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martes, 7 de abril de 2026

LA MUERTE DE VITTORIO MESSORI


 el mayor apologista de nuestro tiempo

 

Riccardo Casciolo

Brújula cotidiana, 07_04_2026

 

En pocos días habría cumplido 85 años, pero a las 21.10, al atardecer del Viernes Santo, el corazón de Vittorio Messori dejó de latir.

 

Es imposible resumir en pocas palabras lo que Messori ha significado para la cultura católica en general, no solo la italiana. No en vano las imágenes de las portadas de sus libros, traducidos a decenas de idiomas, cubren varias paredes en su casa de Desenzano sul Garda.

 

Desde que publicó en 1976 Hipótesis sobre Jesús, fruto de doce años de trabajo de investigación tras su fulminante conversión al catolicismo, Messori se convirtió en un referente mundial para el renacimiento de la apologética: no una defensa de oficio de la Iglesia, sino un análisis serio y documentado de las razones de la fe. Bastaría con leer uno solo de sus libros para comprender la seriedad y el amor a la Verdad que le movían. No en vano, su trabajo de investigación personal ha devuelto —y hecho crecer— la fe a muchas personas.

 

Puedo decir también que sin él hoy no existiría la Brújula Cotidiana: no solo porque su estilo fue un ejemplo y un estímulo para nosotros, los periodistas católicos de la generación siguiente, sino porque pude disfrutar durante varios años de su amistad desde los tiempos de la revista mensual Il Timone, dirigida por Gianpaolo Barra, de la que él fue el padre noble. Y desde allí animó con fuerza la aventura de la Brújula Cotidiana, ofreciendo también durante los primeros años su colaboración, restando tiempo precioso a sus últimos trabajos centrados sobre todo en la figura de María y en lo que él percibía como la labor más importante de su última etapa de vida terrenal: prepararse para la muerte y el encuentro con ese Cristo que tanto le había fascinado.

 

En esto se inscribe sin duda el gran esfuerzo dedicado a construir la capilla de la Virgen de los Olivos en medio del olivar que rodea la abadía benedictina de Maguzzano, que domina el lago de Garda, hoy dirigida por los Pobres Siervos de la Divina Providencia, la comunidad sacerdotal fundada por san Giovanni Calabria.

 

En la abadía, Messori tenía también una habitación que era su despacho personal, donde acudía cada día a trabajar y a rezar. La Virgen del Olivo es una pequeña iglesia al aire libre, con muros que recuerdan la arquitectura de Antoni Gaudí, construida pieza a pieza, uniendo según un diseño que tenía bien claro en su mente, objetos sagrados, antiguos y modernos, que se funden en una obra armoniosa que expresa todo el amor a Cristo y a la Virgen de quien la quiso realizar. Era una visita obligada cada vez que íbamos a verle y resultaba fascinante escucharle explicar cada detalle de esta construcción, así como el origen y el motivo de las últimas piezas añadidas.

 

Probablemente mi mayor pesar sea no haber tenido tiempo de grabar un vídeo en el que el propio Vittorio explicase la capilla de la Virgen de los Olivos, para que todos pudieran conocer el profundo significado de esta obra. Su esposa, Rosanna Brichetti, también lo habría deseado, pero por desgracia, la aparición de problemas de salud y luego los problemas relacionados con la era de la Covid hicieron imposible el proyecto. Evidentemente, Dios tenía otros proyectos.

 

Aún así, lo cierto es que si sus libros son testimonio de la racionalidad de la fe siguiendo su búsqueda intelectual, la pequeña iglesia de la Virgen de los Olivos representa la culminación de su experiencia espiritual, la expresión carnal de un amor profundo: es su testamento viviente.

 

He mencionado a su esposa Rosanna, y no es casualidad. Dentro de unos días, ese 16 de abril que es también la fecha del cumpleaños de Vittorio, así como el día del fallecimiento de Bernadette Soubirous (la vidente de Lourdes tan querida por él), se cumplen cuatro años de su muerte. Fue el otro gran amor de Vittorio Messori, un matrimonio fruto de una historia única, forjada a través de un camino de sufrimiento y que es en sí mismo un testimonio de fe. Fue precisamente Rosanna quien quiso contarlo en un libro publicado en 2018, Una fe en dos – Mi vida con Vittorio. Pero era al encontrarlos juntos, en la sencillez de una charla, cuando se percibía hasta qué punto ese profundo vínculo en Dios era el origen de la libertad que vivían y transmitían.

 

Inolvidables aquellos almuerzos que compartimos —por supuesto, tras la visita a Maguzzano—mi esposa y yo con ellos a orillas del lago de Garda, en los que hablábamos con sencillez de la vida de la Iglesia, de nuestro trabajo y de las pequeñas y grandes cosas de nuestra vida cotidiana. Lo que hacía deseables y agradables esos momentos no era tanto lo que se podía aprender intelectualmente, sino el ambiente que se respiraba, que hacía comprensible la exhortación de San Pablo a los Corintios: “Ya sea que comáis, ya sea que bebáis, ya sea que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Para el recuerdo futuro hay que añadir también que fue precisamente en torno a esas mesas donde nació la colaboración de Rosanna con la Brújula Cotidiana dedicada a la Virgen (artículos que luego se recopilaron en el libro de la Brújula De Maria numquam satis), y también la inspiración para la Bussola mensile.

 

Sería demasiado obvio decir que la desaparición de Vittorio Messori, tras la de su esposa Rosanna Brichetti, deja un gran vacío en la cultura católica. En realidad, su muerte nos llama a la tarea de continuar, cada uno en su lugar, el trabajo que él llevó a cabo en el apasionado descubrimiento, día tras día, de las razones de la fe.

domingo, 8 de marzo de 2026

EL DESVÍO DE UN MUNDO


 que prefiere el confort a la Cruz

 

Por Tomás I. González Pondal

La Prensa, 08.03.2026

 

Seguramente muchos habrán escuchado la famosa frase que se atribuye al poeta Charles Pierre Baudelaire, esa de: "el gran engaño del demonio es hacer creer que no existe".

 

Si a eso le agregamos que es de lo más común oír “no estés viendo al demonio en todos lados”, y también que es de lo más común desear cada vez más y en grandes dosis el confort, el conformismo, resulta que el hombre vive en una indiferencia gravísima y asaz dañina sobre la realidad del infierno.

 

Quien haya inventado el “no estés viendo el demonio en todos lados”, dudo mucho que haya tenido argumentos sólidos para sostener su afirmación.

 

San Pedro enseñó algo diametralmente opuesto y nos exhortó: “Sed sobrios, y vigilad, porque vuestro adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”.

 

Allá, en el infierno, no se duerme. Hasta la consumación de los tiempos los demonios merodean por este mundo, intentando, sin descanso, ganar personas para llevarlas al infierno donde será el llanto y el rechinar de dientes.

 

Las tentaciones diarias nos dan cuenta de la existencia de los seres angélicos caídos: están ahí, nos tientan, nos molestan, nos sugieren malas cosas, buscan perdernos.

 

San Pablo en su carta a los de Éfeso habló de las potestades malignas que se mueven en los aires, y nos indicó que tenemos una lucha diaria y constante contra ellos: “la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial”; vale decir, mi lucha no es hundir a mi vecina, una mujer de carne y hueso, sino pelear para que los demonios no me hundan.

 

Si bien se aprecia, a su vez la potestad angélica del mal se sirve de lo mundano que está en las tinieblas.

 

FERIA DE PECADOS

El mundo de hoy, no temo decirlo, se ha transformado como jamás se dio, en una feria gratuita de pecados, al por mayor y de variadísima gama, que se nos ofrecen con el visto bueno de la aprobación social conformista. La caída es tan fácil, la lucha tan ardua.

 

Principalmente los demonios acechan y tientan sin cuartel a las almas religiosas y a las almas que hacen defensa pública de la fe: contra ellas lanzan finísimos ataques y elaboran complejas estrategias para lograr las caídas.

 

Cualquier general busca con los suyos abatir si pudieran a los más bravíos hombres de las tropas que tiene por enemigas; y si eso hace en buena lógica un general humano, ¿qué no hará el Príncipe de este mundo contra las almas que quieren vivir amigas de Dios y defendiendo la fe?

 

Andan como “león rugiente”. No es que uno los vea en todos lados, es que por más que alguien no quiera verlos ellos seguirán manifestándose por doquier.

 

La indiferencia no los ahuyenta, les da más campo de acción.

 

El alma dada a la oración y a la vigilancia sí puede mantener a raya a los espíritus malignos, a distancia si se quiere, pero ellos no dejan de intentar sus invasiones.

 

Recordemos la anécdota del monje que se fue de compras a una ciudad: a cierta distancia de esta última, tuvo una visión en la que vio cantidad de demonios dormidos sobre ella; mas al regresar al monasterio, volvió a tener visión y vio cómo cantidad de demonios buscaban la caída de los monjes.

 

Descansaban en la ciudad revelando así que ya tenían liquidadas aquellas almas, que habían de alguna manera alcanzado su objetivo, mas combatían en el monasterio mostrando la rabia contra los varones amigos de Dios.

 

Y ante la caída buscar levantarse. Acudir siempre a la Santísima Virgen María y a San José.

 

San Juan Clímaco predicaba: “Que tangan ánimo los que soportaron la humillación de estar sometidos a las pasiones. Incluso si caen en todos los precipicios, si se dejan capturar en todas las trampas o si son alcanzados por todas las enfermedades, cuando recobran la salud, llegan a ser médicos, faros, lámparas y pilotos para todos, enseñando los síntomas de cada enfermedad; su propia experiencia los vuelve capaces de impedir a los otros que caigan”.

 

Y cómo no memorar aquellas tan alentadoras palabras del Doctor Melifluo, San Bernardo, de las que solo cito algunas: “Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María. Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María.”

 

ENGAÑO SUTIL

Hay algo sutilmente muy fino que ha logrado Satán además de hacer creer a los hombres que él no existe. Y ese logro es este: “Que ha hecho creer que, en el diario vivir, no hay ninguna lucha espiritual que librar en orden a la salvación eterna”.

 

El hombre gasta todos sus esfuerzos en obtener una vida cómoda, en el máximo confort. Desprecia la cruz.

 

Preguntando a las personas cuáles son los tres enemigos contra los que debemos luchar, miran raro, como diciendo: “¿de qué me estás hablando?” Uno respondió: “Inglaterra, los políticos corruptos…”.

 

Pocos saben que esos tres enemigos que bregan para nuestra perdición eterna son “el demonio, el mundo y la carne”. En resumidas cuentas, tengo para mí, que: “Un gran engaño del demonio es haber logrado la indiferencia del hombre moderno en la lucha por ganar la vida eterna.”

lunes, 6 de enero de 2025

DEL VIAJE EXTERIOR

 

 a la peregrinación interior, con los Magos

 

Discurso del papa Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia, donde se encuentran las reliquias de los Reyes Magos, 20 de agosto de 2005.


Benedicto XVI

Brújula cotidiana,  06_01_2025

 

Queridos jóvenes:

 

En nuestra peregrinación con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado  al  momento  que  san  Mateo describe así en su evangelio:  "Entraron en la casa (sobre  la  que  se  había detenido la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron" (Mt 2, 11). El camino exterior de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida. Porque seguramente se habían imaginado de modo diferente a este Rey recién nacido. Se habían detenido precisamente en Jerusalén para obtener del rey local información sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían que el mundo estaba desordenado y por eso estaban inquietos.

 

Estaban convencidos de que Dios existía, y que era un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído hablar también de las grandes profecías en las que los profetas de Israel habían anunciado un Rey que estaría en íntima armonía con Dios y que, en su nombre y de parte suya, restablecería el orden en el mundo. Se habían puesto en camino para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas personas que "tienen hambre y sed de justicia" (Mt 5, 6). Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio.

 

Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa sino en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes —el rey al que habían acudido— le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey ante el que se postraron en adoración era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de como acostumbramos a imaginarlo.

 

Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos.

 

Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y así cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto:  el poder de Dios es diferente del poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerlo también a él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo (cf. Mt 26, 53). Al poder estridente y prepotente de este mundo, él contrapone el poder inerme del amor, que en la cruz —y después siempre en la historia— sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.

 

Habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Este era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración. Una adoración que comprendía también sus presentes —oro, incienso y mirra—, dones que se hacían a un Rey considerado divino. La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a él a la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto tenían razón. Pero ahora aprenden que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos:  un don menor que este es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán:  ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien:  ¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse. Al salir de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.

 

Queridos amigos, podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros. Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa de Dios, que ha de orientar nuestra vida, suena bien, pero queda algo vago y difuminado. Por eso Dios nos ha dado ejemplos. Los Magos que vienen de Oriente son sólo los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han buscado al Dios que está cerca de nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino.

 

Es la muchedumbre de los santos —conocidos o desconocidos— mediante los cuales el Señor nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas; y lo está haciendo todavía. En sus vidas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejado en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, que está aquí con nosotros en este momento, beatificó y canonizó a un gran número de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. Con estos ejemplos quiso demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo, cómo se vive a la manera de Dios. Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente su propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo.

 

De este modo, nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han elevado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar —tal vez en el dolor— la palabra de Dios al terminar la obra de la creación:  "Y era muy bueno". Basta pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo; en los fundadores de las órdenes religiosas del siglo XIX, que animaron y orientaron el movimiento social; o en los santos de nuestro tiempo:  Maximiliano Kolbe, Edith Stein, madre Teresa, padre Pío. Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa "adorar" y lo que quiere decir vivir a medida del Niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo.

 

Los santos, como hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún:  sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?

 

Queridos amigos, permitidme que añada sólo dos breves ideas. Muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia. Por tanto, es importante descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el niño de Belén. "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre", dijo Jesús a Felipe (Jn 14, 9). En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Lo seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo.

 

Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y  nos postramos ante el Jesús que nos muestran las sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante nosotros. Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo dijo:  es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II, que nos mostró el verdadero rostro de la Iglesia en los numerosos beatos y santos que proclamó, también pidió perdón por el mal causado en el transcurso de la historia por las palabras o los actos de hombres de la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos ha hecho ver nuestra verdadera imagen, y nos ha exhortado a entrar, con todos nuestros defectos y debilidades, en la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse con los Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores.

 

La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia que vemos aquí; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo aquí, en Colonia, experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro de  todas  las  partes de la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia.

 

"Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron" (Mt 2, 11). Queridos amigos, esta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cf. Jn 12, 24). Está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a la peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación, y pidámosle a él que nos guíe.

 

Amén.

miércoles, 14 de febrero de 2024

COMPUNCIÓN


 la pena que nos acerca a Dios

 

Brújula cotidiana, 14_02_2024

 

El autor es un monje del monasterio de San Benedetto in Monte de Norcia, que permanece en el anonimato por deferencia a una antigua costumbre benedictina.

 

***

 

“Al igual que existe un celo malo, lleno de amargura, que se aparta de Dios y conduce al infierno, también hay uno bueno, que se aparta del pecado y conduce a Dios y a la vida eterna” (Regla de san Benito, 72). Con estas palabras san Benito introduce el penúltimo capítulo de la Regla. En nuestro esfuerzo por comprender qué es la compunción, podríamos simplemente sustituir la palabra “celo” por “tristeza”: así como hay una tristeza mala y llena de amargura que se aparta de Dios y conduce al infierno -y la llamamos melancolía-, también hay una tristeza buena que se aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna: la compunción. [...]

 

San Gregorio distingue dos tipos básicos de compunción: una por temor y otra por amor. La primera es una purificación del pecado y una protección contra él; la otra es una fuerza de deseo espiritual que nos atrae hacia el Cielo. Dos tipos y cuatro motivos: “Cuando recuerda sus propias faltas, considera dónde estaba (ubi fuit); cuando teme la sentencia del juicio de Dios y se interroga, piensa dónde estará (ubi erit); cuando examina seriamente los males de la vida presente, con tristeza considera dónde está (ubi est); cuando contempla los bienes de la patria eterna que aún no ha alcanzado, llorando se da cuenta de dónde no está (ubi non est)” (Moralia, XXIII, 41).

 

Las dos primeras surgen del temor de Dios, que es el don primero y fundamental del Espíritu Santo. Pero la compunción por temor madura y crece en nosotros sobre todo a través del don del conocimiento, porque nos permite vernos tal como somos, con los pecados que nos alejan de Dios, pero también creados a su imagen y semejanza, redimidos por la sangre de su Hijo y llamados en el amor a ser santos como Él. Viendo nuestra pecaminosidad e ingratitud hacia Dios, nos llenamos de odio hacia nosotros mismos y llegamos a odiar nuestros pecados; pero viendo el precio que el Hijo de Dios ha pagado por nuestra salvación, se nos da la esperanza de cambiar nuestras vidas y llegar a ser santos como Él es santo.

 

Así, el don del temor del Señor nos inspira a “tener siempre presente todo lo que Dios ha mandado” y lleva a nuestros pensamientos a “meditar constantemente sobre el fuego del infierno donde arderán por sus pecados todos aquellos que desprecian a Dios”; y así nos protege en todo momento “de los pecados y de los vicios”. Este santo temor nos da la certeza de que “Dios nos vigila siempre desde el Cielo y que nuestras acciones son visibles en todas partes a los ojos divinos y son constantemente señaladas a Dios por los ángeles”; nos hace sentir “en todo momento la culpa de nuestros pecados de tal manera que nos consideramos ya ante el terrible Juicio y decimos constantemente en nuestro corazón lo que decía el publicano del Evangelio con los ojos fijos en la tierra: Señor, soy un pecador y no soy digno de levantar los ojos al cielo” (Regla de San Benito, 7).

 

Las almas invadidas por esta doble compunción por temor sienten una profunda contrición por sus pecados y temen acabar con los condenados a la izquierda de Cristo. Hacen suyas las peticiones del Miserere, la insuperable oración de arrepentimiento y contrición; y piden misericordia como si estuvieran ya ante el Juicio Final, en sentimientos que se expresan perfectamente en el Dies Irae, esa poética obra maestra de la Misa de Réquiem. En estas oraciones, vemos por una parte un temor servil al castigo, y por otra un temor filial que se estremece ante la idea de ofender a Dios. El primero disminuye a medida que aumenta el segundo, ya que el temor filial es expresión de la caridad, de “ese perfecto amor de Dios que expulsa el temor servil” (RB 7; 1 Jn 4,18).

 

A medida que crece el temor filial, entramos en la tercera compunción: nuestro amor a Dios y nuestro deseo de estar con Él dan lugar a una disposición a sufrir en esta vida para merecer la bienaventuranza eterna en la otra. Una gran fuente de consuelo para quienes se encuentran en este estado es la hermosa oración de la Salve Regina, en la que nos dirigimos a la Virgen para que nos consuele en medio de las inevitables aflicciones de esta vida. Nuestros ojos vuelven de nuevo a este mundo desde su rostro materno. Y lo ven como lo que es: un lugar de exilio y tentación, de trabajo y sufrimiento, justa penitencia por el pecado original y por nuestros muchos pecados personales. Pero Dios, en su misericordia, nos permite ver estos sufrimientos como bienaventurados, porque con ellos “participamos de los sufrimientos de Cristo y merecemos tener también parte en su reino” (RB, Prólogo). Y así comprendemos la “ley” de los santos: “Cuanto más se siente afligida por la adversidad el alma del justo en este mundo, tanto más aguda se hace su sed de contemplar el rostro de su Creador” (Moralia, XVI, 32).

 

Habiendo llegado a ser tan queridos por Dios a través de nuestros trabajos, podemos instalarnos en la cuarta compunción, en la que ya no hay dolor sino sólo una alegría penetrante, porque sentimos a Dios cercano y disponible cada vez que rezamos. San Benito nos dice que esto también nos puede suceder a nosotros, porque “cuando hayáis hecho estas cosas, los ojos de nuestro Padre celestial estarán sobre vosotros y sus oídos estarán abiertos a vuestras oraciones; y antes de que le invoquéis, os dirá: aquí estoy” (RB, Prólogo).

lunes, 15 de enero de 2024

LOS ARGENTINOS Y LA FE


POR AGUSTÍN DE BEITIA

 

La Prensa, 14.01.2024

 

La secularización de la Argentina, que viene abriéndose camino desde los albores mismos de la organización nacional, es una penosa degradación que parece no tener fondo. Aunque aún no lo reflejen las estadísticas, a nadie puede sorprender lo mucho que este proceso ha avanzado. Hay veces, sin embargo, que el desfondamiento de la fe se impone ante los ojos con mayor claridad. La reciente elección presidencial tuvo algo de ese efecto. Volvió a exponer el divorcio existente entre el número de quienes se dicen católicos y sus decisiones, lo que se tradujo, en este caso, en el criterio con que sopesaban su voto.

 

Hay que ver lo marginal que fue la angustia por la falta de un candidato católico, o las disputas que abrió la elección sobre cuál sería el mal menor o el voto útil dentro de este encuadre.

 

Del resto podrá decirse que aquella disociación mental que demostraron no es, ni más ni menos, que la misma que viene ocurriendo desde hace décadas. Y será cierto. Lo novedoso es que, con la misma impasibilidad, se siguen ahora los pasos de Milei para convertirse en el primer presidente judío de la historia argentina. Triste apostasía, que es personal pero que, por el cargo que detenta, cobra una trascendencia nacional.

 

Para dar una idea de la resonancia que debería tener esto habría que pensar en un presidente israelí que decidiera convertirse al catolicismo. De seguro que los titulares de los diarios y las conversaciones en la calle, en ese caso, no girarían ciertamente en torno a la agenda económica del nuevo gobernante. Por eso lo que ocurre aquí es algo por demás elocuente sobre la falta de arraigo de la fe en los argentinos, o ese catolicismo “mistongo” del que hablaba Castellani y que acaba de recordar el arzobispo emérito de La Plata, monseñor Héctor Aguer, en un imprescindible artículo titulado “¿Es la Argentina un país católico?”.

 

SIGNOS

 

Frente a este desolador panorama que ofrece nuestro país, que por momentos se parece mucho a un terreno yermo, raso y desabrigado, hay también, sin embargo, signos que son reconfortantes y que devuelven el ánimo.

 

Entre la gran diversidad de signos que cada uno podrá tener a la vista, y que por cierto abundan, gracias a Dios, habrá que contar también a los numerosos grupos de formación católica que en los últimos años se han ido diseminando por buena parte del territorio y que actúan en el silencio.

 

Son laicos con sed de una sana doctrina y de una liturgia digna que se esfuerzan por vivir con coherencia su fe. Buscan proveerse de una buena formación, nutrirse de los maestros, crear una vida comunitaria con ambientes católicos sanos donde se pueda respirar aire puro, libre de la intoxicación que viene del mundo. Intoxicación que ahora también baja, por desgracia, de la propia Iglesia.

 

Muchos de los que asisten a esos círculos de formación son jóvenes, y este es un rasgo para tomar nota.

 

Sus actividades apenas llegan a ser conocidas. Tienen algo de furtivo. Pero no es una clandestinidad buscada, porque sus integrantes no tienen mentalidad de gueto. Es más bien la indiferencia ajena la que los confina al ostracismo. Porque el planteo de esos grupos es exigente. Como es exigente la vida de un católico que quiere ser coherente con su fe. Y esto es algo a lo que muchas personas le dan la espalda, encantados de dejarse arrastrar por las mieles de la vida cómoda y placentera.

 

Por eso, al ver el trabajo que estos grupos despliegan, al trabar contacto con ellos y respirar el ambiente que han creado, no sorprende tanto su número como su mera existencia, la profunda espiritualidad que demuestran, los ámbitos de vida católica que han sabido crear y su ambición, que es no desinteresarse del bien común, sino lo contrario: preservar la fe íntegra para irradiarla, defender la doctrina de siempre, confrontar con la cultura dominante. En pocas palabras, trabajar -ni más ni menos, como dicen algunos de ellos- por el reinado social de Cristo.

 

REACCION

 

Luis Britos, de 35 años, quien hace doce años creó el “Círculo de Formación Cristo Rey y María Reina”, en San Miguel de Tucumán, dice que no hay nada nuevo en las ideas que los animan. “Es el espíritu de la Iglesia”, explica. “Tratamos de hacer algo por la recristianización de la sociedad, cada uno en su ámbito. Reaccionar, como decía San Ignacio”.

 

Britos cuenta que, hacia fines de 2007, cuando empezaba a estudiar abogacía en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (Unsta), vio en los jóvenes mucha ignorancia en materia religiosa y mucho también de esa crisis intelectual que parece ser el sello de nuestra época, pero a la vez vio “la necesidad que demostraban algunos de recibir formación católica”. Entonces dice que sintió “que allí había algo por hacer”.

 

La primera actividad, cerca de la fiesta de Cristo Rey (de allí el nombre que adoptaron), fue una charla de contenido formativo, doctrinal, a la que siguieron después otras acciones.

 

Hoy tienen una reunión semanal, generalmente los viernes, con una charla formativa, que es distinta para hombres y mujeres, seguida de una charla espiritual más breve. Y después se quedan todos compartiendo unas pizzas y guitarreando, dice Britos. A veces festejan cumpleaños, a veces hacen alguna convivencia.

 

Una vez al año, además, organizan las “Jornadas de Fe y Cultura”, un congreso que dura un fin de semana e incluye la Misa, el Rosario, una serie de conferencias formativas a cargo de expositores invitados, la exposición del Santísimo, y también momentos de recreación, porque hay una noche de peña, de fogón, de guitarreada.

 

“Se trata de compartir un lindo clima de amistad, que es lo que tratamos de vivir todo el año”, dice Britos.

 

Y luego tienen, una vez al año, unos ejercicios espirituales ignacianos y una misión a algún pueblito del interior del país antes de la Navidad, actividad, ésta, que es “para jóvenes, netamente espiritual, muy católica, con confesiones, procesiones, imposición de escapularios”, enumera.

 

Britos comenta que la idea es “generar un ambiente católico donde se pueda vivir una sólida formación, una espiritualidad seria y profunda, y un ambiente de sana diversión. Es decir: un ambiente de linda amistad en el que se comprueba que los católicos podemos divertirnos sin boliche, sin descontrol, sin la mundanidad

 

. Hay folklore, buenas conversaciones, mucha alegría”, comenta.

 

“Quiere ser un ambiente también atractivo, donde se pueda charlar tranquilo. Un lugar de resguardo, de cobijo, en medio de una sociedad agresiva o del ambiente tóxico que nos rodea cada día. Un lugar para respirar aire sano”, añade, antes de mencionar que así se formaron varios matrimonios también.

 

 “Lo que queremos mostrar es la belleza de la fe, de ser católico y también la belleza de la liturgia, que es algo que también nos caracteriza”, apunta. “Ya sea con una misa en el rito nuevo o en el rito tradicional, procuramos que sea siempre solemne. Prestando atención a la música, al coro, a los ornamentos del sacerdote”, explica.

 

“Hemos ido armando con el tiempo una pequeña sacristía, comprando elementos dignos, como candelabros, cruces, manteles y cosas así. Siempre tratamos de que haya una linda liturgia, bien celebrada. Y por eso sufrimos bastante el ‘drama litúrgico’, confiesa.

 

Para Britos, “la liturgia es un elemento importante en la formación contrarrevolucionaria. Porque nuestro espíritu es contrarrevolucionario. Estamos contra la Revolución Mundial Anticristiana, ese proceso histórico que viene desde hace siglos, que ha socavado la fe y que trata de confinar la fe al ámbito privado. Nuestra tarea es esa: luchar contra ese orden social”, asegura.

 

EL COMBATE

 

Con el mismo apostolado de la formación católica y el mismo espíritu de trabajo por el Reinado Social de Cristo, hay grupos parecidos en otros lugares. Por ejemplo, el Grupo de Formación Santo Tomás Moro de San Luis, para universitarios, que viene perseverando desde hace veinte años a pesar de las persecuciones. Pero también los hay en La Plata y en Paraná, ciudad donde tuvo asiento el famoso seminario fundado por monseñor Adolfo Tortolo, del cual salieron muchos laicos y sacerdotes de buena formación.

 

En esta última ciudad hay un grupo que trabaja ya desde hace décadas, si se tiene en cuenta la labor de otro conjunto de laicos que los precedió y que se dio a conocer como “La Unidad”, con Alberto Abud a la cabeza, quien era amigo del sacerdote Alberto Ezcurra. Hoy tienen un colegio como centro de actividades, el Colegio El Madero, al frente del cual está su hijo Jordán Abud, a quien acompañan en la tarea más de 150 personas que intentan formar a los jóvenes en la militancia católica, para que entiendan la vida como un combate y se esfuercen por el Reinado Social de Cristo.

 

“La Unidad”, el grupo original, que era una extensión de otras “unidades” formadas por monseñor Roque Puyelli (1926-2012), ex capellán de la Fuerza Aérea, sigue actuando y continúa con sus planes de lectura, charlas, prácticas de piedad y actividades recreativas como la vida de campamento. Mientras que el colegio, que tiene un oratorio con el Santísimo, apunta más a la formación doctrinal, la verdadera historia, la sana teología.

 

Los Abud, identificados con el nacionalismo católico, organizan además un encuentro anual muy conocido en el ambiente, las Jornadas de Formación Católica del Litoral, que nacieron hace 27 años y que duran todo un fin de semana, con Misa y conferencias de primer nivel.

 

Como expositores han pasado por las aulas del colegio y por esas jornadas los mayores intelectuales católicos del país, según relata Jordán Abud. Entre ellos, numerosos sacerdotes, como los jesuitas Alfredo y Ramiro Sáenz o el dominico fray Armando Díaz, el padre Claudio Sanahuja, los filósofos Alberto Caturelli, Rafael Breide Obeid y Daniel Lasa, los prolíficos Mario y Antonio Caponnetto, Héctor Hernández, los historiadores Enrique Díaz Araujo y Sebastián Sánchez, Delia Buisel, y muchos más.

 

“Lo importante -dice Abud- es la corriente espiritual que se genera. Nosotros no le vamos a regalar las calles a la Revolución. No vamos a regalar nada, mientras la Providencia nos dé la gracia y los medios: no vamos a regalar colegios, ni clubes, ni cuerpos intermedios. En el colegio todos, desde los maestros hasta el personal de limpieza, comparten la misma preocupación, que es la salvación de las almas”.

 

LUGAR DE ENCUENTRO

 

Buenos Aires no se queda atrás en ejemplos de laicos así comprometidos. Cuenta con la magnífica obra del Instituto de Filosofía Práctica (Infip), que ofrece conferencias mensuales de gran nivel, y también con la siempre atractiva propuesta del Círculo de Formación San Bernardo de Claraval, que organiza unos reconocidos “Encuentros de Formación Católica de Buenos Aires”, instituidos en 1998. En 2020 sumó unos ciclos de conferencias virtuales por los que han pasado prestigiosos expositores como el obispo Athanasius Schneider o monseñor Nicola Bux.

 

También en Buenos Aires está “Forvm, espacio de cultura y ciencia”, que inició su andadura en 2007 y que tiene un apostolado intelectual igualmente interesante. Ellos organizan su propio ciclo de conferencias mensuales, entre cuyos oradores contaron nada menos que con el escritor español Juan Manuel de Prada.

 

Walter Hack, uno de sus fundadores, explica que Forvm nació por la inquietud de unos veinticinco laicos de entre 30 y 50 años.

 

“Queríamos hacer algo en el campo cultural. Teníamos la certeza de que en el terreno político es extremadamente difícil, si no imposible, hacer el bien sin ceder en los principios, y que casi irremediablemente se cae en la trampa electoralista”, rememora.

 

“Por lo que nos volcamos a la batalla cultural, mucho más lenta, con resultados que pueden tardar decenios en verse, pero con la tranquilidad de no estar negociando en nada y con nadie”, agrega.

 

El ciclo de conferencias es “un medio para generar un lugar de encuentro. Eso es Forvm, un lugar de encuentro. Por eso el convivium que se da en el intervalo -con café y masas- es tan importante como la conferencia. Es importante poder acercarse al expositor e intercambiar unas palabras con él, y también la oportunidad de comprar los libros que exhibe el Club del Libro Cívico”, dice.

 

Pero las conferencias no son lo único. También tienen “cursos semanales para jóvenes y un ciclo de conciertos sin una frecuencia definida”, explica Hack. “Ese ciclo de conciertos terminó decantando en un concierto de Navidad, al que en el futuro tal vez se sume un concierto de Pascua”, desliza.

 

La labor que realizan en Forvm, como en todos los otros grupos, tiene algo de apostolado y algo cultural. “Si no hubiese un mensaje católico en lo que hacemos, no lo haríamos”, reconoce Hack. “Pero no organizamos conferencias católicas”, aclara. “Parafraseando a Chesterton, nosotros organizamos conferencias, a secas. Lo católico se nos nota. Y, si no se nos nota, nos vamos al infierno”, señala.

 

Con un perfil algo distinto está la Peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad. Aunque no están dedicados a la formación intelectual, es un apostolado espectacular el que hacen los organizadores, entre quienes está la familia Stier. Se trata de la peregrinación a Luján de quienes se identifican con el tradicionalismo católico, y que cada vez convoca a más jóvenes. En la última edición participaron más de mil personas, provenientes de distintos rincones del país.

 

Todos estos son focos contrarrevolucionarios. Focos en los que se nuclean jóvenes, familias y matrimonios jóvenes con niños, que tienen buena formación y ganas de mejorarla, que tratan de cultivar una vida espiritual. Son focos de resistencia. “De eso hablaba cierta vez el padre Ramiro Sáenz. El veía ciertos focos de resistencia en la Argentina”, confirma Britos.

 

“Los grupos de formación católica son muchos y están diseminados por gran parte de la geografía de la Argentina. Hay en Buenos Aires, La Plata, Tucumán, Paraná, San Luis, Rosario, Santa Fe, Córdoba, Mar del Plata, Mendoza capital, San Rafael, La Pampa, Santiago del Estero. Ahora mismo se está armando algo en Misiones también”, enumera Cristian Rodríguez Iglesias, fundador del “Centro Pieper” de Mar del Plata.

 

El Centro Pieper, que se fue gestando a partir de conversaciones entre varios profesores, tuvo su primer curso de formación en 2007 y desde entonces hacen uno por año. “Son cursos de historia del pensamiento y la cultura, en los cuales se aborda la vida y la obra de figuras que muchas veces no se conocen de forma suficiente”, explica Rodríguez Iglesias. Al margen de esto han organizado Congresos y Jornadas de formación.

 

“La idea es generar una comunidad donde haya maestros y discípulos con un mismo afán por cultivar la verdad y darla a conocer. Una comunidad, un discipulado, que aspira a perdurar en el tiempo, fortaleciendo los lazos de unión entre personas que de otro modo estarían aisladas y a merced de la intoxicación que baja desde los medios de comunicación”, puntualiza.

 

El curso de este año fue una aproximación a los doctores de la Iglesia.

 

Todos estos círculos de formación tienen espiritualidades muy diversas, pero los une la profesión de una misma fe y el deseo de trabajar por el reinado social de Cristo.

 

MAESTROS

 

En otros países también están surgiendo centros formativos similares. “Lo que sucede es que, en la Argentina, este movimiento es muy notable. Hay una minoría muy lúcida, muy comprometida, que sostiene la fe, y después contamos con maestros de los cuales podemos nutrirnos”, dice Rodríguez Iglesias.

 

“De esa minoría de católicos han surgido estos núcleos formativos. Son pequeñas ínsulas. Pero, en la medida en que podamos acercarlas, formarán un archipiélago y con el tiempo -esa es la esperanza- tendrán más gravitación cultural”, agrega.

 

Un primer paso para acercarse lo dieron a principios del año pasado en Mar del Plata, precisamente. A ese encuentro acudieron más de treinta grupos, incluidos algunos que participaron de manera virtual desde Uruguay, Paraguay, México y Brasil.

 

“En Brasil están organizándose. Ya tienen unos cincuenta centros culturales”, cuenta el fundador del Centro Pieper. “Ellos tienen más ventajas para la impresión de libros, tienen un laicado que se encuentra en mejores condiciones económicas, se han movido muy bien con las redes sociales y, en especial, con los canales de Youtube. Pero los maestros están en Argentina. Por eso vienen acá. Es lo que les falta”, añade.

 

Jordán Abud confirma que lo mismo sucede en Chile y Perú, donde tienen como referentes a los mismos maestros argentinos.

 

Rodríguez Iglesias adelanta que “hay en danza un proyecto para crear una red iberoamericana de centros humanísticos”. La red les permitirá contar con más lugares para conferencias, presentaciones de libros, más intercambio de oradores y difusión de sus respectivas actividades.

 

El primer evento público de la red tendrá lugar en los próximos días. Coincidirá con la presentación de una biografía de Jordán Bruno Genta que escribieron Mario Caponnetto y Lis Genta, y que está a punto de salir de imprenta.

 

¿Cuál es la importancia de esta red? “Dar un testimonio”, responde Rodríguez Iglesias. “Será una evidencia de que no somos tan pocos los que estamos en esto”, acota.

 

“Saber que hay otros trabajando en lo mismo ayuda, estimula”, dice. “Nos hace ver que el espíritu de Dios va inspirando a otros a hacer tareas similares”, concluye.

 

“La realidad es desoladora”, confirma Britos. “A veces golpea y uno se puede sentir solo. Pero no hay que perder la esperanza. No estamos solos. Cristo nos pide el combate, nos pide poner todos los medios para la victoria, pero no nos pide la victoria. Y la verdad es que en estos eventos uno se da cuenta de que no está solo. Hay mucha gente mayor, muchos jóvenes que están en la lucha, que tienen sus núcleos de formación, que organizan sus actividades”, añade.

 

Al pensar en el trabajo que realizan estos grupos, y que se repite en centros de estudios y en algunas cátedras universitarias, es muy difícil no recordar la parábola del grano de mostaza: la más pequeña de todas las semillas, que con el tiempo se convierte en un árbol enorme en cuyas ramas los pájaros hacen sus nidos. Todos ellos son ese grano de mostaza.

 

Hay una nueva generación que está tomando el testimonio de modo silencioso. Es cierto que estos laicos son una minoría dentro de la población y también dentro de quienes se consideran católicos. Pero son parte de la reserva espiritual de la patria y conocerlos es reconfortante, es consolador, e insufla un nuevo ánimo, una nueva esperanza de una posible restauración de la fe en Argentina, con la vista puesta en el bien común.