su corazón, y sin presión alguna, y en pleno uso de su libertad está resuelto en su interior a respetar a su novia, hará bien. Por tanto, el que se casa con su novia, obra bien. Y el que no se casa, obra mejor. La mujer está ligada a su marido mientras él viva; mas una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero sólo en el Señor. Sin embargo, será feliz si permanece así según mi consejo; que también yo creo tener el Espíritu de Dios.
-I Corintios 7,32-40

El celibato laico se practicaba ya en la Iglesia primitiva. A los hombres célibes les llamaban "los continentes" y a las mujeres, "vírgenes". También se les conocía como ascéticos.

El celibato eclesial fue un desarrollo lógico de las enseñanzas de Cristo sobre la continencia (Mateo 19,10-12). Es uno de los consejos evangélicos.

Los comienzos de la vida religiosa se encuentran en la práctica del celibato voluntario por el Reino. El celibato era una de las características de los primeros ermitaños y un requisito en las primeras fundaciones monásticas bajo San Pachomius (c. 290-346).

El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico.

El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe: «El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña» (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33: «Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía» (ib., 52 c).

También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma: «El Señor Jesús (...) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (...). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos» (ib., n. 89, p. 34).

San Ambrosio (siglo IV) escribe sobre el celibato: "Dios amó tanto a esta virtud que no quiso venir al mundo sino acompañado por ella, naciendo de Madre virgen" (San Ambrosio, Tratado sobre las vírgenes)

El Papa Calixto II, en el Concilio de Letrán, en 1123, promulgó el celibato como requisito para todo el clero del rito romano. (Los ritos maronitas y armenios, siendo católicos orientales, aceptan a hombres casados para la ordenación sacerdotal, pero no permiten que contraigan matrimonio los que ya han sido ordenados).

El Concilio Vaticano Segundo llama al celibato "ese don precioso de la gracia divina dado a algunos por el Padre, para que se dediquen más fácilmente sólo a Dios con un corazón indivisible en virginidad o celibato. Este medio perfecto para el amor del reino del cielo ha sido tenido siempre en gran estima por la Iglesia como un signo y un estímulo del amor, y como una fuente singular de fertilidad espiritual en el mundo". (Constitución de la Iglesia, 42). También dijo que el celibato es el primero de los consejos evangélicos a ser puestos en práctica por los religiosos y dijo que "es un símbolo especial de los beneficios celestiales, y para los religiosos es un forma muy efectiva de dedicarse con todo el corazón al divino servicio y a los trabajos del apostolado" (Decreto sobre la Renovación de la Vida Religiosa,12).

Célibes y casados se complementan
El Padre Cantalamessa, predicador del papa aboga por una sana integración de los carismas celibato y matrimonio, de manera que los casados y los célibes no vivan rígidamente separados los unos de los otros, sino de forma que se ayuden y exhorten mutuamente a crecer. Dice: «No es cierto que la cercanía del otro sexo y de las familias, para quien no está casado, sea siempre y necesariamente una insidia y una oscura amenaza. Puede serlo si no se ha producido aún una aceptación libre, alegre y definitiva de la propia vocación, pero esto también se aplica a quien esté casado». «Lo más bello que podemos hacer… es renovar nuestro “Heme aquí” y nuestro “Sí”. No con una “resignada aceptación”, sino con el “deseo” y la “impaciencia” de María en la Anunciación».

"Cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor dado por el Creador, pierde significado la renuncia por el reino de los Cielos" (Juan Pablo II, Familiaris consortio)

Ante las críticas contra el celibato

Un artículo en el Miami Herald comentaba que el famoso boxeador Mohamad Alí, para estar en mejor forma, se mantenía en abstinencia sexual por períodos hasta de un año. Es de notar que, mientras el mundo admira ese compromiso hecho por el deporte, critica como "anti-natural" el celibato sacerdotal, optado por el Reino de los cielos. Me parece entonces que lo que se critica más bien no es el celibato sino el hecho de que haya quienes se tomen su compromiso con Dios tan en serio. Por el boxeo todo es aceptable, pero si es por Dios se considera fanatismo o peligroso para la mente.

Es normal que el hombre mundano, que vive dominado por las pasiones, vea el celibato como una represión y hasta como un peligro. Pero el celibato vivido santamente es una donación total de nuestro amor por Dios y por todos. Sin fe y sin gracia no se puede vivir el celibato, pero sin estas tampoco se debe ser sacerdote.

MITOS

1 -El celibato es causante del abuso sexual
El celibato no tiene relación causal con ningún tipo de abuso ni adicción sexual. El hecho es que el abuso sexual igualmente ocurre entre hombres casados. (Jenkins, Priests and Pedophilia). En la población general, la mayoría de los abusadores son hombres heterosexuales que abusan de niñas. También hay mujeres que abusan de menores.

El perfil del abusador sexual de menores no es el de un adulto normal atraído eróticamente hacia niños por causa de la abstinencia. (Fred Berlin, "Compulsive Sexual Behaviors" in Addiction and Compulsion Behaviors [Boston: NCBC, 1998]; Patrick J. Carnes, "Sexual Compulsion: Challenge for Church Leaders" in Addiction and Compulsion; Dale O'Leary, "Homosexuality and Abuse").


2 -Si permitieran el matrimonio de los sacerdotes se evitaría que estos cometan abusos sexuales
No es mayor la incidencia de abuso sexual por célibes como quiere hacer creer la prensa. Quienes cometen estos delitos no son aptos ni para ser sacerdotes y ni para ser casados. ¿Qué mujer querrá casarse con un hombre si sabe que es abusador sexual?

La virginidad consagrada y el celibato sacerdotal:
Dos vocaciones fundamentales para el anuncio del Evangelio
Padre Raniero Cantalamessa, predica al Papa y a la curia romana, Adviento 6-XII-2002

La facilidad de las comunicaciones y de los viajes ha creado una situación nueva: televisión, internet, publicidad, periódicos meten a chorros el mundo dentro de casa y, con frecuencia, el mundo en su peor aspecto. Nos lo meten a la fuerza por los ojos, que es una forma de violencia... Por eso, la salvaguarda de la propia castidad es confiada en gran parte al individuo mismo y debe basarse en sólidas convicciones personales, tomadas de la Palabra de Dios.

¿Qué palabra de Dios?, Ciertamente, para comenzar, la pronunciada por Jesús en el Evangelio de Mateo, cuando habla explícitamente a los apóstoles de quienes se hacen «eunucos por el Reino.... Esta vocación no es más perfecta que el estado conyugal, sino simplemente algo más avanzada, pues refleja la imagen del hombre y la mujer en la vida eterna.

Partiendo de este carácter profético de la virginidad y del celibato, podemos comprender la ambigüedad y falsedad de la tesis, según la cual, este estado iría contra la naturaleza e impediría al hombre y a la mujer realizarse plenamente, como hombre y mujer. Esta duda pesa terriblemente sobre el espíritu de los jóvenes y es uno de los motivos que más aleja de responder a la vocación.

El celibato y la virginidad no reniegan de la naturaleza humana, sino que más bien la realizan a un nivel más profundo. El hombre, según la Biblia, no es sólo lo que es por nacimiento, sino también lo que está llamado a ser. En el hombre, en otras palabras, hay una chispa de vocación a la que tiene que responder.

Los vírgenes consagrados --hombres y mujeres--, son aquellos que han entendido esta respuesta en su grado más elevado, entregándose por el Reino de Dios, cuya difusión ha encontrado casi siempre en ellos el modelo de misioneros eficaces.

El anuncio del Evangelio y las misiones se han apoyado en buena parte en sus espaldas. Dentro de la cristiandad, el progreso en la doctrina, en el pensamiento, ha dependido de ellos, especialmente de algunas órdenes religiosas. Ellos han cultivado caminos nuevos en la espiritualidad.

Si se mira al exterior, los vírgenes consagrados han instituido casi todas las instituciones caritativas. Por tanto, la virginidad no significa esterilidad, sino por el contrario, la máxima fecundidad.

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Esta página es obra de Las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María.