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lunes, 24 de noviembre de 2025

PREVOST


vuelve a encarrilar Mitis Iudex: nulidad sí, pero en la verdad

 

Nico Spuntoni

Brújula cotidiana, 24_11_2025

 

En su discurso a los participantes del curso internacional promovido por el tribunal de la Rota Romana, León XIV ha citado cuatro veces a Francisco y una vez a Benedicto XVI y Juan Pablo II, respectivamente. Sin embargo, la línea programática de sus palabras parece anunciar la voluntad de situar la reforma bergogliana del proceso de nulidad matrimonial en la línea de sus otros dos predecesores.

 

El discurso del viernes 21 de noviembre en la Sala Clementina parece ir en contra de la tendencia de apertura que se ha visto en la aplicación de Mitis Iudex. Partiendo del título del curso (A diez años de la reforma del proceso matrimonial canónico. Dimensión eclesiológica, jurídica, pastoral), León XIV ha rechazado la tendencia a separar e incluso contraponer estos tres enfoques “como si el más teológico o el más pastoral implicara el menos jurídico, y viceversa, el más jurídico fuera en detrimento de los otros dos perfiles”. Una reflexión que recuerda lo dicho por Benedicto XVI en la inauguración del año judicial en 2006. Sobre los procesos de nulidad matrimonial, Ratzinger advertía contra la caridad pastoral “a veces contaminada por actitudes complacientes hacia las personas”. Actitudes solo aparentemente pastorales, advertía el Papa alemán, pero en realidad contraproducentes si se emprenden sin tener en cuenta la verdad.

 

Una posición implícitamente retomada por Prevost, que ha vuelto a poner la atención en averiguar la verdad en este tipo de procesos como auténtica fuente de justicia para las personas. El Papa canonista ha llamado la atención sobre los “supuestos eclesiológicos”, entre los que ha querido recordar especialmente dos: “el primero relativo a la potestad sagrada que se ejerce en los procesos judiciales eclesiásticos al servicio de la verdad, y el segundo relativo al objeto del proceso de declaración de nulidad matrimonial, es decir, el misterio de la alianza conyugal”. Por tanto, León XIV ha reafirmado que el matrimonio es indisoluble por derecho divino.

 

Otra característica importante del discurso papal ha sido la atención prestada al proceso, que ya no se presenta como una pérdida de tiempo. Prevost ha explicado que “la función judicial, como forma de ejercer el poder de gobierno o jurisdicción, forma parte integrante de la realidad global del poder sagrado de los pastores en la Iglesia”, explicando que “en el poder judicial opera un aspecto fundamental del servicio pastoral: la diaconía de la verdad”.

 

Si el enfoque del pontificado de Francisco acabó privilegiando la vía administrativa, León XIV, por el contrario, ha preferido recordar el ejercicio recto de la potestad judicial. El Papa argentino tenía muy presente la simplificación de los procedimientos para ayudar a las personas a “recorrer lo más fácilmente posible” el camino de la verificación de la validez matrimonial. El discurso de Prevost, en cambio, ha dado una interpretación del Mitis Iudex que intenta cerrar los establos antes de que se escapen todos los bueyes. En este sentido parecen ir las subrayadas “exigencias inderogables de la justicia, que no pueden desaparecer en virtud de una compasión mal entendida” y el “juicio humano sobre la nulidad matrimonial no debe, sin embargo, ser manipulado por una falsa misericordia”.

 

Acelerar los procedimientos sobre la nulidad matrimonial no es garantía de caridad pastoral, ya que esta última debe ir siempre de la mano de la verdad y, a menudo, la simplificación de los trámites no facilita el esclarecimiento de la verdad, sino todo lo contrario. León no ha archivado ni derogado Mitis Iudex: simplemente lo ha vuelto a encauzar: “El objetivo de la reforma, que tiende a la accesibilidad y la celeridad en los procesos, pero nunca en detrimento de la verdad, aparece así como una manifestación de justicia y misericordia”, ha asegurado. En resumen, la intervención del Papa estadounidense despeja el campo de la ilusión de que un matrimonio fracasado es automáticamente un matrimonio nulo solo para satisfacer el deseo de uno o ambos cónyuges.

 

Recordando que “otro supuesto teológico, específico del proceso de nulidad matrimonial, es el matrimonio mismo, en cuanto fundado por el Creador”, León XIV evoca el matrimonio natural que para la Iglesia no está separado del sacramento. Un mensaje que transmite más confianza en la posibilidad de que el hombre y la mujer se casen y mantengan la fe en la unión, mientras que insistir en facilitar la verificación de la nulidad daba una imagen opuesta, como si el matrimonio fuera algo para unos pocos elegidos.

 

Valorizando la institución del proceso judicial, que “no es una acumulación farragosa de requisitos procedimentales”, sino un “instrumento de justicia”, es importante que León XIV haya citado la participación del defensor del vínculo que, como recordaba Benedicto XVI, fue hecha obligatoria por un papa canonista como él: Benedicto XIV. Esta presencia es necesaria porque, como ha explicado Prevost a los participantes en el curso, “en la declaración de nulidad matrimonial (...) está involucrado un bien eclesial público”. Es decir: el matrimonio es un bien público, no pertenece a las dos partes.

 

Es igualmente importante que el Pontífice de Chicago haya exaltado “el esfuerzo por favorecer la reconciliación entre los cónyuges, recurriendo también, cuando sea posible, a la validación del matrimonio” En los últimos años, de hecho, parecía casi olvidado que la Iglesia tiene la tarea de invitar a la reconciliación y a la validación en caso de que se den las condiciones para ello. Prevost no puede ni quiere derogar la controvertida reforma del proceso de nulidad matrimonial heredada de Francisco, pero no hay duda de que su discurso del viernes dará luz verde a una práctica judicial diferente a la exigida en estos años. Es de esperar que el rigor procedimental basado en la verdad prevalezca sobre las tentaciones de algunos operadores de justicia de dejarse guiar por la “falsa misericordia”.

jueves, 6 de noviembre de 2025

NO A MARÍA CORREDENTORA


 el Vaticano crea confusión

 

Luisella Scrosati

Brújula cotidiana,  05_11_2025

 

El martes 4 de noviembre, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha publicado una Nota doctrinal de ochenta párrafos, aprobada por el Papa León XIV, en la que explica que “considerada la necesidad de explicar el papel subordinado de María a Cristo en la obra de la Redención, siempre es inapropiado utilizar el título de Corredentora para definir la cooperación de María” (§ 22, cursiva en el texto). “Siempre inoportuno”, nos dice el Dicasterio; al menos para los lectores de las principales lenguas en las que se ha publicado el documento, porque el texto inglés se limita a un “it would not be appropriate”, omitiendo el adverbio y prefiriendo el condicional. Pero como alguien debe haber decidido que los documentos originales de la Iglesia ya no deben escribirse en latín, se deja a la preferencia de los lectores la elección de la versión.

 

Apenas tres días antes, el sábado 1 de noviembre, León XIV proclamaba a san John Henry Newman doctor de la Iglesia. Pequeño detalle: Newman era uno de los que había defendido la posibilidad de utilizar el título de Corredentora. La proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción (1854) molestaba, entre otros, al mundo anglicano. El amigo y compañero de John Henry Newman en la aventura del Movimiento de Oxford, Edward B. Pusey, formuló las objeciones del mundo anglicano en el Eirenicon, al que Newman respondió con la nota Letter to the Rev. E. B. Pusey on his recent Eirenicon, que constituye el tratado mariológico por excelencia de Newman. Pusey se quejaba de que la corredención no se afirmaba “en pasajes aislados de un autor devocional [...], sino en las respuestas formales dirigidas por arzobispos y obispos al Papa sobre lo que desean con respecto a la declaración de la Inmaculada Concepción como artículo de fe” (An Eirenicon, Londres, 1865, pp. 151-152). Y añadía con decepción que “esta doctrina a la que aquí se alude ha sido elaborada por teólogos católicos romanos de todas las escuelas”.

 

Newman era muy consciente del profundo conocimiento que Pusey tenía de las enseñanzas de los Padres de la Iglesia; por lo que le sorprendía que pudiera acusar al mundo católico de una “cuasi idolatría” hacia la Santísima Virgen, debido a la abundancia de títulos honoríficos y de densidad teológica atribuidos a la Virgen María, ya que era precisamente la “Iglesia indivisa”, a la que apelaba Pusey, la que era tan generosa en los títulos marianos. “Cuando se ve que usted, con los Padres, da a María los títulos de Madre de Dios, segunda Eva y Madre de todos los vivientes, Madre de la vida, Estrella de la mañana, místico nuevo Cielo, Cetro de la ortodoxia, Madre inmaculada de la santidad, y similares, la gente podría interpretarlo como una miserable contrapartida por esa forma de expresar sus protestas contra quienes dan a María el título de Corredentora y Sacerdotisa”.

 

Newman nunca habría imaginado que llegaría un día en el que tendría que defender el título de Corredentora no frente a un anglicano, sino frente al prefecto del antiguo Santo Oficio nada menos. La razón por la que el Dicasterio rechaza el título de Corredentora es su potencial para generar “confusión y desequilibrio en la armonía de las verdades de la fe cristiana, porque ‘en ningún otro hay salvación; no hay, en efecto, bajo el cielo, otro nombre dado a los hombres, en el que esté establecido que seamos salvos’” (Hch 4,12). Y aún más: “El peligro de oscurecer el papel exclusivo de Jesucristo [...] no constituiría un verdadero honor para la Madre”. Afirmaciones poco originales ya que son típicas de las objeciones protestantes, pero sin duda muy curiosas en un documento oficial que se propone responder a cuestiones que “con frecuencia suscitan dudas en los fieles más sencillos”. Sí, porque en la era de la gestión Fernández, las Notas doctrinales ya no existen para aclarar lo que podría parecer confuso, sino para confundir lo que ya estaba claro.

 

Efectivamente, la lógica exigiría que si un término que ya se ha difundido ampliamente —no solo en la devoción de los fieles, sino también en las intervenciones papales y episcopales y en los documentos oficiales de la Iglesia (pensemos en los dos decretos, respectivamente de 1913 y 1914, del Santo Oficio)—, se malinterpreta de manera contraria a la doctrina correcta, la Santa Sede intervenga para aclarar y confirmar, y no para alimentar aún más la malinterpretación y descartar un título que ya se ha afirmado a nivel teológico y magisterial.

 

Porque cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de cómo se ha desarrollado la reflexión teológica en torno a la corredención mariana y sus precisiones fundamentales, sabe bien que esta no sostiene una redención paralela a la de Cristo, ni una necesidad absoluta de la colaboración mariana (de condigno) para la Redención, ni tampoco que María Santísima no haya tenido necesidad de ser redimida por el Verbo encarnado, su Hijo. Todos estos aspectos ya están ampliamente establecidos, pero Tucho and Company prefieren seguir fingiendo que son confusos y peligrosos.

 

La Nota llega incluso a presentar un criterio, sacado de no se sabe dónde, que sería simplemente hilarante si no estuviera trágicamente presente en un documento oficial de la Santa Sede: “Cuando una expresión requiere numerosas y continuas explicaciones, para evitar que se aleje del significado correcto, no sirve a la fe del Pueblo de Dios y se vuelve inconveniente”. Habría que preguntarle al cardenal Fernández y a monseñor Matteo si realmente creen lo que han escrito; porque, siguiendo este principio, habría que retractarse prácticamente de todos los dogmas marianos. Y no solo eso. ¿Acaso el título de Theotokos no requirió —y sigue requiriendo— numerosas y continuas explicaciones? ¿Acaso el dogma de la Inmaculada Concepción no debe explicarse continuamente para evitar pensar que la Virgen María está exenta de la redención de Cristo? ¿Acaso las formulaciones del dogma trinitario o cristológico no requieren también “numerosas y continuas explicaciones”? ¿Serían por ello “inconvenientes” y poco útiles para la fe del Pueblo de Dios? El principio enunciado en la nota constituye, de hecho, la tumba de toda definición dogmática y de la propia teología.

 

Es totalmente incorrecta la presentación de la historia de la doctrina de la corredención. La extraordinaria contribución de numerosos santos y teólogos se liquida en apenas un párrafo (§ 17), lo que es una señal bastante evidente de que la intención de la Nota no era ciertamente hacer un balance de la situación, sino atacar la corredención. Otra liquidación se registra en la mísera mención a la enseñanza de los pontífices, en particular de san Juan Pablo II; salvo para dedicar luego dos amplios párrafos a la posición de Ratzinger (todavía cardenal).

 

La razón de esta selección no es difícil de entender: Ratzinger sería, junto con el Papa Francisco, a quien se dedica todo el párrafo § 21, la auctoritas para sostener que el título de Corredentora sería inapropiado. A decir verdad, en el votum de 1996, en calidad de prefecto de la CDF, Ratzinger no rechazaba el título, sino que consideraba que la reflexión teológica aún no estaba madura para atribuir a la Virgen María el título de Corredentora y Mediadora; su oposición al título, en cambio, se refiere a una simple entrevista de 2002 (en la que, por cierto, se declaraba favorable a la doctrina fundamental, como expresión del hecho de que Cristo quiere compartirlo todo con nosotros, incluso su ser redentor). Pero en la Nota se favorecen un votum y una opinión en lugar de, por ejemplo, la presentación de la enseñanza más sistemática de Juan Pablo II sobre la corredención mariana; el pontífice polaco (como sus predecesores) no había dudado en absoluto en utilizar varias veces ese título que ahora Tucho nos explica que es inconveniente e inapropiado. Evidentemente, Juan Pablo II se divertía “oscureciendo la única mediación salvífica de Cristo”.

 

Una vez más, el cardenal Fernández se convierte en un fabricante en serie de dudas y líos, como ya ocurrió con las respuestas a algunas dudas planteadas por Amoris Lætitia, con las bendiciones a las parejas homosexuales, con la pena de muerte y la dignidad humana. Debería haber sido el primer prefecto en ser destituido con el nuevo pontificado, pero en cambio lo encontramos animado a continuar con su obra de confusión. Al mal se le ha concedido más tiempo para desafiar la paciencia divina y poner a prueba la fe de los cristianos.

martes, 3 de junio de 2025

EL MATRIMONIO

 

 no es un ideal: así “corrige” León XIV a Francisco

 

Stefano Fontana

Brújula cotidiana, 03_06_2025

 

El discurso del Santo Padre León XIV a los peregrinos con motivo del Jubileo de las familias, los abuelos y los ancianos es muy rico en contenido y no bastaría un artículo para señalarlo todo. Aunque invitamos a los lectores a la lectura personal del texto, puede ser útil destacar un pasaje, breve en número de palabras pero denso y eficaz desde el punto de vista doctrinal, que corrige en lo esencial los supuestos teológicos y pastorales de Amoris laetitia (AL). En el plano formal, un discurso no puede anular una exhortación apostólica, pero en el plano sustantivo y estrictamente teológico lo ha hecho, lo que hace esperar algún otro paso que sea más auténticamente magisterial. El breve discurso es el siguiente: “Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, os digo a vosotros, esposos: el matrimonio no es un ideal, sino el canon del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel, fecundo (cf. San Pablo VI, Lett. Enc. Humanae vitae, 9)”.

 

“El matrimonio no es un ideal”, pero cuando en Amoris laetitia se habla de las llamadas situaciones “irregulares”, como las uniones sin matrimonio o después de un divorcio, se consideran situaciones de inadecuación con respecto a la plenitud de lo que nos propone Cristo. No como algo contrario e incompatible, sino como algo inadecuado, debido a la fragilidad humana o a las circunstancias de la vida. Algo inadecuado no es un mal que haya que condenar o evitar, sino algo positivo, aunque no completamente, que hay que hacer crecer y mejorar. Todos estamos ya en el buen camino, solo que unos están más adelantados y otros más atrasados.

 

Por ejemplo, al comienzo de la Exhortación, Francisco dice: “Por eso me detengo en una invitación a la misericordia y al discernimiento pastoral ante situaciones que no corresponden plenamente a lo que el Señor nos propone”. El pecado, según Amoris laetitia, no es una respuesta errónea, sino una respuesta que no corresponde plenamente. En relación con el episodio evangélico de la samaritana, el texto de AL dice: “... y luego sola con Jesús, que no la condena y la invita a una vida más digna”, lo que hace pensar que incluso el adulterio tiene, en cualquier caso, algún aspecto digno.

 

Uno de los aspectos más disruptivos de la Exhortación es lo expresado en el párrafo 303, según el cual la conciencia puede reconocer “con sinceridad y honestidad” que esa situación irregular es “la donación que Dios mismo está pidiendo en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque no sea todavía plenamente el ideal objetivo”.

 

He aquí la palabra “ideal”, retomada ahora por León XIV para ser negada, un término clave de Amoris laetitia, que en su momento la vieja guardia del Instituto Juan Pablo II criticó con dureza. El cardenal Caffarra había observado, entre el llanto y la ironía: “La indisolubilidad, más en general el matrimonio entendido cristianamente, no es un ideal, una especie de meta a alcanzar y hacia la que tender. Me gustaría ver la reacción de una esposa a la que su marido le dijera: ‘Mira, la fidelidad hacia ti es para mí un ideal al que aspiro, pero que aún no poseo’”.

 

Cuando se presentan situaciones irregulares como etapas positivas hacia el matrimonio se está afirmando que es posible vivir como marido y mujer sin serlo. El cardenal Velasio de Paolis escribió durante el doloroso debate de hace ya diez años: “Lo que no es admisible para la ley moral y divina es precisamente que dos personas que no son cónyuges vivan como tales... Sería la destrucción total de la relación matrimonial y de la familia, y se derrumbaría toda la ley moral sobre la sexualidad”.

 

El breve pasaje del discurso de León XIV restablece así la verdad sobre un punto muy importante, su mención implica la revisión de toda la Exhortación Apostólica que se basaba en él, y representa también, implícitamente, una respuesta sintética a las famosas Dubia de los cardenales. Al mismo tiempo, es también un retorno a la Veritatis splendor de Juan Pablo II. Si la moral divina solo presenta un “ideal” y no es una “prescripción”, entonces no se pueden dar leyes divinas válidas siempre y para todos. Sin embargo, la Veritatis splendor condena las posiciones morales que “consideran que nunca se puede formular una prohibición absoluta de determinados comportamientos que serían contrarios, en todas las circunstancias y en todas las culturas, a esos valores” (n. 75). No es posible evaluar ciertos comportamientos como injustos o erróneos y, al mismo tiempo, calificar como justa y buena la voluntad de la persona que los elige. La tendencia al fin de la voluntad de quien actúa es ciertamente importante, pero esta se cumple cuando se realizan los contenidos buenos de la acción humana.

 

Si cae el principio de la ley moral divina como “ideal” y se vuelve a la Veritatis splendor, también se puede retomar la doctrina de las acciones intrínsecamente malas (intrinsece mala y, en el plano político, principios no negociables) y, esperemos, se podrá volver a hablar de “naturaleza” y de ley moral natural, expresiones de las que se había perdido todo rastro.

miércoles, 23 de abril de 2025

DE AMORES LAETITIA

 

 a Fiducia Supplicans: la moral invertida

 

Tommaso Scandroglio

Brújula cotidiana,  23_04_2025

 

En lo que respecta a las cuestiones de moral natural, el pontificado de Francisco ha marcado una ruptura radical con la doctrina católica. A continuación recordamos las principales etapas del camino emprendido por Francisco, que ha tocado algunos temas éticamente delicados.

 

Al principio fue Amoris laetitia la que hizo comprender a todos que el enfoque de las cuestiones morales había cambiado radicalmente. Era el año 2016. El párrafo 305, junto con la famosa nota 351 de esta exhortación, intentaba conciliar lo inconciliable: el adúltero, en los casos en que es inocente o no es plenamente culpable, puede acercarse a la Eucaristía sin dejar de ser adúltero.

Ese mismo año se publica una carta de los obispos de la región de Buenos Aires, titulada Acompañar, discernir e integrar las fragilidades, en la que se admite a la comunión a los divorciados vueltos a casar. Francisco declara que “el texto es muy bueno y explica de manera excelente el capítulo VIII de Amoris laetitia. No hay otra interpretación”. La carta y el comentario del Papa se recogen en 2017 en las Acta Apostolicae Sedis, convirtiéndose así en Magisterio.

 

Por continuidad temática, recordamos dos cartas motu proprio tituladas Mitis Iudex Dominus Iesus y Mitis et misericors Iesus, ambas publicadas en 2015 y relativas a la reforma del proceso canónico de declaración de nulidad matrimonial. En el art. 14 § 1 del primer motu proprio se indican una serie de circunstancias que, en sí mismas, no son causas de nulidad, pero que para Francisco pueden permitir el tratamiento de la causa. La intención subyacente es hacer que un matrimonio humanamente “fracasado” aparezca como un matrimonio canónicamente nulo. La indisolubilidad matrimonial sale mal parada entre Amoris laetitia y esta última carta. El nuevo curso doctrinal sobre el matrimonio ha llevado inevitablemente a rediseñar de manera radical la naturaleza del Instituto Juan Pablo II sobre Matrimonio y Familia.

 

Sobre el aborto, es famosa la imagen de los médicos que se convierten en sicarios que Francisco utilizó en varias ocasiones. Sin embargo, al mismo tiempo se llevaba bien con quien había luchado en Italia por legalizar la profesión de sicario, Emma Bonino, y ciertamente no para intentar convertirla, también porque para él habría sido una forma inaceptable de proselitismo, sino para alabarla: “Un ejemplo de libertad y resistencia”, le dijo en su último encuentro. Sí, libertad de y resistencia contra la ley moral.

 

En materia de eutanasia cabe destacar la carta de 2020 de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, titulada Samaritanus bonus, que marca una continuidad con el Magisterio de siempre sobre el tema de la eutanasia. Continuidad que, en cambio, se cuestiona en varios puntos del Piccolo lessico del fine vita (“Pequeño léxico del final de la vida”), publicado por la Pontificia Academia para la Vida en 2024. También resultó ambiguo en algunos de sus pasajes el mensaje del Papa de 2017 a la conferencia de la Asociación Médica Mundial sobre el tema de la eutanasia.

 

En materia de moral natural, no podemos dejar de recordar la eliminación en 2018 de la pena de muerte del Catecismo de la Iglesia Católica: de acción moralmente buena en el respeto de algunos criterios a malum in se. La decisión fue relevante también porque se trató de la primera y única intervención de modificación del Catecismo por parte del Papa Francisco.

 

Para cerrar este rápido repaso de las intervenciones del Magisterio sobre temas morales, el primer lugar por heterodoxia declarada lo ocupa sin duda el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe Fiducia supplicans, que abrió la puerta a la bendición de parejas homosexuales e irregulares. Sin duda, junto con la Declaración de Abu Dabi, es el peor documento firmado por un pontífice en la historia de la Iglesia, ya que, al bendecir relaciones intrínsecamente desordenadas, las califica de positivas desde el punto de vista moral.

 

¿Qué ha determinado estas derivas heterodoxas? Hace unos seis años, en estas mismas páginas, intentamos señalar los rasgos más destacados del pontificado de Francisco. A continuación, ofrecemos un resumen de esa reflexión, limitándonos al ámbito moral.

La característica principal del pontificado que acaba de concluir es la elaboración de una moral sin metafísica. Según la tradición clásica y católica, el fundamento próximo de la moral natural reside en la dignidad de la persona, en su valor intrínseco dado por el cuerpo y el alma racional que informa este cuerpo (el fundamento remoto es Dios). De este dato gnoseológico se derivan los principios de la ley natural, que son objetivos, inmutables, universales y absolutos. En relación con este último aspecto, recordemos los absolutos morales, es decir, el hecho de que existen acciones que siempre y en cualquier caso atentan gravemente contra la dignidad personal y, por lo tanto, deben evitarse siempre.

 

El enfoque de Francisco sobre la moral ha relegado a un segundo plano (cuando no eliminado por completo) el dato espiritual de la antropología, es decir, ha ignorado la relevancia paradigmática del alma racional. Una vez eliminada la referencia metafísica, la moral ha caído en el empirismo, la fenomenología ética, el historicismo y el inmanentismo, descolorando así los principios doctrinales y convirtiéndolos en subjetivismo, relativismo, “situacionismo” y utilitarismo. Las pruebas de esta deriva han sido evidentes. La atención de los dicasterios y del Papa se ha centrado casi exclusivamente en temas relacionados con la pobreza material, el trabajo, el malestar y la marginación social, la inmigración, el sufrimiento psicológico como la soledad, la exclusión social y el medio ambiente. En resumen, la moral natural ha sido sustituida por la justicia social. Si la visión antropológica olvida el alma racional, las necesidades del hombre serán solo materiales, porque el hombre será solo su cuerpo. He aquí el inmanentismo.

 

Si luego el paradigma es la realidad empírica, esta cambia con el tiempo. El historicismo se convierte así en criterio de juicio también ético y en criterio que debe utilizarse también con el Evangelio, que debe contextualizarse, adaptarse a las exigencias de la contemporaneidad y no imponerse desde arriba de manera abstracta. Lo transitorio se convierte en clave interpretativa de los principios de fe y moral, que son atemporales. Y así, también los principios morales pueden y deben cambiar, y las acciones intrínsecamente malas que antes lo eran, hoy pueden dejar de serlo. Tendremos así una moral que se modela según lo real, no en el sentido de que haya que encontrar las formas más eficaces de declinar los principios éticos inmutables en lo contingente, sino en el sentido de hacer contingentes estos principios. De ahí el “situacionismo”, la prioridad de lo particular sobre lo universal, que encuentra su expresión peculiar en el famoso discernimiento, un recurso para arrinconar los mala in se, y en el que la conciencia ya no es el lugar donde se declina la verdad en la circunstancia particular, sino el lugar donde se crean verdades personales, identificadas para satisfacer placeres y utilidades igualmente personales.

 

La universalidad de la naturaleza humana, con sus igualmente universales exigencias morales básicas, se sustituye así con la particularidad de las existencias individuales con sus igualmente individuales exigencias morales. Esta dinámica recibe el nombre de relativismo subjetivista. Se declara así la guerra a los dogmas, a las leyes, a los principios, jaulas formales que sofocan la realidad multiforme. Ya no es esta última la que debe ajustarse al principio, sino al contrario. La ética se ve invadida por un movimiento que ya no es trascendente, sino descendente.

 

El legado que Francisco ha dejado a su sucesor está lleno de deudas hacia la verdad y el bien. Este último solo tendrá ante sí tres soluciones, de las cuales la última es la única correcta: conservar esta orientación sin continuar con la obra de destrucción; avanzar en la misma dirección; invertir el rumbo.

miércoles, 19 de febrero de 2025

NICEA


 y el neoarrianismo

 

Monseñor Héctor Aguer

Infocatólica, 18/02/25

 

En este 2025 se cumplen 1700 años del Concilio de Nicea, celebrado el 325; y que fue completado, luego, por el de Calcedonia y el 1° de Constantinopla. En aquel primero y gran Concilio de la Iglesia, se proclamó el misterio de la Santísima Trinidad, al declarar que el Hijo, Jesucristo, es homoúsios tô Patrí, consustancial al Padre, y por tanto Dios como Él.

 

El Concilio, presidido por el obispo Osio, de Córdoba, reconoció la verdad proclamada por Atanasio de Alejandría contra Arrio (256-336). El arrianismo resulta entonces una doctrina de carácter unitaria, que sostiene que Jesucristo es el Hijo de Dios procedente del Padre pero que no es eterno, no sería coeterno con el Padre. Arrio y su discípulo Eunomio sostienen la total disimilitud entre el Hijo y el Padre. El arrianismo se difundió en el Imperio Romano de Occidente, protegido por los emperadores. También se impuso en varios pueblos germánicos, y luego integró numerosas corrientes heréticas. Se reconocía el carácter singular de Jesucristo y aun su resurrección, pero se negaba su divinidad.

 

En la Iglesia actual, la centralidad del hombre y de los derechos humanos, tiene un carácter semiarriano o neoarriano. Se hace necesario predicar a Jesucristo, verdadero Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Una Cristología auténtica es Trinitaria. El Credo de Nicea ha sido reemplazado por el llamado Credo Apostólico, que es más breve y menos explícito. La Misa Tradicional conserva la profesión del Credo Niceno, que disipa cualquier posible confusión. Lamentablemente, el actual Rito romano adopta el Credo Apostólico y da lugar a la difusión del neoarrianismo. Un antecedente notable puede discernirse en la tradición jesuítica. El célebre Libro compuesto por Ignacio de Loyola, los Ejercicios Espirituales, comienza: «El hombre… fue creado». No dice, en cambio, como debiera: «Dios ha creado al hombre». De ahí procede el antropocentrismo moderno y una concepción ultrahumanista, reforzada por la ideología de la Revolución Francesa. Esta orientación se proyecta en la Cristología como neo-arrianismo.

 

El así llamado «diálogo interreligioso» postula, de hecho, que todas las religiones son la verdad; el mandato evangélico queda devaluado. Ésta es la realidad mundialmente admitida. El ex presidente de Estados Unidos ha elogiado al Papa Francisco por «tender la mano a todas las religiones»; no es como eran los Papas. El «diálogo interreligioso» puede realizarse afirmando la Verdad católica con respeto hacia todos. La Tradición de la Iglesia nos habilita para que roguemos por la conversión del mundo a Jesucristo.

martes, 28 de enero de 2025

LA REVOLUCIÓN DE GÉNERO

 


 en la Iglesia se refleja en la película Cónclave

 

Riccardo Cascioli

Brújula cotidiana,  28_01_2025

 

El obispo de la diócesis francesa de Coutances et Avranches, monseñor Grégoir Cador, acaba de anunciar el nombramiento de una vicaria general, Audrey Dubourget, que queda adscrita por tanto al consejo episcopal. En la archidiócesis de Bruselas, el pasado diciembre también se nombró a una delegada episcopal, Rebecca Charlier-Alsberge, cuyo nombre incluso se ha introducido en la Plegaria Eucarística. En Italia, el programa de televisión Otto e Mezzo (La7), ha entrevistado a una monja, Paola Arosio, que ha censurado la decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de aceptar solo los géneros masculino y femenino, calificando su decisión como violenta y no acorde con los tiempos. Sobre las teorías homosexualistas y transexualistas del cardenal estadounidense Blase Cupich se puede consultar este otro artículo de Tommaso Scandroglio. Y luego tenemos al Papa, que entre septiembre y octubre pasados recibió con gran énfasis a dos grupos diferentes de personas homo y transexuales, y que sobre todo promueven la agenda LGBT en la Iglesia.

 

Estos son sólo algunos hechos recientes -podrían mencionarse muchos otros- que dan una idea de cómo se está produciendo una verdadera revolución moral en la Iglesia. Es más, está en marcha un proceso que desvirtúa el sacerdocio.

 

Y son hechos que vienen inmediatamente a la mente después de ver la película Cónclave, dirigida por Edward Berger y basada en la novela homónima de Robert Harris, que se estrenó en Italia en Navidad y sigue en los cines con buen éxito de taquilla. Al fin y al cabo, estamos hablando de una película nominada a ocho Oscar, siete Globos de Oro y muchos otros premios. Así que dentro de unas semanas, cuando llegue la noche de los Oscar, volverá a ser noticia.

 

A pesar de ello, también se podría evitar hablar de esta película si fuera simplemente una obra más -aunque cinematográficamente bien hecha- realizada para desacreditar a la Iglesia católica, protagonizada por cardenales dedicados sólo a tramas de poder o con pesados esqueletos en el armario. Cosas ya vistas, se podría argumentar.

 

En realidad, la Operación Cónclave es mucho más enrevesada e inquietante. Eso sí, los ingredientes del thriller vaticano están todos ahí: empezando por la banda sonora, digna de una película de Dario Argento, que desde las primeras escenas acompaña las acciones más ordinarias y obvias tras la muerte de un Papa, dando la impresión de estar presenciando quién sabe qué fechoría. Tampoco faltan los escándalos que van surgiendo poco a poco mientras se desarrolla el Cónclave y que, obviamente, permanecen encerrados en las salas secretas: el cardenal africano con un hijo y el canadiense que conspira y soborna a otros cardenales para conseguir su voto. Luego están los dos frentes opuestos, progresistas y tradicionalistas, estrictamente occidentales, evidentemente enzarzados en una simple lucha de poder. Todo ello aderezado, en los raros discursos importantes, con un lenguaje políticamente correcto: sobre todo la homilía de la misa que introduce el cónclave, cuando el cardenal Lawrence, el decano que hace de guía en el desarrollo de la película, pronuncia un elogio de la duda contra toda certeza. Duda que expresa sus propios sentimientos en un momento de crisis de fe.

 

Hasta llegar al epílogo en el que, habiendo sido aniquilados por el escándalo todos los principales candidatos, el joven cardenal, procedente de los suburbios, consigue los votos para el papado en virtud de un banal discurso sobre los pobres y las guerras. Pero que, sin embargo, esconde el secreto de una naturaleza sexual que se intuye intersexual, aunque la descripción que se hace de él sea de fantasía-anatomía. Al final, el nuevo Papa, con toda su ambigüedad e incluso banalidad, emerge como la única figura verdaderamente positiva del Sacro Colegio, un hombre-mujer que, en virtud de esta naturaleza, tiene la mansedumbre y la propensión al diálogo –contra la arrogancia y la violencia de los machos tóxicos- que la Iglesia y el mundo necesitan.

 

En resumen, un argumento, si se quiere, ni siquiera demasiado original. ¿Qué es, pues, lo inquietante de esta película? Durante el anterior pontificado una obra así habría sido considerada como de “reli-ficción”, como lo fue en su momento El Código Da Vinci por poner un ejemplo. Sin embargo, durante el actual pontificado parece dramáticamente realista. Los discursos de los cardenales en la película, que carecen de toda referencia concreta a las razones de la fe, son terriblemente parecidos a los que se oyen en boca de muchos prelados hoy, incluyendo el elogio de la duda, “la Iglesia no es tradición”, etcétera. De hecho, se oyen y se ven cosas mucho peores en la realidad.

 

Ante un obispo que promueve una exposición blasfema y otro que acepta comer fast food en la iglesia con la justificación de que “Jesús lo aprobaría”, ¿qué importancia tiene un cardenal que vive obsesionado con la posibilidad de que el candidato tradicionalista se convierta en Papa?

 

Para ser sinceros, la realidad ejemplificada por los hechos citados al principio del artículo ya va por delante de lo que vemos en la película. Hasta el punto de que la elección de un cardenal intersexual o incluso transexual como papa, hoy en día –después del pontificado actual- ya no es fantasía-religión.

 

El primer pensamiento que viene a la mente al salir del cine es, en efecto, que hoy este epílogo sería dramáticamente posible. Es más, cabe preguntarse si no habrá ocurrido ya que algún sacerdote u obispo se encuentre exactamente en esta condición. Recordemos que ya hace tres años, la diócesis de Turín aceptó impartir el sacramento de la confirmación con el nuevo nombre y género de una mujer que se había “convertido” en hombre; y estamos seguros de que en otras partes del mundo occidental ya no hay escándalo por casos semejantes. La creciente presión para aceptar candidatos homosexuales al sacerdocio en los seminarios va en la misma dirección.

 

En la película, el Papa fallecido se entera de la situación del obispo intersexual y a pesar de ello lo nombra cardenal diciéndole “Adelante”. ¿No es ésta una situación con la que estamos familiarizados? ¿Acaso no hemos visto en los últimos años las brillantes carreras de figuras abiertamente pro-LGBT como el ya mencionado cardenal Cupich o el cardenal Robert W. McElroy, ascendido precisamente en las últimas semanas a arzobispo de Washington?

 

Al fin y al cabo, Cónclave actúa como caja de resonancia de aquellos que trabajan por la destrucción de la Iglesia, lo que hace que un epílogo como el de la película resulte familiar y aceptable para un amplio público, incluidos los católicos.

miércoles, 22 de enero de 2025

CARDENAL SARAH


“Un proyecto diabólico contra la Misa en latín”

 

Robert Sarah

 

Brújula cotidiana, 22-1-25

 

El lunes 20 de enero, el Teatro Guanella de Milán ha acogido la presentación del último libro del cardenal Robert Sarah, “Dio esiste?” (Cantagalli), en el que el Prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos responde a una serie de preguntas sobre la existencia y la presencia de Dios en nuestras vidas.

 

El acto ha sido organizado por la Brújula Cotidiana y por la Bussola Mensile. Publicamos a continuación amplios extractos de la lectio que el cardenal ha pronunciado en dicha ocasión.

 

***

 

La oración es una mirada silenciosa, contemplativa y amorosa dirigida hacia Dios. Orar es mirar a Dios y dejarse mirar por Dios. Así nos lo enseña el campesino de Ars. El Cura de Ars, asombrado de verle regularmente y todos los días de rodillas y en silencio ante el Santísimo Sacramento, le preguntó: “Amigo mío, ¿qué haces aquí?”. Y él respondió: “Je l'avise et il m'avise” (¡Yo le miro y Él me mira!).

 

El entonces cardenal Ratzinger, en la homilía de la Missa pro eligendo Romano Pontifice, dijo: “Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se tacha a menudo de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar ‘de aquí para allá por todos los vientos de la doctrina’, parece ser la única actitud acorde con los tiempos actuales. Se está configurando una dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como medida última el yo y sus apetencias. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. Una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad no es adulta; adulta y madura es una fe profundamente enraizada en la amistad con Cristo”. ¡Qué dramática actualidad tiene este texto del cardenal Joseph Ratzinger!

 

La tarea más urgente es recuperar el sentido de la adoración y de la postración con fe y asombro ante el misterio de Dios. Como los Magos que “se postraron adorándole”. La pérdida del valor religioso de arrodillarse y del sentido de adoración a Dios es el origen de todos los incendios y crisis que sacuden al mundo y a la Iglesia, de la inquietud e insatisfacción que vemos en nuestra sociedad. ¡Necesitamos adoradores! El mundo se muere por falta de adoradores. La Iglesia se está arideciendo porque le faltan adoradores. Este es el lugar primero y privilegiado del diálogo con Dios: el Sagrario, su presencia en medio de nosotros.

 

Por esta misma razón, la Santa Misa es como una cita necesaria y vital con Cristo. La Eucaristía es la fuente de la misión de la Iglesia; las celebraciones sagradas y hermosas para gloria de Dios y santificación del pueblo, son fundamentales para fomentar la confianza con Él, esa intimidad divina que anhela nuestra existencia. Por esto mismo, la Santa Misa celebrada en las lenguas nacionales no debe perder nunca el sentido de lo sagrado y no debe traicionar nunca la palabra del Señor Jesús. La Santa Misa no es una reunión social para celebrarnos a nosotros mismos y nuestras hazañas, no es un despliegue cultural, sino el recuerdo de la muerte y resurrección del Señor que, desde hace siglos, la Iglesia siempre celebra. (...)

 

Somos inmensamente más dichosos que el profeta Isaías: él rogaba que Dios rasgara los cielos y descendiera (cf. Is 63,19), nosotros lo contemplamos en medio de nosotros. El rey David se preguntaba de dónde llegaría la ayuda (cf. Sal 121), nosotros sabemos que nuestra ayuda está en el Señor Jesús. Toda la tradición de la Iglesia enseña que Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, es el único salvador de la humanidad, y que en ningún otro hay salvación. Quien, fuera de los límites visibles del cristianismo, llega a la salvación, llega a ella siempre y sólo por los méritos de Cristo en la Cruz y no sin alguna mediación de la Iglesia.

 

Estas verdades centrales de la fe cristiana han sido reafirmadas recientemente (porque era evidente la necesidad de hacerlo) por dos documentos fundamentales: la Encíclica Redemptor hominis de san Juan Pablo II de marzo de 1978 y la Declaración Dominus Iesus del Jubileo del año 2000.

 

Son dos documentos fundamentales del Magisterio de la Iglesia: el primero es aquel con el que san Juan Pablo II abrió su propio pontificado, comprometiendo en él toda su credibilidad y la de la Iglesia -casi el programa del pontificado- y resumiendo lo que la propia Iglesia ha madurado a lo largo de los siglos, como conciencia de sí misma y de su propia tarea; el otro, emitido por la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger, con la aprobación especial de San Juan Pablo II, representa el fundamento del diálogo ecuménico, en la verdad, porque sin verdad no puede haber diálogo. (...)

 

La Iglesia católica es “el lugar donde se encuentran todas las verdades”, escribió el gran Chesterton, hace casi cien años, descubriendo que la religión más antigua resulta ser sorprendentemente la más nueva, más nueva incluso que las llamadas nuevas religiones -como el protestantismo, el socialismo o el espiritualismo- porque, a diferencia de ellas, la tradición y la verdad católicas conservan intacta su validez desde hace dos mil años.

 

La respuesta a todas las preguntas que todo hombre se hace se encuentra en el cristianismo, la única respuesta posible a esa aspiración a lo Verdadero, a lo Bueno, a lo Bello, a lo Justo, que habita en el corazón de cada uno de nosotros, es Cristo. (...)

 

Habiendo abandonado a Dios, se ha impuesto la convicción de que el liberalismo moral conduce al progreso de la civilización. En cambio, la observación de la realidad muestra cómo este supuesto progreso es, en realidad, una decadencia moral y antropológica, una nueva forma de paganismo que ha desacralizado al hombre y sus relaciones: pretende incluso establecer quién tiene derecho a vivir, y pagan el precio los más frágiles: el hombre en el seno materno, los ancianos, los discapacitados y, por último, todos los abandonados, convencidos de que son una carga para la sociedad, para sus amigos e incluso para su propia familia.

 

La Iglesia, visceralmente preocupada por salvar al hombre integral en su cuerpo y en su alma, siempre ha tenido como prioridad la evangelización, la educación a través de las escuelas, y la salud humana abriendo dispensarios y hospitales. En esta defensa del hombre, de la sacralidad de su vida, no podemos permitir que los poderes de este mundo, tanto si se expresan como gobiernos nacionales o supranacionales (pensemos en la ONU y sus ramificaciones; en pactos militares de defensa que luego se convierten en ofensivos) dicten agendas utilitarias e inhumanas. Desconfiemos de la nueva ética globalista promovida por la ONU; ¡desconfiemos de la ideología de género! (...)

 

¿Por qué querer cambiar la propia naturaleza? ¿Por qué violarla manipulándola? ¿Por qué querer cambiar de sexo mutilando inútilmente un cuerpo creado, querido, por Dios? No debemos mutilarnos para realizarnos según nuestros sentimientos o tendencias, de un modo distinto al que Dios ha hecho de nosotros. Nos creó a su imagen y semejanza, varón y hembra nos creó (cf. Gn 1,27). Nos destruimos a nosotros mismos si queremos negar o rechazar haber nacido varón y mujer, decidiendo mutilar nuestra naturaleza de hombres o mujeres. Por el contrario, debemos entrar en la lógica de acoger la naturaleza, nuestra propia naturaleza, como un don, como un regalo gratuito del Creador que nos revela algún fragmento de su infinita sabiduría. (...)

 

La Eucaristía es el Sacramento más vital. Es la vida de nuestra vida. El don más precioso que hemos heredado. Y una herencia se conserva, ¡no se puede disipar!

 

“En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura. Lo que era sagrado para las generaciones anteriores, sigue siendo sagrado y grande también para nosotros, y no se puede prohibir de repente o incluso juzgado perjudicial. Es bueno para todos nosotros conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia, y darles el lugar que les corresponde” (Benedicto XVI). Por todo esto, el hecho de que se plantee acabar definitivamente con la Misa tridentina tradicional, es decir, un rito que se remonta a san Gregorio Magno, una liturgia que tiene 1.600 años, una Misa que han celebrado tantos santos: san Padre Pío, san Felipe Neri, san Juan María Vianney (el Cura de Ars), san Francisco de Sales, san Josemaría Escrivá, etc. Y remontándonos hasta el Papa Gregorio Magno (590-604) e incluso hasta el Papa San Dámaso (366-384). Este proyecto, si es real, me parece un insulto a la historia de la Iglesia y a la Santa Tradición, un proyecto diabólico que querría romper con la Iglesia de Cristo, de los Apóstoles y de los Santos.

 

El Papa Benedicto XVI nos recuerda que “el Concilio Vaticano I no definió en absoluto al Papa como monarca absoluto, sino, al contrario, como garante de la obediencia a la Palabra transmitida: su autoridad está ligada a la tradición de la fe: esto vale también en el ámbito de la Liturgia. No está ‘hecha’ por un aparato burocrático. Incluso el Papa sólo puede ser un humilde servidor de su correcto desarrollo y de su permanente integridad e identidad... La autoridad del Papa no es ilimitada; está al servicio de la Sagrada Tradición”.EVENTO BRÚJULA COTIDIANA


El proyecto de cancelar la Misa Tridentina es “un insulto a la historia de la Iglesia”. Benedicto XVI ya recordó que “el Concilio Vaticano I no definió en absoluto al Papa como un monarca absoluto”. No al indiferentismo: “Quien llega a la salvación fuera de los límites visibles del cristianismo llega a ella siempre y sólo por los méritos de Cristo en la Cruz y no sin una cierta mediación de la Iglesia”. Éstas y otras son las palabras del cardenal Robert Sarah en la presentación, organizada por la Brújula Cotidiana, de su libro “Dio esiste?”.