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miércoles, 18 de diciembre de 2019

REAL DIMENSIÓN DE UN PROBLEMA


Para confirmar lo expresado en la entrada anterior de este blog, conviene tener en cuenta datos concretos:

Según Mons. Charles Scicluma, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ese organismo ha recibido desde las diferentes diócesis del mundo, entre 2001 y 2010, denuncias sobre unos 3.000 sacerdotes por abusos.

Considerando que el total de clérigos es de 440.000 y que solo el 0,067 % de los casos implica pedofilia, el grave problema involucra a 295 personas consagradas; cifra muy alejada de las que suelen mencionarse para denigrar a la Iglesia Católica.

(Fuente: La Nación, 18-12-19)

lunes, 26 de agosto de 2019

VÍCTIMAS DE FALSAS VÍCTIMAS




 Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Católicos on line, agosto 2019

El miércoles me desperté con la noticia de que el tribunal que juzgaba la apelación del cardenal Pell, había fallado en contra de él y había sido de nuevo encarcelado. Una profunda sensación de disgusto y de malestar me invadió, no sólo por el cardenal sino también por la propia Iglesia. Luego leí el voto particular del juez que había apoyado la inocencia del cardenal (fueron dos contra uno) y me di cuenta de que yo no era el único en considerar totalmente imposible que Pell hubiera cometido dicha fechoría.

Incluso los dos jueces que fallaron en contra, reconocieron que el jurado podía haber tenido dudas ante las dificultades de credibilidad que presentaba la denuncia, pero no consideraron -como sí hizo el otro juez- que esas dudas eran obligatorias, sino sólo posibles. Curiosamente, uno de los principios básicos de toda condena es que se produzca dejando de lado toda duda razonable, lo cual fue obviado por los dos jueces que rechazaron la apelación del cardenal.

Luego recordé que, días antes, el actual arzobispo de Melbourne (Pell ocupaba ese cargo cuando supuestamente ocurrieron los hechos) había declarado que estaba dispuesto a ir a la cárcel antes de romper el secreto de confesión. Eso se debía a que el Estado de Victoria -cuya capital es Melbourne- ha publicado una ley que obliga a los sacerdotes a informar de los abusos a menores cuando sepan de ellos en el confesonario. Es decir, que el Estado australiano en el que se juzga al cardenal Pell es el más agresivo contra la Iglesia y eso creo que ayuda a entender el por qué del veredicto de los jueces.

Después de eso me enteré del comunicado del Vaticano a propósito de la sentencia. Seguía apoyando a Pell y reivindicaba su inocencia, recordando que aún tiene la posibilidad de apelar al Tribunal Supremo. Si no hubiera sido así, si no hubiera creído la versión del cardenal, tendría que haber puesto en marcha de forma inmediata el proceso administrativo que hubiera reducido al cardenal al estado laical. Agradezco profundamente al Papa Francisco que esté dando su apoyo al cardenal australiano en un momento tan difícil para él. Es algo que le honra y no me parece que se trate de hacerle un favor a un amigo, sino de reconocer que la acusación es absurda como, por otra parte, ha dicho también el arzobispo de Melbourne.

Pero no todo ha sido el “caso Pell” esta semana. El mismo día, el miércoles, se supo que el obispo más anciano del mundo, con 103 años, el chileno Bernardino Piñera, había sido denunciado por una supuesta víctima de un abuso que, supuestamente, ocurrió hace más de cincuenta años. Y más: el fiscal del Estado de Nueva York ha pedido que se aplique a la diócesis de Búfalo el mismo criterio de investigación que se aplica a las organizaciones criminales mafiosas, por no haber denunciado a tiempo los abusos de sacerdotes. Y por si fuera poco otro obispo norteamericano, el de Charleston, ha sido denunciado por un supuesto abuso que habría cometido hace cuarenta años.

Todo esto es como un conjunto de puntos que, unidos, forma una línea que va en una dirección: destruir a la Iglesia a base de minar su credibilidad y arruinarla económicamente. Pero junto a la Iglesia, está siendo destruido un principio jurídico básico: el de la presunción de inocencia. Ambos, la Iglesia y la Justicia, están siendo por igual víctimas y posiblemente a manos de los mismos. ¿De verdad se puede acusar a alguien por algo que, supuestamente, cometió hace decenas de años y de lo que no hay ninguna prueba, como es el caso levantado contra el anciano obispo chileno? La aceptación de las denuncias de adultos que alegaban haber sido molestados cuando eran menores, se basaba en la necesidad de darles la oportunidad de que se les hiciera justicia dando por supuesto que no podía haber pruebas de aquello de lo que acusaban y de que habían quedado tan traumatizados que tardaron muchos años en poder decir públicamente lo que les había sucedido. Ese argumento tiene valor y debe seguir teniéndolo, pero hay que reconocer que puede ser utilizado con otros motivos distintos de la búsqueda de justicia y por personas que no han sido agraviadas en absoluto. Esto es aún más evidente cuando los denunciantes eran mayores de edad en el momento del supuesto agravio, como puede estar pasando con la cantante que denuncia al tenor Plácido Domingo.

Creo que es hora de encontrar un equilibrio entre la protección a las víctimas y la protección de los que pueden estar siendo acusados en falso. Y es hora de encontrarlo por el bien de las personas afectadas -cuyo honor y cuya vida puede quedar destruida para siempre aun siendo inocentes-, por el bien de la institución que está siendo más atacada -la Iglesia- y por el bien del mismo concepto de Justicia. Hoy ya no existe la presunción de inocencia. Hoy ya no se exige al que acusa presentar la carga de la prueba. Basta con acusar para ser creído y para que aquel al que es acusado quede manchado para siempre o incluso -como el cardenal Pell- sea enviado a la cárcel. Como escribía el otro día un amigo mío, ¿y si mañana un loco dice que el Santo Padre le tocó indebidamente hace cuarenta años, vamos a meter en la cárcel al Papa?

martes, 4 de septiembre de 2018

NO HAY CURAS HOMOSEXUALES




" Hay homosexuales curas".

La pedofilia homosexual en la Iglesia. Sermón


P. Javier Olivera Ravasi

Infocatólica,  el 3.09.18

Durante el siglo VI, los bárbaros comenzaron a ingresar en la Iglesia, con sus bondades y sus vicios. El ite et docete se estaba dando; faltaba acristianarlos y hacer que el Evangelio empapara la vida de los hombres.
Durante el siglo X, llamado el siglo de hierro, las costumbres en la Iglesia se habían vuelto insostenibles en ciertos ambientes, incluso en el propio clero. Fue entonces cuando un hombre extraordinario, originario de Ravena, Italia, surgió como una luminaria feroz: San Pedro Damián, monje benedictino que llegó a ser cardenal de la Iglesia y martillo de herejes.

Por entonces, decía:
“Ha arraigado entre nosotros cierto vicio sumamente asqueroso y repugnante. Si no se lo extirpa cuanto antes con mano dura, está claro que la espada de la cólera divina asestará sus golpes, de un momento a otro, para la perdición de muchos (…). El pecado contra natura repta como un cangrejo hasta alcanzar a los sacerdotes[1].

La Iglesia necesitaba de una reforma. Y así lo hizo; con el tiempo, San Pedro Damián se convirtió incluso en doctor de la Iglesia.

*    *    *
Pero analicemos ahora brevemente lo que pasa en la actualidad.
En los últimos años y como una oleada devastadora que ahora sale de nuevo a la luz, varios casos de abusos sexuales han surgido entre los sacerdotes católicos. Y, con toda verdad, hay que denunciarlos y repudiar este pus de la Iglesia, sin negar la realidad.

Pero también, para mantenernos firmes y dignos, es necesario recordar ciertas  verdades que, por ser política o eclesialmente incorrectas, simplemente no se dicen.
Brevitatis causae enunciaremos sólo tres de ellas.

1) La homosexualidad ¿es una enfermedad o una perversión?
Si alguien dijese hoy que la sodomía es una enfermedad, sería rápidamente lapidado por la inquisición “progre”. El mismo Catecismo hace una salvedad a tratar de ella; sin embargo, hasta hace pocos años, el Manual de Diagnóstico de los trastornos mentales (algo así como la “biblia” de los psiquiatras) la tenía entre las “enfermedades mentales”; fue recién luego de 1973 que, por la presión del lobby gay, la Asociación Psiquiátrica Americana la reclasificó como un “trastorno”: la disforia de género.

Esta verdad hoy “pasada de moda”, hace apenas unos días salió de la boca del mismísimo Francisco en una de esas entrevistas aéreas que gusta dar. Tan eclesialmente incorrecta fue la frase que el obispo de Roma fue censurado por la Oficina de prensa del Vaticano en su publicación oficial escrita…
Es que, hay verdades y verdades…

Pero, ¿qué dice la Biblia sobre el tema? Veamos sólo tres citas:
(Lev 18,22): “No te acuestes con un hombre como si te acostaras con una mujer. Eso es un acto infame”.

(Rm 1,26-27): “Por eso, Dios los ha abandonado a pasiones vergonzosas. Incluso sus mujeres han cambiado las relaciones naturales por las que van contra naturaleza; y, de la misma manera, los hombres han dejado sus relaciones naturales con la mujer y arden en malos deseos los unos por los otros. Hombres con hombres cometen actos vergonzosos y sufren en su propio cuerpo el castigo de su perversión”.

(1 Cor 6,9-10): “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”.

Muy bien… pero entonces… ¿En qué quedamos? ¿Es una enfermedad o es una perversión? Una vez le preguntaron esto a un político argentino quien, en otras épocas, respondió
- “Si es una enfermedad, hay que curarla y si una perversión, hay que erradicarla”.

“Ahora… -dirá alguno- ¿qué tiene que ver todo esto con la pedofilia?”.
Pues acá vamos a la segunda verdad olvidada o silenciada.

2) La inmensa mayoría de los abusos sexuales de menores han sido abusos homosexuales
Sí; así de claro. Las estadísticas –incluso las últimas de USA– lo confirman. Los abusos sexuales cometidos por parte de algunos sacerdotes católicos, fueron abusos sodomíticos.

Es decir, y para ser claros: no hay sacerdotes homosexuales, sino homosexuales que “trabajan” de sacerdotes. Para que esta gente llegase al sacerdocio, debió de existir una pésima selección de los candidatos, pasando por alto las cuatro idoneidades el Código de Derecho Canónico ha exigido siempre para los candidatos a las órdenes sagradas: la idoneidad física, psíquica, moral e intelectual

Y en muchos casos, huelga decirlo, hubo una selección o promoción al revés…
Esto viene desde hace décadas, cosa que nos lleva a declarar la tercera verdad silenciada.

3) Hay una extraña relación entre los abusos litúrgico/doctrinales y los abusos sexuales
No queremos decir con esto –valga la aclaración de entrada– que sólo se han dado los casos en ambientes “progresistas”. 

No. La realidad siempre manda y el caso Maciel y los Legionarios de Cristo, Karadima y El Bosque, y Buela, con el Instituto del Verbo Encarnado, demuestran lo contrario, como escribimos al redactar Los “abusos sexuales de los buenos”. Es decir: la sodomía no es exclusiva de los “progres”, pero hay, sí, una relación entre progresismo y abuso homosexual. 

Veamos.
La Iglesia siempre ha sido enormemente delicada en el trato que sus ministros deben tener con el prójimo, varón o mujer; y esto no por jansenista, sino porque sabe que en el hombre (en todo hombre) el pecado original ha dejado marcas. Esta es la razón –entre otras– por la cual existían rejillas en los antiguos confesionarios.

En la vida del genial San Juan Bosco, patrono de la juventud, se lee:
«Con sus mismos alumnos, que tanto le querían y a quienes él correspondía con amor paterno, mantenía siempre un aspecto reservado y digno y nunca se permitió zalamerías de ningún género como besarlos o abrazarlos. A lo sumo, para demostrarles su satisfacción por la buena conducta, ponía un instante su mano sobre el hombro o sobre la cabeza o golpeaba ligeramente su mejilla, acompañando siempre esta caricia con un oportuno consejo (…). 

Formaba a los clérigos asistentes semejantes a él. Les llamaba la atención si advertía que tenían demasiada familiaridad con los alumnos. No permitía que los asieran de la mano, que los dejaran entrar en sus celdas, ni que anduvieran en los dormitorios entre cama y cama, salvo el caso de grave necesidad. Quería que todo entretenimiento o conversación se tuviera en presencia de todos, y bajo ningún pretexto en lugares apartados. Les advertía que en sus gestos, escritos y palabras no hubiese nada que, ni de lejos, ofreciera dudas sobre su virtud”[2].

Es decir: siempre la Iglesia intentó ser extremadamente cuidadosa. La pregunta entonces es obligada ¿cómo pudo ser que tantos hombres de Dios (obispos o cardenales incluidos) hayan caído en el pecado nefando en los últimos años? Quizás podamos arriesgar una respuesta y es esta.
Antiguamente, el sacerdote era un hombre consagrado al sobrio y estricto servicio del altar. Con los vertiginosos cambios del mundo moderno y la nueva liturgia que se impuso de modo abrupta a inorgánicamente luego del Concilio Vaticano II, el sacerdote no tardó en convertirse, poco a poco, en el centro de la “asamblea” y su anfitrión mayor (la misma postura de mirar al pueblo en vez de mirar a Dios en la Santa Misa, ya dice mucho).

Despojado muchas veces de las rúbricas litúrgicas y librado a la libertad de la predicación sin sanciones concretas, los abusos doctrinales y las innovaciones en las misas, llegaron a convertirse en hábitos, es decir, en algo-que-se-tiene-como-propio. Y acá va la pregunta: si no se respetaban las cosas divinas, ¿por qué deberían respetarse las terrenales? Hay quienes llegan incluso más lejos diciendo: “los abusos sexuales cometidos por clérigos están relacionados con los abusos litúrgicos, y la perversión sexual es reflejo de la perversión litúrgica”.

No lo sabemos con certeza. Lo cierto es que, el planteo no resulta irracional. Los abusos perpetrados contra la liturgia y los sacramentos son de los mayores delitos que se pueda cometer contra Dios. Si lo más grande y más santo que existe no merece la máxima veneración, ¿cómo va a serlo nuestro prójimo?

“Si no somos capaces de tratar con respeto el Cuerpo de Nuestro Señor y Salvador, ¿cómo vamos a respetar el cuerpo del prójimo? (…). Cuando la Misa se echa a perder, todo lo demás se estropea también (…). No es casual que el papa (Benedicto) que se está encargando de limpiar la Iglesia de abusos esté también empeñado en limpiar la liturgia. Si no somos capaces de respetar a Dios, no nos respetaremos unos a otros”[3].

*    *    *
Hasta aquí entonces las reflexiones.

¿Qué hacer ante todo esto?
De nuestra parte, penitencia, oración y reparación; sabiendo que, desde el principio, el trigo y la cizaña están mezclados aquí abajo.

Saber que, con esto, aunque se ha exagerado hasta el cansancio para afear el rostro de la Esposa de Cristo, hay casos probados y ciertos que debemos rechazar con todas nuestras fuerzas, condenándolos sin justificativos; éste será un signo de credibilidad.

Promover una verdadera reforma de la Iglesia, desde la verdad y la castidad, sin puritanismos ni laxismos.
Si todo esto es una gran purificación de la Iglesia, entonces pasará.
Y si es un signo del fin de los tiempos, a levantar las cabezas, que está pronta nuestra liberación.

Que no te la cuenten…
P. Javier Olivera Ravasi

[1] San Pedro Damián, Tratados (Vol II), Tratado VII: Liber gomorrhianus, traducción y notas de José-Fernando Rey Ballesteros, edición Kindle 2017, 20.
[2] Jean Baptiste Lemoyne, Memorias biográficas.