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miércoles, 6 de agosto de 2025

OCULTAN A CRISTO

 

 detrás del Discurso Social

 

P. Clodovis Boff

[InfoCatólica / CentroPieper] 29-6-2025

 

Quien fuera durante años un referente indiscutido de la Teología de la Liberación pero que más tarde se distanció de su deriva ideológica, el P. Clodovis Boff –no confundir con su hermano Leonardo Boff– ha escrito una contundente «Carta Abierta a los Obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM)» donde entre muchas cosas valiosas, dice sin rodeos: «Disculpen mi franqueza… Ustedes, los obispos del CELAM, repiten la misma cantinela de siempre: social, social, social. Llevan más de cincuenta años haciéndolo. Queridos hermanos mayores, ¿es que no ven que esa música ya cansa? ¿Cuándo nos darán las buenas noticias sobre Dios Padre, Cristo y su Espíritu? ¿Sobre la gracia y la salvación? ¿Sobre la conversión del corazón y la meditación de la Palabra? ¿Sobre la oración y la adoración, la devoción a la Madre del Señor y otros temas similares? Finalmente, ¿cuándo nos anunciarán un mensaje verdaderamente religioso y espiritual?».

 

Sacerdote de la Orden de los Siervos de María, el P. Clodovis lamenta, en su escrito de cuatro páginas, que los Obispos del Continente Iberoamericano en su documento sólo hablen de Cristo «dos veces, y en ambas ocasiones de pasada». Incluso denuncia que se leen allí las palabras «“Dios”, “Cristo”, “evangelización”, “resurrección”, “Reino”, “misión” y “esperanza”. Sin embargo, [estas] son palabras colocadas en el documento de forma genérica. No se ve en ellas un claro contenido espiritual», reaccionando así al documento final de la 40ª Asamblea General Ordinaria del CELAM, habida entre el 26 y el 30 de mayo pasado. «Es hora de restituirle [a Cristo] la primacía absoluta», dice, cerrando valientemente su Carta Abierta.

 

Recordemos que ya en el año 2007 nuestro Teólogo Brasileño publicó un artículo titulado «Teología de la Liberación y Vuelta al Fundamento», donde decía claramente que «el error de la teología de la liberación realmente existente fue haber puesto a los pobres en el lugar de Cristo, haciéndolos un fetiche y rebajando a Cristo a mero coadyuvante; cuando Cristo hizo lo contrario: se puso en el lugar de los pobres, para hacerlos partícipes de su dignidad divina».

 

Por el alto interés que ha suscitado este escrito –aunque no estemos de acuerdo absolutamente en todo–, es que ahora lo reproducimos enteramente para todos los lectores de nuestro Blog del Centro Pieper. Y lo hacemos muy especialmente por el itinerario espiritual de quien lo escribe. Pues, como alguna vez escribió Luis Fernando Pérez Bustamante: «Pocos ayudan tanto a la Iglesia como los que fueron heterodoxos dentro de ella, se dieron cuenta de su error, lo reconocieron, se arrepintieron y luego se dedicaron a combatirlo».

 

¡Vale la pena leerlo!

 

*   *   *

Carta abierta a los obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM)

[Nota del Centro Pieper: las “negritas” son nuestras]

 

Queridos hermanos obispos:

 

     He leído el mensaje que publicaron al final de la 40ª Asamblea celebrada en Río a finales de mayo. ¿Qué buena noticia he encontrado en el mensaje? Disculpen mi franqueza: Ninguna. Ustedes, los obispos del CELAM, repiten la misma cantinela de siempre: social, social, social. Llevan más de cincuenta años haciéndolo. Queridos hermanos mayores, ¿es que no ven que esa música ya cansa? ¿Cuándo nos darán las buenas noticias sobre Dios Padre, Cristo y su Espíritu? ¿Sobre la gracia y la salvación? ¿Sobre la conversión del corazón y la meditación de la Palabra? ¿Sobre la oración y la adoración, la devoción a la Madre del Señor y otros temas similares? Finalmente, ¿cuándo nos anunciarán un mensaje verdaderamente religioso y espiritual?

 

     Eso es precisamente lo que más necesitamos hoy y lo que llevamos esperando mucho tiempo. Me vienen a la mente las palabras de Cristo: los hijos piden pan y les dais una piedra (Mt 7, 9). Incluso el mundo secular está harto de la secularización y busca la espiritualidad. Pero no, ustedes siguen ofreciéndoles lo social y siempre lo social; de lo espiritual, apenas unas migajas. Y pensar que son ustedes los guardianes de la riqueza más importante, la que más necesita el mundo y la que ustedes, en cierto modo, le niegan. Las almas piden lo sobrenatural, y ustedes insisten en darles lo natural. Esta paradoja es evidente incluso en las parroquias: mientras los laicos se complacen en mostrar signos de su identidad católica (cruces, medallas, velos y blusas con estampados religiosos), los sacerdotes y las monjas van a contracorriente y aparecen sin ningún signo distintivo.

 

     No obstante, ustedes se atreven a decir, muy convencidos, que escuchan los «gritos» del pueblo y que son «conscientes de los desafíos» de hoy. ¿Acaso escuchan de verdad o se quedan en la superficie? Leo su lista de «gritos» y «desafíos» de hoy y veo que no es más que lo que dicen los periodistas y sociólogos ordinarios. ¿Es que no escuchan cómo, desde las profundidades del mundo, se alza hoy un clamor formidable a Dios? ¿Un clamor que ya oyen incluso muchos analistas no católicos? ¿Es que el motivo de la existencia de la Iglesia y sus ministros no es precisamente escuchar este clamor y darle una respuesta, una respuesta verdadera y completa? Los gobiernos y las ONG están ahí para atender los clamores sociales. La Iglesia, sin duda, no puede quedarse al margen, pero no es la protagonista en este campo. Su ámbito de acción es otro más elevado: responder precisamente al clamor que busca a Dios.

 

     Sé que ustedes, como obispos, sufren día y noche el acoso de la opinión pública para que se definan como «progresistas» o «tradicionalistas», «de derecha» o «de izquierda». Pero ¿son estas las categorías adecuadas para los obispos? ¿No son, más bien, las de «hombres de Dios» y «ministros de Cristo»? En esto, San Pablo es categórico: «que los hombres nos tengan como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1Co 4, 1). No es ocioso recordar aquí que la Iglesia es, ante todo, un «sacramento de salvación» y no una simple institución social, progresista o no. Existe para proclamar a Cristo y su gracia. Ese es fin principal, su compromiso mayor y permanente. Todo lo demás es secundario. Perdónenme, queridos obispos, si les recuerdo lo que ya saben. Pero, si lo saben, ¿por qué, entonces, no aparece todo esto en su mensaje y en los escritos del CELAM en general? Al leerlos, uno casi inevitablemente llega a la conclusión de que, hoy, la gran preocupación de la Iglesia en nuestro continente no es la causa de Cristo y su salvación, sino causas sociales, como la justicia, la paz y la ecología, que ustedes mencionan en su mensaje a modo de cantinela.

 

     La misma carta que el Papa León envió al CELAM, a través de su Presidente, habla inequívocamente de la «urgente necesidad de recordar que es el Resucitado, presente en medio de nosotros, quien protege y guía a la Iglesia, reavivándola en la esperanza», etc. El Santo Padre también les recuerda que la misión propia de la Iglesia es, en sus propias palabras, «salir al encuentro de tantos hermanos y hermanas, para anunciarles el mensaje de salvación de Cristo Jesús». Sin embargo, ¿cuál fue la respuesta que dieron al Papa? En la carta que le escribieron, no se hicieron ningún eco de estas advertencias papales. Más bien, en lugar de pedirle que les ayudara a mantener viva en la Iglesia la memoria del Resucitado y a sus hermanos la salvación en Cristo, le pidieron que los apoyara en su lucha por «incentivar la justicia y la paz» y en «la denuncia de toda forma de injusticia». En resumen, lo que le dijeron al Papa fue la vieja cantinela de siempre: «social, social…», como si él, que trabajó durante décadas entre nosotros, nunca la hubiese oído. Dirán ustedes: «todas esas verdades se dan por supuestas, no hace falta repetirlas todo el tiempo». No es cierto, queridos obispos. Necesitamos repetirlas con renovado fervor cada día; de lo contrario, se perderán. Si no fuera necesario repetirlas una y otra vez, ¿por qué las recordó el Papa León? Sabemos lo que sucede cuando un hombre da por supuesto el amor de su esposa y no se preocupa por alimentarlo. Esto se aplica infinitamente más en relación con la fe y el amor a Cristo.

 

     Ciertamente, en su mensaje no falta el vocabulario de la fe. Leo en él: «Dios», «Cristo», «evangelización», «resurrección», «Reino», «misión» y «esperanza». Sin embargo, son palabras colocadas en el documento de forma genérica. No se ve en ellas un claro contenido espiritual. Más bien, hacen pensar en la cantinela habitual «social, social y social». Tomemos, por ejemplo, las dos primeras palabras, que son fundamentales y más que básicas para nuestra fe: «Dios» y «Cristo». En cuanto a «Dios», solo lo mencionan en las expresiones estereotipadas «Hijo de Dios» y «Pueblo de Dios». Hermanos, ¿es que esto no es pasmoso? En cuanto a «Cristo», solo aparece dos veces, y en ambas ocasiones de pasada. Una de ellas es cuando, recordando los 1.700 años de Nicea, hablan de «nuestra fe en Cristo Salvador», algo importantísimo en sí mismo, pero que carece de relevancia alguna en su mensaje. Me pregunto por qué no aprovechamos esta inmensa verdad dogmática para renovar, con todo fervor, la primacía de Cristo-Dios, que tiene hoy una presencia tan escasa en la predicación y la vida de nuestra Iglesia.

 

     Sus Excelencias declaran, y con razón, que desean una Iglesia que sea «hogar y escuela de comunión» y, además, «misericordiosa, sinodal y en salida». ¿Y quién no desea eso? Pero ¿dónde está Cristo en esta imagen ideal de la Iglesia? Una Iglesia que no tiene a Cristo como razón de ser y de hablar no es, en palabras del Papa Francisco, más que una «ONG piadosa». ¿No es precisamente a eso a lo que se dirige nuestra Iglesia? En el mejor de los casos, en lugar de hacerse agnósticos, a veces los fieles se hacen evangélicos. En cualquier caso, nuestra Iglesia pierde a sus ovejas. Vemos a nuestro alrededor iglesias, seminarios y conventos vacíos. En nuestra América, siete u ocho países ya no tienen una mayoría católica. El propio Brasil va camino de convertirse en «el mayor país ex católico del mundo», en palabras de un conocido escritor brasileño [Nelson Rodrigues]. Sin embargo, este continuo declive no parece preocuparles mucho a ustedes. Me viene a la mente la denuncia del profeta Amós a los dirigentes del pueblo: «no os afligís por la ruina de José» (Am 6, 6). Es extraño que, ante un declive tan evidente, ustedes no digan ni pío en su mensaje. Aún más terrible es que el mundo no católico hable más de este fenómeno que los obispos, quienes prefieren callar. ¿Cómo no recordar aquí la acusación de «perros mudos» que hizo San Gregorio Magno y que hace unos días repitió San Bonifacio [en el oficio de lecturas]?

 

     Ciertamente, la Iglesia en nuestra América no solo está en un proceso de decadencia, sino también de ascenso. Ustedes mismos afirman en su mensaje que nuestra Iglesia «sigue latiendo con fuerza» y que de ella brotan «semillas de resurrección y esperanza». Pero ¿dónde están estas «semillas», queridos obispos? No parecen estar en el ámbito social, como podrían imaginar, sino en el religioso. Se encuentran especialmente en las parroquias renovadas, así como en los nuevos movimientos y comunidades, fecundados por lo que el Papa Francisco llamó la «corriente de gracia carismática», de la cual la Renovación Carismática Católica es la forma más conocida. Aunque estas expresiones de espiritualidad y evangelización constituyen la parte eclesial que más llena nuestras iglesias (y los corazones de los fieles), no han merecido ni un solo saludo en el mensaje episcopal. Sin embargo, allí, en ese semillero espiritual, es donde se encuentra el futuro de nuestra Iglesia. Un signo elocuente de este futuro es que, mientras que en el ámbito social actualmente casi solo vemos «cabezas canosas», en el ámbito espiritual podemos observar una afluencia masiva de los jóvenes de hoy.

sábado, 1 de marzo de 2025

UN LIBRO

 

 reflota viejos y falsos clichés sobre los Papas, de Pío XII en adelante, incluyendo a Francisco

 

CLAUDIA PEIRÓ

Infobae, 01 Mar, 2025

 

El libro Jesus Wept: Seven Popes and the Battle for the Soul of the Catholic Church (Jesús lloró: Siete Papas y la batalla por el alma de la Iglesia Católica) es presentado como un análisis de la evolución del rol de los Papas en el último siglo, pero antes que nada es una crítica a lo poco que ha evolucionado la Iglesia según los criterios del autor, que se centra casi exclusivamente en las cuestiones de moral sexual.

 

El autor, Philip Shenon, es un periodista estadounidense que presenta el libro como “una historia de investigación de la Iglesia Católica Romana moderna” y dice haber estudiado durante diez años la vida de los últimos Papas. Su tesis es que el rol de los pontífices ha cobrado relevancia, se ha fortalecido, al punto de ser casi autócratas -con el mundo entero está pendiente de sus gestos, actos y pronunciamientos, en especial desde Juan Pablo II y de la mano de la expansión de los medios audiovisuales-, pero la Iglesia que estos hombres dirigen no ha evolucionado en lo más mínimo. Esto, dice Shenon, se refleja en el hecho de que nada ha cambiado en materia de anticoncepción, voto de castidad, ordenación de mujeres, matrimonio homosexual o aborto; según él es por este mismo motivo que la Iglesia ha perdido tantos fieles.

 

En el New York Times, la escritora Mary Jo McConahay publicó una reseña sobre “Jesús lloró” en la que ironiza: “Las disputas sobre la homosexualidad, el celibato sacerdotal y el control de la natalidad aparecen [en el libro] con tanta frecuencia que el lector podría pensar que el sexo (la palabra o sus derivados están unas 400 veces en 514 páginas de texto) es la principal preocupación de la Iglesia moderna”.

 

Poco tiempo después de asumir, en septiembre de 2013, el papa Francisco dijo que la Iglesia no podía “seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos”.

 

Esto, que Francisco le reprochaba a la Iglesia, les cabe también a sus críticos, que sólo prestan atención a las cuestiones de índole sexual, tanto para atribuirle al catolicismo retraso o rigidez en esta materia, como para medir su grado de renovación que desde la perspectiva de la ultra corrección política se basa sólo en estos criterios.

 

Shenon apela al recurso populista de contraponer la grey católica -los fieles, “el Pueblo de Dios”- a un “linaje monárquico de Papas”, una dualidad o polarización que pasa por alto el hecho de que si esta institución doblemente milenaria ha sobrevivido y mantiene su influencia es justamente por la conjunción de esos dos elementos.

 

El reproche antes mencionado del papa Francisco fue que no se le prestara suficiente “atención al anuncio del Evangelio” para pasar “a la catequesis, preferentemente al área moral, y dentro de la moral se prefiere hablar de la moral sexual: que si esto se puede, que si aquello no se puede…”

 

Esta frase fue celebrada por muchos como expresión de la llegada de vientos “revolucionarios” al Vaticano. Entonces, cuando al día siguiente el Papa dijo que cada niño “injustamente condenado al aborto, tiene el rostro del Señor”, los mismos aplaudidores de la víspera creyeron ver en esto una contradicción.

 

Como dijo Luke Coppen, editor del semanario británico Catholic Herald, ciertos gestos iniciales de apertura llevaron a algunos a esperar “que el Papa dejase de ser católico”.

 

En concreto, toda la perspectiva de Shenon es lo que podríamos llamar progresista y no debe sorprender: criado en una familia protestante poco practicante de California y declaradamente agnóstico, integra la amplia corriente de críticos de la Iglesia, obsesionados “sólo” con el aborto, la contracepción y el celibato sacerdotal. Es llamativo cómo estas cuestiones parecen molestar más a quienes no perteneces a la grey católica que a sus integrantes.

 

Hasta ahí, podríamos decir que las críticas de Shenon -un no creyente que no se priva de interpretar a Cristo -”Jesús lloró…”-, aunque poco originales, son un punto de vista que tiene derecho a expresar. “Seguramente las lágrimas del Salvador estarían justificadas hoy por las catastróficas fallas de una iglesia que afirma actuar en su nombre”, escribe Shenon.

 

El problema n son sus opiniones sino que se hace eco de las fake news más clásicas, algunas ya rancias, y hace tiempo desmentidas o claramente expuestas como campañas de difamación.

 

Por supuesto que reivindica el Concilio Vaticano II (1962/65), cuyos alcances “revolucionarios” exagera, y que, desde su perspectiva, debía reducir la importancia del Papa en la Iglesia y poner en primer plano a los católicos de a pie. Una simplificación que no contempla el hecho de que la relevancia de la Iglesia católica y su peso en el mundo, además de los factores históricos, se debe justamente a la presencia de una autoridad central y al doble carácter -jefe de la Iglesia y jefe de Estado- de la cabeza de la institución.

 

No es original la perspectiva de Shenon. ¿En qué consiste la novedad de su libro, entonces? Según la reseña del New Yorker, en “la profundidad de la información” que maneja, “combinada con la estricta observancia de la cronología en su narrativa” (algo lógico por ser un libro de historia) “lo que da un nuevo énfasis al material perdido en el ajetreo del ciclo de noticias.”

 

Shenon hace abundante uso de fuentes anónimas. Afirma haber hecho “cientos de entrevistas” con personas “que se arriesgaron a hablar conmigo... la mayoría con la condición de que no revelara sus nombres”.

 

La tesis de Shenon es que la forma de comportarse de los Papas, ha desviado la atención de asuntos graves como los abusos sexuales clericales, algo que se contradice con la amplia y permanente cobertura que han tenido -y siguen teniendo- esos escándalos que, como en el caso del “yo te creo hermana”, han llevado a pasar por encima de las garantías individuales ya que en estos casos no suele correr la presunción de inocencia.

 

Las denuncias de abuso -o de encubrimiento- han sido ampliamente usadas como herramientas para descalificar. El caso más notable, pero no el único, ha sido el del cardenal George Pell que pasó un año tras las rejas por una falsa denuncia. Y no fue el único.

 

Ni hablar de los estridentes y periódicos anuncios de hallazgos de tumbas de niños en las cercanías de Iglesias, que luego resultan ser cadáveres de todas las edades, resultado de que los cementerios se ubicaron por siglos en los predios de las capillas.

 

Pero según Shenon la concentración en torno al espectáculo del papado y sus controversias ha disimulado la resistencia de la Iglesia al cambio.

 

Dado que es cronológico, el libro arranca con el papado de Pío XII, Eugenio Pacelli, haciéndose eco de la infamia de acusarlo de hacer la vista gorda al Holocausto. Como no puede negar que el Vaticano salvó a muchos judíos, Shenon le atribuye el mérito a Angelo Roncalli (el futuro Juan XXIII) y a una monja asistente del papa Pío XII; no es la versión de Golda Meir ni de otras autoridades judías que en reiteradas ocasiones agradecieron públicamente al Papa y a la Iglesia por lo hecho para protegerlos de la persecución. Tampoco es el parecer de las muchas familias judías que bautizaron Eugenio a sus hijos en honor a Pacelli.

 

Lo llamativo es que una investigación de diez años haya pasado por alto que las acusaciones de complicidad con el nazismo lanzadas contra Pío XII fueron parte de una conspiración de los regímenes soviéticos en venganza contra el Papa que levantó una barrera eficaz a a expansión del comunismo en Europa, como lo reveló un agente de inteligencia rumano, que reveló la autoría de la KGB en esa acción de propaganda..

 

Hollywood les ha hecho creer a las generaciones post Segunda Guerra Mundial que los aliados entraron a la contienda para salvar a los judíos. Pero, como llegaron bastante tarde para la faena, ¿qué mejor que buscar un chivo emisario? ¿Y quién es el ideal? ¡El Papa! ¡La Iglesia católica!

 

La crítica principal al papa Pío XII es que no quiso condenar públicamente el conflicto. Es habitual esto, sobre todo en el progresismo para el cual decir es más importante que hacer. Rasgándose las vestiduras ex post facto, creen poder lavar sus conciencias…

 

Pero ni en eso de la no condena tienen razón. Diez años de investigación y tantas fuentes vaticanas no le alcanzaron a Shenon para detectar que la Encíclica Mit Brennender Sorge (Con ardiente preocupación), fechada en el Vaticano el 14 de marzo de 1937, firmada por Pío XI, antecesor de Pío XII, y enviada a Alemania para ser leída en todos los templos católicos el Domingo de Ramos de aquel año, había sido en realidad redactada por Eugenio Pacelli, que entonces se desempeñaba como Secretario de Estado vaticano. El documento contenía una dura condena a los fundamentos de la doctrina nazi.

 

Shenon tampoco se ha enterado de que en esos años de preguerra y durante la misma, ningún gobierno levantó la voz contra la persecución a los judíos.

 

No lo hizo Inglaterra, ni Francia, ni los Estados Unidos, todos regímenes que seguramente Shenon considera mucho más republicanos y democráticos que la “autocracia” vaticana.

 

Nadie recrimina a los Estados con poder de fuego su indiferencia cuando no su complicidad con el exterminio de los judíos y en cambio todos señalan al Vaticano, cuya autoridad es de orden espiritual.

 

El papa Francisco, que ordenó la apertura de los archivos vaticanos del pontificado de Pío XII, fue muy duro contra sus críticos: “A veces me da un poco de urticaria existencial cuando veo que todos se la toman contra la Iglesia y Pío XII, y se olvidan de las grandes potencias. ¿Sabe usted que conocían perfectamente la red ferroviaria de los nazis para llevar a los judíos a los campos de concentración? Tenían las fotos. Pero no bombardearon esas vías de tren. ¿Por qué?”

 

¿El Vaticano es el único Estado que debe dar explicaciones por lo que hizo en la guerra? Olvidan que a Pío XII, en la inmediata posguerra “se lo veía como el gran defensor de los judíos”, agregó Bergoglio.

 

En agosto de 2022, una nota del semanario israelí en castellano Aurora Israel decía: “Muchos acusan a Pío XII de colaboracionista o directamente lo llaman el papa nazi. Pero, ¿qué dijeron Golda Meir, Albert Einstein, Jaim Weizmann, Ytzhak Herzog, Moshé Sharet, Bernard Henry-Levy y otras personalidades sobre el papa Eugenio Pacelli?”

 

Y responde el mismo medio: “Todas estas personalidades y muchas más dicen que Pío XII, viendo la imposibilidad de ser útil en una confrontación directa contra Hitler, optó por dar ayuda en total silencio a los perseguidos por el nazismo. Pío XII impartió órdenes personalmente a todas las iglesias, conventos, parroquias, santuarios y seminarios católicos de toda Europa de proteger a todos los judíos posibles, dándoles asilo, refugio, documentos falsos y toda una batería de elementos disponibles para evitar las deportaciones a los Campos de Exterminio. Se calcula que más de 800.000 judíos salvaron sus vidas gracias a la Iglesia Católica y a Pío XII”.

 

No hay cliché del progresismo en el que no incurra Shenon: los teólogos a los que exalta son el suizo Hans Küng y el jesuita español Pedro Arrupe, ambos en conflicto con la doctrina oficial, Por si no bastara con eso, reivindica la Teología de la Liberación y, para exaltarla aún más y negar su afinidad con el marxismo, dice que uno de sus exponentes fue monseñor Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo asesinado en El Salvador en 1980. Esto es un flagrante mentira, ya que es de todos conocido que el religioso salvadoreño jamás comulgó con esa teología. Ello le confería una autoridad moral y política de la que carecían otras figuras y por eso lo mataron.

 

En el esquema de Shenon, Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron dos reaccionarios que se dedicaron a deshacer lo actuado por el Concilio Vaticano II, y Francisco, que quiere reanudar con aquello, se ve frenado por los conservadores. Nuevamente, las reformas que Shenon espera del Papa son el levantamiento de la prohibición del control de la natalidad, la promoción de mujeres en la curia, etc.

 

El incansable peregrinar de los Papas, en especial de Juan Pablo II en adelante, tendiendo puentes entre culturas y trabajando por la paz y la justicia social, deja indiferente al autor.

 

Un cambio sustantivo para Shenon sería que la Iglesia deje de ser Iglesia. Tal vez se alegre al saber por ejemplo que algunas congregaciones anglicanas ya consideran eliminar la palabra “iglesia” de sus denominaciones.

 

En su reseña, Mary Jo McConahay formula varias preguntas que resumen la perspectiva de Shenon: “¿Se describe mejor el carácter y la identidad de la Iglesia Católica contraponiendo ‘el pueblo de Dios’ a ‘una línea monárquica de Papas’? ¿Se oponían realmente Juan Pablo II y Benedicto XVI al ‘espíritu del Vaticano II’? ¿Pedro Arrupe, antiguo superior general de los jesuitas, ‘dio la vuelta a la orden’? ¿Las revelaciones de abusos sexuales por parte de clérigos hicieron que ‘millones’ abandonaran la Iglesia? ¿Ayudó la encíclica Pacem in terris del Papa Juan XXIII a poner fin a la Guerra Fría?”

 

En definitiva, dice Paul Baumann, editor del commonwealmagazine.org, esta “investigación histórica” o “historia investigativa” como la llama Shenon, es “un refrito familiar de las batallas entre los llamados reformistas y los llamados tradicionalistas sobre el legado del Vaticano II”

 

“Evidentemente, Shenon también piensa que la gestión de los abusos sexuales por parte de sacerdotes, obispos y el papado sigue siendo la cuestión que define al catolicismo”, dice, tema en el que el libro se demora con lujo de detalle. “Nadie duda de lo odiosos que fueron esos actos ni de lo cobardes y despistados que resultaron ser a menudo los dirigentes de la Iglesia ante las acusaciones de abusos -dice Baumann-. Pero ya han pasado más de veinte años desde que los obispos estadounidenses adoptaron su Carta de Dallas, y hay buenas razones para creer que los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes católicos ya no son la amenaza que fueron, al menos en Estados Unidos. ¿Fue terrible la crisis de los abusos? Por supuesto que sí. Pero un libro sobre la historia moderna de la Iglesia católica que sitúa el abuso sexual clerical en su centro y sugiere que nada importante ha cambiado es anacrónico y engañoso”.

 

“Como todas las instituciones humanas, la Iglesia ha fallado frecuentemente -agrega Baumann-. Pero ella es más que sus fallas, y mucho más que las interminables querellas sobre el Vaticano II, el papado o la moral sexual. Es primero y principalmente sobre la creencia de que ‘Cristo ha resucitado’, y que quienes ‘se durmieron en Cristo’, también resucitarán en una nueva vida”.

 

“Que el Evangelio está primero es algo sobre lo cual los papas Francisco y Juan XXIII, los héroes del libro de Shenon, y los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, sus villanos, estarían de acuerdo”, concluye.

 

En 2010, el todavía cardenal Jorge Bergoglio decía: “La opción básica de la iglesia en la actualidad no es disminuir o quitar prescripciones o hacer más fácil esto o lo otro, sino salir a la calle a buscar a la gente, conocer a las personas por su nombre. Salir a anunciar el Evangelio”.

 

Algunos confundieron esta actitud con una suerte de secularización, pero a dos meses de haberse convertido en Papa, Francisco pidió a los católicos no tener vergüenza de vivir con “el escándalo de la Cruz”. Jesús no escandalizó por sus obras, sus palabras o sus milagros, sino porque afirmó ser Hijo de Dios. “Esto es lo que no se tolera, el demonio no lo tolera”, agregó. “Cuántas veces escuchamos: ‘Sean un poco más normales, no sean tan rígidos, sean razonables’. ‘¡No nos vengan con que Dios se hizo hombre!’ Podemos hacer todas las obras sociales que queramos, y dirán: ‘¡Qué bien la Iglesia, qué buena tarea social hace!’ Pero si decimos que hacemos esto porque estas personas son la carne de Dios, viene el escándalo”.

 

Publishers Weekly elogió el libro por su “prodigiosa investigación”, que dio como resultado un “retrato ricamente detallado de una institución compleja, jerárquica y secreta que lidiaba con un mundo en proceso de modernización”.

 

Una prodigiosa investigación que no le impide a Shenon repetir la infamia -difundida durante las gestiones kirchneristas- de que Jorge Bergoglio en los 70 había denunciado a dos sacerdotes jesuitas que fueron secuestrados por la dictadura. Una calumnia especialmente perversa ya que fue por la intervención de Bergoglio que ambos sacerdotes salvaron la vida.

 

Pero hubo cosas que sí descubrió Shenon en los diez años que duró su investigación: una, que “el Nuevo Testamento no dice casi nada sobre el control de la natalidad”, como le dijo el autor al periodista radial Dave Davies. Lo raro hubiese sido lo contrario, realmente.

 

La segunda, aparece en relación a su crítica del hecho de que por mucho tiempo la Iglesia seguía usando el latín en las misas, algo que cambiaría recién con el Concilio Vaticano II. Digamos que el latín no fue una excentricidad de la Iglesia sino que deriva del hecho de que ésta fue la heredera del Imperio Romano, tras su disolución. Pero Shenon hace un descubrimiento peculiar: “Algo que aprendí en el transcurso de todo esto (es que) Jesús no habló a sus discípulos en latín, sino en arameo, que era similar al hebreo”. Caramba.

martes, 30 de julio de 2024

LA IDEOLOGÍA WOKE


 en Occidente se caracteriza hasta la médula por el odio a Jesucristo

 

Cardenal Gerhard Müller

Infocatólica, 29/07/24

 

Las poses completamente deshumanizadas con las que los ideólogos LGBT se burlaron no sólo de la Última Cena de Jesús, sino también de su propia dignidad humana en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, son obviamente una continuación de la campaña de los Jacobinos para descristianizar Francia. En el punto álgido de este frenesí antieclesiástico, el 10 de noviembre de 1793, los revolucionarios franceses hicieron entrar en la catedral de Notre Dame de París a una mujer desnuda vestida como la diosa Razón y demostraron sus perversiones sexuales en el altar.

 

Las obscenidades blasfemas contra la religión están inextricablemente ligadas a la violencia física y psicológica contra los creyentes en Cristo. Pues el «culto a la razón y a la libertad» está indisolublemente ligado al Gran Terror, del que fueron víctimas cientos de miles y millones de inocentes en el sistema totalitario ateo -desde los jacobinos, amos de la gulliotina, pasando por los fascistas y comunistas, hasta nuestros días, en los que los cristianos son la comunidad religiosa más perseguida del mundo.

 

La ideología woke en Occidente tiene raíces explícitamente ateas, se caracteriza de principio a fin por el odio a Jesucristo y la incitación más despiadada contra la Iglesia católica. Se manifiesta en la discriminación de los cristianos con palabras y acciones violentas, incluidos crímenes judiciales contra la humanidad, por ejemplo cuando se priva a los padres de sus propios hijos por orden judicial si no permiten que se mutilen los genitales de sus hijos, todo ello bajo el eufemismo de la «autodeterminación del propio sexo».

 

Las autoridades del Estado francés justifican su autorización de estas puestas en escena anticristianas e inhumanas con la ideología del laicismo, que en modo alguno significa la neutralidad religiosa del Estado, sino que no es más que un nombre encubridor de la brutal violación del derecho humano a la libertad religiosa y de conciencia.

 

La gente delira por la inclusión de personas «woke» en un país donde los católicos han sido sistemáticamente marginados de la vida pública y vilmente discriminados durante 200 años.

 

No se dan cuenta de que han permitido que se mancille el honor de Francia, un país y una cultura que deben todo al cristianismo, y que ellos mismos, en un arrebato de enajenación mental, han contribuido a ello. El desprecio de la religión y de la conciencia conduce necesariamente al terror psicológico y a la violencia. Estas autoridades olímpicas deberían darse cuenta de ello al contemplar el cuadro de Francisco Goya de 1797. Lleva por título: «El sueño de la razón engendra monstruos». En la mitología, Saturno o Kronos es el vástago del dios de la tierra Uranos y de Gaia, el icono de la nueva religión climática, y dice sin ambages que todo está superado y descompuesto por el tiempo, incluidas las ideologías neopaganas.

 

El apóstol Pablo ya describió las consecuencias suicidas que resultan del desprecio de la razón abierta a Dios cuando se niegan el poder eterno y la divinidad de Dios. «Por eso Dios los entregó a la inmundicia por los deseos de sus corazones, de modo que deshonraron sus cuerpos con sus propias acciones». (Rom 1,24).

 

La burla de la Cena del Señor por parte de actores espiritualmente desarraigados y mentalmente perturbados, sus instigadores y patrocinadores fue un acto de terrorismo espiritual que se volvió en contra de sus perpetradores. «La revolución es como Saturno, se come a sus propios hijos y al final da a luz al despotismo con todas sus travesuras», fueron las últimas palabras de Pierre Verniaud, el líder de los girondinos en el cadalso. Y pronto les seguirán los jacobinos, que están llevando al extremo la revolución cultural anticristiana.

 

Nos preocupan menos estas consideraciones histórico-filosóficas que la palabra rectora de Dios, que supera toda sabiduría humana y da incluso a los descarriados la esperanza de que escaparán de la prisión de su perversión y estupidez: «Dice Dios: No me complazco en la muerte del pecador, sino en que se aparte de su camino y quede con vida.» (Ez 33:11).

 

 

sábado, 27 de julio de 2024

LA IGLESIA CATÓLICA DE FRANCIA

 


 deploró “las escenas de escarnio y burla al cristianismo” en la apertura de los JJOO

 

Claudia Peiró

 

Infobae, 27 Jul, 2024

 

La Conferencia de Obispos de Francia (CEF, por sus siglas en francés) emitió un comunicado en el que lamenta “las escenas de escarnio y burla al cristianismo” durante la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París, a la vez que rescata “momentos de belleza, alegría, rico en emociones y universalmente saludados”. En efecto, la inauguración de los juegos combinó, a lo largo de excesivas cuatro horas, algunos momentos de belleza muy logrados -realzados por el escenario de la siempre hermosa capital francesa- con otros francamente antiestéticos e incluso chocantes en su contenido.

 

La escena que motivó el comunicado de la CEF es por otra parte absolutamente gratuita, innecesaria, nada tiene que ver con el espíritu olímpico que apunta a la concordia y a la fraternidad universal.

 

Es llamativo que, en una ceremonia pretendidamente diversa e inclusiva, y en un evento tan universal como lo son las Olimpíadas, los organizadores hayan dedicado una parte del desfile a intentar ridiculizar a una religión. Y no a cualquiera, sino a la fe de sus mayores, a la religión fundante de la nación francesa. Recordemos que Francia considera al jefe franco Clovis (Clodoveo), como su primer rey. Éste, con su conversión al catolicismo logró imponerse y unificar a diversos pueblos dando nacimiento al Reino franco y a su primera dinastía, la merovingia. Clovis tuvo por principal consejero a lo largo de todo su reinado al obispo de Reims, el futuro San Remigio.

 

A diferencia de Napoleón, que se ponía al hombro toda la historia de Francia -”De Clovis al Comité de Salvación Pública (Léase Robespierre), me siento solidario con todo”, decía-, el espíritu de buena parte de la elite francesa de los últimos tiempos pasa por la negación de sus raíces cuando no su cuestionamiento.

 

Es llamativo el entusiasmo por denigrar a la fe mayoritaria y fundante de los franceses en un país que no ha podido ponerle a una escuela el nombre de Samuel Paty, el docente decapitado por un musulman por haber supuestamente ofendido al Islam. Y el cobarde motivo es, justamente, evitar herir la susceptibilidad de los practicantes de esa fe. Casi un aval al crimen cometido.

 

Por otra parte, los organizadores de esta inauguración parecen ignorar el rol desempeñado en la concepción de los modernos juegos olímpicos por el fraile dominico Henri Louis Rémy Didon, (1840-1900), creador del lema de los JJOO: “Citius, Altius, Fortius” (“Más rápido, más alto, más fuerte”). El Barón Pierre de Coubertin, fundador de los JJOO de la era moderna, se inspiró en las enseñanzas de este director del colegio San Alberto Magno de París, cuya pasión por el deporte se combinaba con la vocación educativa y que fue uno de los primeros en subrayar la importancia de esta actividad en la formación juvenil. De él tomó la divisa de los JJOO.

 

Alguien destacó, entre los muchos comentarios que suscitó la grotesca escena, una breve nota de Ferghane Azihari, analista político y ensayista, de familia musulmana, investigador en dos destacados think tanks franceses: el Instituto de Investigaciones Económicas y Fiscales (IREF) y en el Instituto Económico Molinari. Aun reconociendo la “incuestionable proeza técnica” de la ceremonia, Azirahi apuntó contra la manía de ciertos artistas, o pretendidos artistas, de destacarse no por su obra en sí sino por la capacidad de “provocar”.

 

“Leyendo los comentarios de observadores que se deleitan por ‘haber puesto a los fachos y a los reaccionarios en PLS (impotentes)’, se entiende que para algunos el éxito de una performance artística está en función de su capacidad de asquear y no de convocar en torno a una estética universal”, escribió.

 

Azihari se preguntó por la concepción del arte que yace detrás de este “placer venenoso de burlarse del prójimo”. También señaló que son más los turistas que vienen a Francia para admirar los cuadros del Louvre que para admirar un árbol inflable en place Vendôme, en alusión a la manía de colocar objetos modernos en ruptura con la armonía estética que caracteriza a París. Y otras ciudades.

 

“No es por casualidad que, pese a las evidentes dificultades logísticas, nos esforzamos en colocar algunas infraestructuras deportivas en el corazón de nuestros más hermosos monumentos históricos”, dice Azihari, destacando el clasicismo de la belleza perdurable.

 

“La parodia de la Cena es ‘irreverente’ sólo en la medida en que distorsiona la obra inmortal de Leonardo Da Vinci. ¿Cuál de estas obras quedará en la memoria en cien años?”, pregunta.

 

De paso, señala que los ecologistas que arrojan salsa de tomate o sopa sobre las obras de arte no lo hacen por ejemplo con las de Marcel Duchamp…

 

En una gran mesa varias personas disfrazadas de modo extravagante, algunas estilo drag queens, parodiaban “La última cena”, de Leonardo Da Vinci. Una de las obras más clásicas de un tema recurrente en la pintura: la celebración de la Pascua por Jesús junto a sus discípulos, horas antes de ser entregado por Judas a las autoridades.

 

En las redes, la inclusión de esa escena grotesca y ofensiva hacia la fe católica fue duramente criticada. Inevitablemente muchos coincidieron en preguntarse qué habría pasado si la parodia hubiese tenido por blanco a otra religión, como la judía o la musulmana.

 

“La Última Cena” es una de las obras más célebres del pintor renacentista, realizada entre 1495 y 1498 en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie en Milán, Italia. Durante esa cena, Jesús anuncia lo que va a suceder y el pintor refleja en el cuadro las reacciones de los discípulos, de la incredulidad a la desazón.