jueves, 26 de septiembre de 2024

POR QUÉ NO SOY SEDEVACANTISTA


Alonso Pinto

Infocatolica,  26/09/24

 

Si un Papa yerra, ya sea en sus declaraciones o en sus actos, tengo por costumbre actuar de la siguiente manera: en primer lugar reconozco ese error como tal, no intento darle interpretaciones forzadas ni retorcer la evidencia, sino que lo denuncio y llamo como testigos a los Padres de la Iglesia, a los santos, a los Doctores, a los Papas anteriores, para oponer la verdad al error. En esta primera etapa me gano la simpatía de los sedevacantistas, que acuden para felicitarme y darme palmaditas en la espalda, pero por otro lado enfurezco a los papólatras. Esta situación, sin embargo, dura poco tiempo, porque en segundo lugar sostengo que ningún error de un ministro de la Iglesia, sea el de un sacerdote desconocido que oficia en una pequeña parroquia de los suburbios, sea el del mismísimo Vicario de Cristo en la tierra, puede justificar el abandono de la Iglesia visible. En esta segunda etapa las tornas se cambian: me gano la simpatía de los papólatras, pero enfurezco a los sedevacantistas. Hace tiempo que me he resignado a esta alternancia, para mí es como la salida y la puesta del sol.

 

Pero en esta ocasión me gustaría explicar por qué no soy sedevacantista, dejar clara la razón por la que, pese a poder admitir sin reservas los errores y ambigüedades doctrinales de un Papa, no puedo sin embargo unirme a aquellos que deslegitiman su pontificado.

 

Para aclarar la cuestión, debo indicar en primer lugar que mi postura no se fundamenta en la cuestión de hecho, a saber, si la Sede está realmente vacante o no lo está. Es en efecto posible –y estoy dispuesto a considerarlo tan probable como se quiera– que en el futuro la Iglesia católica decrete esa vacancia y constate la ilegitimidad de los pontificados que se han sucedido desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, pero ni siquiera entonces se podría decir que me había equivocado, pues de antemano había confesado que ese hecho era posible, sólo que no me parecía un criterio firme para adelantarme a la decisión de la Iglesia visible. Mi postura se fundamenta en la completa seguridad de que Dios no puede reprochar a ningún católico el que a pesar de los errores doctrinales de sus gobernantes temporales haya permanecido en comunión con la Iglesia visible y recibido sus sacramentos (siempre que él mismo no haya admitido esos errores en su vida), mientras que, incluso si llega a ser cierto que los errores doctrinales de la jerarquía son tales como para deslegitimar los pontificados que se aducen, los sedevacantistas se exponen a un peligro infinito, pues no se trata de acertar en la cuestión de hecho, como si nuestra vida fuera un concurso de televisión en el que Dios nos recompensara con la eterna felicidad si acertamos la pregunta, sino que se trata de acertar en la cuestión de fe, aun si para ello hay que renunciar a tener razón en un punto concreto.

 

Se puede aplicar a esta cuestión la famosa Apuesta de Pascal. El argumento, muy resumido y por lo tanto simplificado, es el siguiente: quien cree en Dios, en caso de que Él exista, tendrá una ganancia infinita, mientras que si no existe no perderá nada por haber creído. En cambio, quien no cree en Dios, en caso de que Él exista tendrá una pérdida infinita, y en caso de que no exista no ganará nada por no haber creído. Por lo tanto, lo más razonable es creer, ya que en en el peor de los casos no se pierde nada, y en el mejor de los casos la ganancia es infinita.

 

Veamos qué consecuencias tiene esto aplicado al caso del sedevacantismo. En primer lugar, supongamos que la Sede está vacante; supongamos que, como dicen los sedevacantistas, desde Juan XXIII hasta Francisco todos los Papas han sido ilegítimos. En ese caso, respecto a la cuestión de hecho, los sedevacantistas habrían tenido razón, pero, ¿estarían libres de reproche a los ojos de Dios? ¿No les podría reprender la impaciencia que mostraron al adelantarse a la decisión de la Iglesia visible? Bien, la Sede estaba en efecto vacante, pero, ¿por qué adelantarse al tiempo que Dios había dispuesto para comunicarlo al cuerpo de todos los fieles esparcidos por todo el mundo? Los sedevacantistas habían dado tanta importancia a sus propias vidas que no podían consentir que la decisión quedara relegada al momento posterior a sus muertes, y así prefirieron anticiparse a los planes de Dios y dictar sentencia antes de tiempo. ¿Y de qué les había servido esa antelación? ¿Acaso creen que Dios les iba a salvar sólo a ellos y abandonar a todos aquellos católicos que por ignorancia en cuestiones teológicas o por pura candidez habían seguido recibiendo los sacramentos? ¿Creen que Dios iba a hacer depender la salvación eterna de cada hombre de una sutil cuestión teológica reservada a unos pocos versados en controversias eclesiales?

 

Incluso si era cierto que el ministerio humano era inválido, no tendrían que haber dejado de recibir los Sacramentos, pues con ello estaban supeditando la fe al cálculo, lo divino a lo humano, dando por hecho que Dios era incapaz de servirse de un ministerio invalido para hacer presente su gracia a todos los fieles que lo ignoraban. La cuestión de hecho externa, que la Sede estaba vacante, les habría ocultado la cuestión de hecho interna: que no tenían fe, precisamente porque no la habían sabido mantener en la prueba del hecho externo que la contrariaba. ¿No habría sido mejor para ellos, entonces, estar equivocados en relación a si el ministerio humano era legítimo, pero acertar en tener fe en la Iglesia visible a pesar de todos los errores humanos?

 

Demos por hecho que en el futuro, cuando los sedevacantistas actuales hayan muerto, la Iglesia invalide los pontificados que aquellos habían señalado. ¿De qué les servirá eso en el Día del Juicio? Allí no se les examinará de eclesiología, sino del amor. Podría decir el sedevacantista en su defensa: «al fin y al cabo tenía razón, pasó tal como yo dije, supe adelantarme a los acontecimientos». Pero, ¿acaso tendría eso algo que ver con el Juicio? ¿No sería como si alguien que está siendo juzgado por hurto basara su defensa en que adivinó qué tiempo haría el día siguiente? Dios podría responder: «ese hecho nada quita o añade a tu causa. ¿Acaso entre los diez Mandamientos conoces alguno que diga: tendrás razón en la cuestión de hecho? ¿Acaso lees en mis Escrituras: quien adivine si la Sede está vacante, será salvo? ¿Te revelé a través de la Tradición que tu salvación dependía de tu acierto o falta de acierto en esa materia? Por supuesto que no había que caer en los mismos errores que los pastores que me traicionaron, pero, ¿significaba eso acaso que debíais salir del redil? Bien podías mantenerte en él confiando en que era Yo quien te alimentaba, en que Yo te procuraría buenos pastos y eliminaría de ellos el veneno que habían introducido los malos pastores».

 

Por lo tanto, si bien el sedevacantista habrá tenido razón en un hecho aislado y temporal, se habrá equivocado en el hecho general y eterno, pues no habrá tenido la fe suficiente como para creer que Dios podía mantener la integridad de la Iglesia visible pese a la traición del ministerio humano. En esta apuesta, por consiguiente, el sedevacantista lo habrá arriesgado todo por la probabilidad de una ganancia que siempre había sido exigua o nula.

 

Ahora, continuando con la suposición de que la Sede haya estado realmente vacante, veamos qué pasaría con todos los fieles que no hubieran sabido advertir ese hecho, o que pese a advertirlo hubieran tenido la fe suficiente como para creer que Dios podía mantener la eficacia de sus Sacramentos incluso entre la corrupción de sus administradores. Porque, ¿acaso Dios, el mismo que inspiró al salmista para escribir «su pregón sale por toda la tierra, y sus palabras hasta los confines del orbe», iba a condenar a esos fieles por acudir a la llamada de la Iglesia visible, que resonaba en todo el mundo? ¿Acaso Dios, el mismo que inspiró al evangelista para escribir: «no puede estar oculta una ciudad situada en la cima de un monte, y no se enciende una candela para ponerla debajo del celemín», acaso Él iba a reprochar al católico el que hubiera seguido asistiendo a la Iglesia esparcida por toda la tierra y visible desde todos sus puntos? ¿Podría Dios, después de dejar claro en las Escrituras, y en dos mil años de historia, que la Iglesia es visible, condenar al católico que, sin caer en los errores de la jerarquía humana, sin embargo hubiera seguido vinculado a la Iglesia visible y recibido sus Santos Sacramentos? Al contrario, en ese caso la fe del católico habría quedado probada por las circunstancias más tentadoras, se habría mantenido en la verdad de la fe confiando en que Dios no podía defraudarle, en que su promesa era más fuerte que las adversidades. Ni para bien ni para mal habría puesto su confianza en los hombres, sino que su fe habría quedado en un estadio superior, imperturbable ante las vicisitudes de la historia, sin dar tanta importancia a su vida como para creer que Dios sólo tenía ese plazo para dirimir los asuntos de la Iglesia militante.

 

Ese católico lo habría encomendado todo a Dios, se habría conformado (aunque en este caso la palabra «conformar» es equívoca, pues se trata de la más alta exigencia) con hacer lo que la Revelación, por medio de la Tradición y las Escrituras, le había ordenado, sin dar demasiada relevancia a la cuestión de si el Papa era o no legítimo, puesto que lo relevante era si él conseguía mantener la fe en Dios hasta el punto de creer que nada más era relevante, incluso lo que humanamente sí lo es; puesto que lo importante era si confiaba en la Iglesia hasta el punto de creer que ningún error humano la despojaba de su misión, y que sus Sacramentos, por muy mal administrados que estuvieran, jamás perdían la eficacia que Dios les confería. Por tanto, en esta apuesta, y aun si la Santa Sede hubiera estado vacante, el católico que permaneció en la Iglesia visible no habría perdido nada.

 

Todavía queda, sin embargo, considerar la otra posibilidad, a saber, que la Sede no hubiera estado vacante, que los errores de sus dirigentes humanos no hubieran sido suficientes para invalidar sus ministerios. Pero respecto a esta posibilidad seremos mucho más breves, pues es evidente que en este caso el sedevacantista se vería en apuros en el Juicio Final, ya que ni siquiera tendría la cuestión de hecho de su parte, y habría abandonado la Iglesia visible por una conjetura que finalmente había resultado falsa. Estaría, pues, cerca de perder su felicidad eterna por una apuesta en la que no tenía nada que ganar, lo habría arriesgado todo por una hipótesis que de resultar verdadera no tenía ninguna repercusión en lo que respecta a su salvación. Por su parte, el católico que permaneció en la Iglesia visible, si bien debería dar cuenta de su vida y de sus pecados, como todo hombre, en lo que se refiere a la fidelidad a la Iglesia Dios no encontraría nada que reprocharle, de modo que en ese sentido habría ganado lo infinito en una apuesta donde lo peor que le podía pasar era no ganar nada.

 

Consideradas, pues, todas las posibilidades, aparece claro que el sedevacantista lo puede perder todo y no tiene nada que ganar, mientras el católico que permanece en la Iglesia visible lo puede ganar todo y no tiene nada que perder. La elección, pues, parece clara.

 

Pero ahora viene la decepción para los papólatras: puesto que la posibilidad de que la Sede esté vacante, por muy remota que le pueda parecer a un católico, debe ser tenida en cuenta, todo el que esté realmente interesado en su salvación deberá prestar atención a un punto que he procurado enfatizar en todo momento, y es que la ganancia sólo es segura si permanecemos fieles a la Tradición y a las Escrituras, si no las retorcemos para adaptarlas a un hombre, sea este quien sea, pues sólo entonces estaremos seguros de que, pase lo que pase y con independencia de la cuestión de hecho, Dios no tendrá nada que reprocharnos en ese aspecto. Una cosa es permanecer en la Iglesia visible, y otra muy distinta es que esa permanencia nos sirva de pretexto para desviarnos de la verdadera doctrina, que intentemos excusar nuestros pecados por la obediencia a una jerarquía que los cohonesta, pues en este caso somos mucho más culpables que los sedevacantistas, y nuestra salvación será menos probable que la de ellos.

 

No hay ninguna necesidad, por lo tanto, de formular interpretaciones rebuscadas e inverosímiles a las declaraciones erróneas de un Papa, de defender hasta lo histriónico aquellas afirmaciones en evidente contradicción con el Evangelio y la Tradición, procurando salvar siempre, con malabares dialécticos, un sentido ortodoxo que no es el que naturalmente se presenta cuando se escuchan. Eso es lo que hacen los papólatras, y el motivo por el que estoy tan alejado de ellos como de los propios sedevacantistas. Con esto me gano la antipatía de ambos, pero ya lo dije al principio: para mí es como la salida y la puesta del sol.

viernes, 20 de septiembre de 2024

EL VATICANO AUTORIZA MEDJUGORGE

 

 pero no menciona la sobrenaturalidad

 

Nico Spuntoni

Brújula cotidiana,  20_09_2024

 

Sí al culto y a las peregrinaciones, no a lo sobrenatural. Éste es el resumen de la esperada nota La Reina de la Paz redactada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe sobre Medjugorje. El antiguo Santo Oficio concede el nihil obstat, aprobado por el Papa, basándose en los numerosos frutos positivos de esta experiencia espiritual, pero no reconoce el carácter sobrenatural del fenómeno.

 

El criterio que inspira este nuevo documento es el mismo que Joseph Ratzinger expuso a Vittorio Messori en su Informe sobre la fe de 1985. Entonces, el futuro Benedicto XVI dijo sobre Medjugorje: “Uno de nuestros criterios es separar el aspecto de la verdadera o presunta ‘sobrenaturalidad’ de la aparición del de sus frutos espirituales. Las peregrinaciones del cristianismo primitivo se dirigían a lugares sobre los que nuestro espíritu crítico moderno se quedaría a veces perplejo en cuanto a la ‘verdad científica’ de la tradición vinculada a ellos. Esto no quita que aquellas peregrinaciones fueran fecundas, provechosas, importantes para la vida del pueblo cristiano. El problema no es tanto el de la hipercrítica moderna (que luego desemboca, entre otras cosas, en una forma de nueva credulidad) como el de evaluar la vitalidad y la ortodoxia de la vida religiosa que se desarrolla en torno a esos lugares”.

 

El cardenal prefecto Víctor Manuel Fernández, en la rueda de prensa de presentación de la nota, ha citado a Ratzinger y ha explicado que tanto el Dicasterio como Francisco han hecho suyo ese criterio a la hora de redactar y aprobar uno de los documentos más esperados de los últimos cuarenta años. Esto ya es noticia dentro de la noticia: el prefecto que llegó con el mandato de marcar una discontinuidad con el anterior método del Santo Oficio -calificado por Francisco en una carta como “a veces incluso inmoral”-, se ha apoyado en su antecesor más conocido para explicar al mundo el resultado del dossier más esperado.

 

La nota “La Reina de la Paz” ensalza los numerosos frutos de Medjugorje -“abundantes conversiones; frecuente retorno a la práctica sacramental (Eucaristía y reconciliación); numerosas vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa y matrimonial; profundización de la vida de fe; una práctica más intensa de la oración; numerosas reconciliaciones entre los esposos y la renovación de la vida matrimonial y familiar”- separándolos, sin embargo, del capítulo de los videntes. O más bien, como se ha empeñado en señalar Fernández en la conferencia, de los “supuestos videntes”.

 

Las conclusiones del documento, se dice en la Nota, “no implican un juicio sobre la vida moral de los presuntos videntes”. No sólo: el antiguo Santo Oficio ha puntualizado en el texto que los frutos positivos “se producen, principalmente, en el contexto de las peregrinaciones a los lugares de los hechos originales, más quedurante los encuentros con los 'videntes' para asistir a las presuntas apariciones”. Éstos, según la Nota, “ya no se deben percibir como mediadores centrales del 'fenómeno Medjugorje', en medio del cual el Espíritu Santo obra tantas cosas bellas y positivas”. En vista de ello, al conceder el nihil obstat al culto, la Santa Sede dijo que las personas que van a Medjugorje “se les debe orientar fuertemente a aceptar que las peregrinaciones no se hacen para encontrarse con supuestos videntes, sino para tener un encuentro con María, Reina de la Paz”. Un concepto reiterado en la conferencia por el Cardenal Prefecto que ha definido la relación con los supuestos videntes como “no aconsejable”.

 

Durante la rueda de prensa, sin embargo, Fernández ha defendido la experiencia de Medjugorje y la ortodoxia de los mensajes de la Reina de la Paz. Para el Cardenal Prefecto, “los supuestos mensajes no deben leerse como un texto magisterial o un catecismo, sino que hay que captar el núcleo que hay detrás de la imprecisión de las palabras”. Citando el ejemplo de santos como Juan de la Cruz, Catalina de Siena y Teresa de Lisieux, Fernández recordó que incluso sus textos son a veces teológicamente defectuosos y en el pasado les han valido también diversas acusaciones, incluso, para Teresina, de luteranismo. Los supuestos mensajes de la Reina de la Paz se caracterizan igualmente por un lenguaje accesible tras el que se esconde una “convicción muy católica”.

 

La propia Nota afirma: “La valoración positiva de la mayor parte de los mensajes de Medjugorje como textos edificantes no implica declarar que tengan un origen directamente sobrenatural”. Y admite que “algunos pocos mensajes se alejan de estos contenidos positivos y edificantes e incluso parece que llegan a contradecirlos”. Por este motivo, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha analizado la colección de mensajes y ha indicado las “aclaraciones necesarias” que se deben ofrecer a los fieles “para evitar que se comprometa este tesoro de Medjugorje”.

 

Fernández ha aclarado que no pueden aceptarse como revelaciones privadas porque no se reconoce la certeza de que sean mensajes de la Virgen, pero sí se consideran “textos edificantes capaces de estimular una bella experiencia espiritual”. La problemática de algunos de ellos, según la Nota, proviene de la insistencia en órdenes sobre fechas y asuntos ordinarios atribuidos a la Virgen y que, en cambio, “se explican únicamente a partir de los deseos de los presuntos videntes”. En su conferencia, Fernández ha hecho hincapié en este punto, afirmando que tales ejemplos serían la manifestación del “modelo de Virgen cartera que rechaza el Papa Francisco”.

 

Además, la Santa Sede se ha protegido estipulando que el Visitador Apostólico de carácter especial para la parroquia de Medjugorje “deberá verificar que, en toda publicación que recoja los mensajes, venga incluida la presente Nota como Introducción”. A la luz de las “necesarias aclaraciones” del documento, monseñor Aldo Cavalli deberá discernir los mensajes futuros o pasados que aún no han sido publicados.

 

En el discernimiento de los aspectos centrales de los mensajes, la Nota destaca también la caridad, que -se informa- permite “llevar la paz al mundo, implica también el amor hacia aquellos que no son católicos”.

 

Precisamente sobre este tema, hay que destacar las declaraciones de Fernández en la rueda de prensa que han tocado otro tema de actualidad: las críticas al Papa por sus palabras sobre las religiones en Singapur. De alguna manera, el Cardenal Prefecto “ha corregido” a Francisco explicando la Nota, pero probablemente pensando en la polémica suscitada durante su último viaje: “Esto no quiere decir que todas las religiones sean iguales ante Dios, ojo: no hay sincretismo ni relativismo, pero los hombres sí, todos son amados por Dios. No basta con pertenecer a la Iglesia católica para salvarse”.

lunes, 16 de septiembre de 2024

LA CORREDENCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

 

POR TOMÁS I. GONZÁLEZ PONDAL

La Prrensa, 15.09.2024

 

Hay distintos tipos de envenenamientos. Uno de ellos se llama crónico, y es aquél que no se produce de inmediato, sino que opera más lentamente, diríamos a largo plazo. Los especialistas en el tema afirman que se produce por bioacumulación, por caso, acumulación del gadolinio, del mercurio o del plomo.

 

El modernismo es algo así como un veneno crónico: opera lentamente, destruye lentamente hasta, finalmente, si no se pone un remedio, acaba por matar.

 

La cuestión de la “Corredención de María Santísima” ayudará a comprender y comprobar lo hasta aquí aseverado.

 

Pocos años atrás, el Papa Francisco lanzó un pensamiento de siembra y cosecha propia, afirmando que el único Redentor es Cristo, que María no es Corredentora (https://www.youtube.com/watch?v=tIYh-iZp9kA).

 

Francisco dijo textualmente que “María nos protege como Madre, no como diosa, no como corredentora. Es cierto que la piedad cristiana siempre le da títulos bonitos como un hijo se los da a la madre (…). Pero prestemos atención: las cosas que la Iglesia y los santos le dicen, las cosas bonitas, no quitan nada a la unicidad redentora de Cristo. Es Él el único redentor. Son expresiones de amor que un hijo dice a su madre a veces exageradas, pero sabemos que el amor nos lleva a hacer cosas exageradas.”

 

Así, en contra de lo que siempre se tuvo por una verdad de fe (esa es la nota), desde la catequesis papal dada en una Audiencia General el 24 de marzo del año 2021, se inoculó la moderna opinión de que “María no es Corredentora”.

 

LA TEOLOGIA

 

Que María es Corredentora no es simplemente algo de piedad cristiana, es algo de las más estricta y profunda teología. Que María es Corredentora no es un título exagerado fruto de un amor exagerado, es fruto de la realidad que implicó el misterio de la Salvación. No hay una sola cosa que digan los santos y mucho menos la Iglesia sobre María Santísima que sea una exageración. Ni una sola de las letanías con la que la Iglesia honra a la Bienaventurada Reina del Cielo es exagerada. Que Cristo es el Redentor del mundo es incuestionable, como incuestionable es que María Santísima es Corredentora.

 

Tristísimamente, no es de extrañar que quien niega que María sea Corredentora le rinda homenaje a la Pachamama.

 

Alguien podría decir que el hecho quedó allí, como perdido en el tiempo. Podría decirse: “Ya cayó en el olvido esa opinión, listo”. Pero no. Días atrás compartí con algunas personas unos hermosos textos que dan cuenta de la “Corredención”, textos que prueban la más fiel doctrina católica, y varios me salieron al paso cuestionando con: “eso no es dogma”, “no es así”.

 

Alguien manifestando ignorar el tema preguntó: “¿es dogma de fe?”. Y ahí está: tres años arriba, uno encuentra cómo influyó en la gente la oscurísima y dañina opinión que fuere volcada en el 2021 por el Pontífice aludido.

 

He comprobado lo siguiente: la gente ya casi no habla de “dogma de fe”, pues, entre las cosas que el modernismo quiso liquidar están los dogmas. Ahora, últimamente, con un documento titulado El obispo de Roma, aprobado por Francisco y que ha pasado bastante desapercibido, se ha pretendido reformular el Concilio Vaticano I, todo con aportes luteranos-metodistas-bautistas-ortodoxos y otras yerbas de análogas parcelas. Reformulación del Primado de Pedro, reformulación de la Infalibilidad. Nada queda en pie con el modernismo. No obstante ello, qué notable: para liquidar la doctrina católica de la Corredención de Nuestra Señora, ahí sí se sirven de que “eso no es así, no es dogma”. Y entonces muchos salen repitiendo “no es dogma, no es dogma”, y ya con eso tienen por descartado una verdad de fe bimilenaria.

 

Así, vemos los pasos del modernismo, al que no le importa las definiciones dogmáticas, pero cuando le conviene entra en tema para decir “en este caso no la hay”, y así pretender dejar fuera de camino lo que es una verdad de fe.

 

El modernismo detesta ser dogmático, salvo cuando se trata de liquidar la Tradición Católica. Pero como en definitiva ir contra la Tradición Católica siempre fue su guerra, aunque no lo diga, tiene bien arraigado su deseo de que sus propuestas sean adoradas como dogmas irrefutables.

 

EL ATAQUE

 

Por si alguien no lo ha advertido aún, el ataque a la Corrdención de María, no estriba en una suerte de gran dificultad u oscuridad teológica -y digo esto porque ya veo flotando sobre mi cabeza algunos “nubarrones negros” que pretenderán dar cabida a lo contrario-, sino, lisa y llanamente, porque el modernismo busca afanosamente congraciarse con quienes llama “sus hermanos protestantes”, y son estos los que no menos afanosamente se desviven por eliminar a la Bienaventurada Virgen María de su misión Corredentora.

 

En la enjundiosa, profunda y clarísima obra Teología de San José, el docto dominico Fray Bonifacio Llamera, disertando sobre la Corredención, expresa: “Es verdad de fe que la Santísima Virgen contribuyó a la redención humana, siendo hecha consorte con Cristo Redentor, es decir, compañera suya en nuestra reparación. Esto no admite discusión de los teólogos (…). Teólogos marianos ya habían proclamado esta doctrina, como San Juan Eudes, San Luis María Grignion de Monfort.

 

San Juan Eudes dice: ‘Desde el momento en que la bienaventurada Virgen prestó consentimiento a la encarnación del Hijo de Dios dentro de sus entrañas, contribuyó a la salvación de todos los elegidos (…).

 

San Luis María Grignion de Monfort: ‘Si Jesucristo, cabeza de los hombres, ha nacido de ella, de la Santísima Virgen María, los predestinados, que son miembros de esa cabeza, deben también nacer de ella por consecuencia necesaria. Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza, de otra suerte produciría un monstruo de la naturaleza” (ed. B.A.C., España, 1953, págs. 148 a 153).

 

SIETE RAZONES

 

Dicho lo anterior, agrego lo siguiente según reflexión personal. María Santísima es Corredentora por siete razones:

 

a. Por disposición de la adorabilísima Trinidad.

 

b. Por consentimiento expreso de ella.

 

c. Por razón de “fruto y árbol”.

 

d. Por razón de la herida del corazón.

 

e. Por razón de la entrega.

 

f. Por razón histórica.

 

g. Por razón de la palabra mariana.

 

a. En primer lugar y antes que nada, afirmo que la Virgen María es Corredentora por disposición de Dios. Él así lo ha querido, y punto. Él no quiso venir a este mundo sino era por medio de Su Madre. De modo que el Salvador dispuso traernos la salvación encarnándose en el purísimo vientre de María, y dispuso llevarnos a la salvación haciendo que nos valiésemos de María. La Reina Inmaculada está entonces ligada inconcusamente a nuestra salvación. Podemos ver dicha “disposición” recurriendo al Profeta Isaías: “Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel” (7, 14). Más claro que el agua: “el Señor mismo os dará una señal”. Él quiso entonces asociar a la Santísima Virgen a la obra Redentora.

 

b. En segundo lugar, la Inmaculada es Corredentora por consentimiento: Ella con su “Fiat” fue Puerta abierta para que ingresase a esta Tierra de llanto la Alegría absoluta, nuestra salvación. Su “Fiat” nos trajo la salvación, pues entonces, ¿en qué cabeza cabe negarle a la más hermosa de las criaturas salidas de la mano de la Trinidad el tener una misión Corredentora?

 

c. En tercer lugar, afirmé que la Bienaventurada Virgen María es Corredentora por razón de “fruto y árbol”. Santo Tomás de Aquino comparte bellísimamente con San Eusebio, lo siguiente: “se afirma que Cristo es fruto del vientre y así se refuta a Eutiqes. En efecto, todo fruto es de la misma naturaleza que la planta de donde procede. De donde se deduce que la Virgen es de la misma naturaleza que el segundo Adán, que quita el pecado del mundo (…). El mismo fruto nace de la misma sustancia del árbol” (Catena Aurea, Tomo IV, San Lucas, ed. Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1946, p. 26).

 

HERIDA Y ENTREGA

 

d. En cuarto lugar, dije, por razón de la herida del corazón. Cuando María Santísima y San José presentaron al Niño Dios en el templo conforme lo prescribía la ley judía, el anciano Simeón le dijo a ella: “a ti misma una espada te atravesará el corazón”. Asociación profética que vincula, entre otros dolores, la herida del Sagrado Corazón de María con la herida del Sagrado Corazón de Jesús causada por la lanzada que dio el soldado Longino, pues, a no dudarlo, la lanzada fue también espada que atravesó el Corazón Inmaculado de la Madre. Todo el Corazón de María fue todo Cristo, y como ninguna otra criatura pensante, la inteligencia, la voluntad, los sentimientos, todo en María fue Jesús: por eso lo que traspasó al Hijo traspasó a la Madre, lo que hirió al Hijo hirió a al Madre, lo que hizo sufrir al Hijo hizo sufrir a la Madre.

 

e. En quinto lugar, por razón de la entrega. Sabemos que cuando María Santísima estaba al pie de la Cruz, el Divino Crucificado la entregó por madre a San Juan, entrega en la que, conforme enseñanza católica, también nos la dio a nosotros por Madre para que le amemos y nos lleve a Cristo. De modo que, si Jesús mismo nos da a Su Madre para que nos conduzca a Él, de alguna manera, como se ve, la redención nos llega por ella. Luego, es Corredentora.

 

f. En sexto lugar, por razón histórica. Si, como dice la Iglesia y festejan los santos, fue por medio de Eva que Adán pecó y así entró el mal en el mundo, y fue por medio de María que nos vino el Redentor y la redención, no encuentro nada más justo que declarar a la Inmaculada como Corredentora. Comenta Santo Tomás en su Catena Aurea: “Bendita eres entre las mujeres, a saber una sola entre todas las mujeres; para que también sean bendecidas en ti las mujeres como los hombres serán bendecidos en tu Hijo, o más bien en los dos unos y otros: porque así como por medio de una mujer y un hombre entraron en el mundo el pecado y la tristeza, así ahora por una mujer y por un hombre vuelven la bendición y la alegría y se derraman sobre todos” (Tomo IV, San Lucas, ed. Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1946, págs. 16 y 17). Clarísimo, ¿no? “Por una mujer y por un hombre vuelven la bendición y la alegría”. Luego, María es Corredentora.

 

g. En séptimo lugar, por razón de la palabra mariana. ¿Qué es esto? La misma Santísima Virgen María ha dicho en el Magnificat movida por el Espíritu Santo: “Porque me ha hecho grandes cosas, el que es poderoso y santo el nombre”. Sí, amadísima Madre: “Te hizo Puerta de salvación”. Y por si quedase dudas de lo afirmado, comentando San Agustín las palabras marianas indicadas, manifiesta: “¿Qué cosas grandes te hizo? Creo que siendo criatura dieras a luz al Criador, y que siendo esclava engendraras al Señor, para que Dios redimiese al mundo por ti, y por ti también le volviese la vida” (Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, tomo IV, San Lucas, ed. Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires, 1946, págs. 16 y 17).

 

¿Se ve? Lo pondremos bien en grande para que no queden dudas de las palabras agustinianas: “Para que Dios REDIMIESE al mundo POR TI, y POR TI le VOLVIESE la vida”. Luego, de rondón ha de afirmarse que María Santísima es Corredentora.

 

Para vergüenza y escándalo de todo el protestantismo y de todo el modernismo, las palabras de San Agustín que cité, fueran pronunciadas en el siglo V.

 

Inicialmente hablé de veneno, luego, como pudo apreciarse, diserté sobre el remedio: con él concluyo ahora. ¿Dónde hoy por hoy se encuentra que María es Corredentora? Una vez más, queridos lectores, solo lo hallarán en la Sana Doctrina de la Iglesia Católica, y que, por tanto, está enraizada en la Tradición Católica, aquella que al modernismo le produce verdadera náusea, al punto de preferir denigrar a la Corredentora para congraciarse con uno de los más grandes enemigos de ella: el protestantismo.

 

Se enseña teológicamente con absoluta precisión que de Maria nunquam satis (“de María nunca se dirá suficiente”). No es una exageración, sino una realidad incuestionable. Siempre quedaremos cortos para expresar las Glorias de María. María Santísima no es una diosa al estilo pagano, porque sencillamente una diosa está muerta, es falsa, no tiene gracia y lleva a la idolatría: la Pachamama es una diosa. María Santísima es Madre de la Vida y vida en la Vida, todo en ella es verdad, está llena de gracias y conduce a la latría: ella no es diosa, es sin exageración y para escándalo del modernismo: Madre de Dios.

sábado, 14 de septiembre de 2024

LA DOCTRINA AUTÉNTICA

 

           

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE


AVISO


sobre el libro

Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso

(Orbis Books: Maryknoll, Nueva York 1997)

del Padre

JACQUES DUPUIS, SJ

 

Prefacio

 

Después de un estudio preliminar del libro Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso del Padre Jacques Dupuis, SJ, la Congregación para la Doctrina de la Fe decidió proceder a un examen completo del texto mediante su procedimiento ordinario, de acuerdo con el Capítulo 3 del Reglamento para el Examen Doctrinal.

 

Es necesario subrayar que este texto constituye una reflexión introductoria a una teología cristiana del pluralismo religioso. No se trata simplemente de una teología de las religiones, sino de una teología del pluralismo religioso, que pretende investigar, a la luz de la fe cristiana, el significado de la pluralidad de las tradiciones religiosas en el plan de Dios sobre la humanidad. Consciente de los problemas potenciales de este planteamiento, el autor no oculta la posibilidad de que su hipótesis suscite tantas preguntas como las que intenta responder.

 

Después del examen doctrinal del libro y del resultado del diálogo con el autor, el Obispo y los Cardenales Miembros de la Congregación, en la Sesión Ordinaria del 30 de junio de 1999, evaluaron el análisis y las opiniones de los Consultores de la Congregación sobre las Respuestas del autor. Los Miembros de la Congregación reconocieron el intento del autor de permanecer dentro de los límites de la ortodoxia en su estudio de cuestiones hasta entonces en gran parte inexploradas. Al mismo tiempo, si bien notaron la voluntad del autor de proporcionar las aclaraciones necesarias, como se evidencia en sus Respuestas, así como su deseo de permanecer fiel a la doctrina de la Iglesia y a la enseñanza del Magisterio, encontraron que su libro contenía notables ambigüedades y dificultades sobre puntos doctrinales importantes, que podrían inducir al lector a opiniones erróneas o perjudiciales. Estos puntos se referían a la interpretación de la mediación salvífica única y universal de Cristo, a la unicidad y completitud de la revelación de Cristo, a la acción salvífica universal del Espíritu Santo, a la orientación de todos los hombres hacia la Iglesia y al valor y significado de la función salvífica de las otras religiones.

 

Al término del procedimiento ordinario de examen, la Congregación para la Doctrina de la Fe decidió redactar una Notificación [ 1] destinada a salvaguardar la doctrina de la fe católica de errores, ambigüedades o interpretaciones nocivas. Esta Notificación , aprobada por el Santo Padre en la Audiencia del 24 de noviembre de 2000, fue presentada al Padre Jacques Dupuis y fue aceptada por él. Al firmar el texto, el autor se comprometió a asentir a las tesis expuestas y, en su futura actividad teológica y publicaciones, a mantener el contenido doctrinal indicado en la Notificación, cuyo texto debe ser incluido en cualquier reimpresión o ulterior edición de su libro, así como en todas las traducciones.

 

La presente Notificación no pretende ser un juicio sobre el pensamiento subjetivo del autor, sino más bien una exposición de la enseñanza de la Iglesia sobre algunos aspectos de las verdades doctrinales antes mencionadas y una refutación de las opiniones erróneas o nocivas que, prescindiendo de las intenciones del autor, podrían derivarse de la lectura de las afirmaciones ambiguas y de las explicaciones insuficientes que se encuentran en algunas partes del texto. De este modo, se dará a los lectores católicos criterios sólidos de juicio, coherentes con la doctrina de la Iglesia, para evitar las graves confusiones y malentendidos que podrían resultar de la lectura de este libro.

 

I. Sobre la única y universal mediación salvífica de Jesucristo

1. Es necesario creer firmemente que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, es el único y universal mediador de la salvación para toda la humanidad. [2]

 

2. Es necesario creer firmemente que Jesús de Nazaret, hijo de María y único Salvador del mundo, es Hijo y Verbo del Padre. [3] Para la unidad del plan divino de salvación centrado en Jesucristo es necesario afirmar también que la acción salvífica del Verbo se realiza en y por medio de Jesucristo, Hijo encarnado del Padre, como mediador de salvación para toda la humanidad. [4] Por tanto, es contrario a la fe católica no sólo proponer una separación entre el Verbo y Jesús, o entre la actividad salvífica del Verbo y la de Jesús, sino también sostener que existe una actividad salvífica del Verbo en cuanto tal en su divinidad, independiente de la humanidad del Verbo encarnado. [5]

 

II. Sobre la unicidad y plenitud de la revelación de Jesucristo

3. Es necesario creer firmemente que Jesucristo es el mediador, el cumplimiento y la plenitud de la revelación. [6] Por tanto, es contrario a la fe católica sostener que la revelación en Jesucristo (o la revelación de Jesucristo) es limitada, incompleta o imperfecta. Además, aunque el conocimiento pleno de la revelación divina se alcanzará sólo en el día de la venida gloriosa del Señor, la revelación histórica de Jesucristo ofrece todo lo necesario para la salvación del hombre y no necesita ser completada por otras religiones. [7]

 

4. Es coherente con la doctrina católica sostener que las semillas de verdad y bondad que existen en otras religiones son una cierta participación en verdades contenidas en la revelación de o en Jesucristo. [8] Sin embargo, es erróneo sostener que tales elementos de verdad y bondad, o algunos de ellos, no derivan en última instancia de la mediación de Jesucristo. [9]

 

III. Sobre la acción salvífica universal del Espíritu Santo

5. La fe de la Iglesia enseña que el Espíritu Santo, que actúa después de la resurrección de Jesucristo, es siempre el Espíritu de Cristo enviado por el Padre, que actúa de modo salvífico tanto en los cristianos como en los no cristianos. [10] Por tanto, es contrario a la fe católica sostener que la acción salvífica del Espíritu Santo se extiende más allá de la única economía salvífica universal del Verbo encarnado. [11]

 

IV. Sobre la orientación de todos los seres humanos hacia la Iglesia

6. Es necesario creer firmemente que la Iglesia es signo e instrumento de salvación para todos los hombres. [12] Es contrario a la fe católica considerar las diversas religiones del mundo como vías de salvación complementarias de la Iglesia. [13]

 

7. Según la doctrina católica, los seguidores de otras religiones están orientados hacia la Iglesia y todos están llamados a formar parte de ella. [14]

 

V. Sobre el valor y la función salvífica de las tradiciones religiosas

 

8. De acuerdo con la doctrina católica, se debe sostener que «todo lo que el Espíritu realiza en los corazones humanos y en la historia de los pueblos, en las culturas y en las religiones, sirve como preparación al Evangelio (cf. Constitución dogmática Lumen gentium, 16)». [15] Es, por tanto, legítimo sostener que el Espíritu Santo realiza la salvación en los no cristianos también mediante aquellos elementos de verdad y de bondad presentes en las diversas religiones; sin embargo, sostener que estas religiones, consideradas como tales, son caminos de salvación, no tiene fundamento en la teología católica, también porque contienen omisiones, insuficiencias y errores [16] sobre verdades fundamentales sobre Dios, el hombre y el mundo.

 

Además, el hecho de que los elementos de verdad y de bondad presentes en las diversas religiones del mundo puedan preparar a los pueblos y a las culturas a acoger el acontecimiento salvífico de Jesucristo no implica que los textos sagrados de estas religiones puedan ser considerados como complementarios del Antiguo Testamento, que es la preparación inmediata al acontecimiento de Cristo. [17]

 

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del 19 de enero de 2001, a la luz de los ulteriores acontecimientos, confirmó la presente Notificación, adoptada en Sesión Ordinaria de la Congregación, y ordenó su publicación.

Roma, en la Sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 24 de enero de 2001, memoria de san Francisco de Sales.

 

+ JOSEPH Card. RATZINGER

Prefect

+ Tarcisio BERTONE, SDB

Arzobispo emérito de Vercelli

Secretario

 

[1]      A raíz de las tendencias que se han manifestado en algunos ambientes y que se han hecho cada vez más patentes en el pensamiento de los fieles cristianos, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la Declaración « Dominus Iesus » sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia ( AAS 92 [2000], 742-765) con el fin de proteger las verdades esenciales de la fe católica. La Notificación se inspira en los principios expresados ​​en la Dominus Iesus en su evaluación del libro del Padre Dupuis.

 

[2]      Cfr. Concilio de Trento, Decreto De peccato originali : DS 1513; Decreto De iustificatione : DS 1522, 1523, 1529, 1530; Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes , 10; Constitución Dogmática Lumen gentium , 8, 14, 28,49,60; Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio , 5: AAS 83 (1991), 249-340; Exhortación apostólica Ecclesia in Asia , 14: AAS 92 (2000), 449-528; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, 13-15.

 

[3]      Cf. Primer Concilio de Nicea: DS 125; Concilio de Chacledon: DS 301.

 

[4]      Cfr. Concilio de Trento, Decreto De iustificatione : DS 1529, 1530; Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Liturgia Sacrosanctum Concilium , 5; Constitución Pastoral Gaudium et spes , 22.

 

[5]      Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio , 6; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 10.

 

[6]      Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei verbum , 2, 4; Juan Pablo II, Carta encíclica Fides et ratio, 14-15, 92: AAS 91 (1999), 5-88; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 5.

 

[7]      Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 6; Catecismo de la Iglesia Católica , 65-66.

 

[8]      Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium , 17; Decreto Ad gentes , 11; Declaración Nostra aetate , 2.

 

[9]      Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium , 16; Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio , 10.

 

[10]     Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes , 22; Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio , 28-29.

 

[11]     Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio , 5; Exhortación Apostólica Ecclesia in Asia , 15-16; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 12.

 

[12]     Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium , 9, 14, 17, 48; Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio , 11; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 16.

 

[13]     Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio , 36; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 21-22.

 

[14]     Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium , 13, 16; Decreto Ad gentes , 7; Declaración Dignitatis humanae , 1; Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio , 10; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 20-22; Catecismo de la Iglesia Católica , 845.

 

[15]     Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio , 29.

 

[16]     Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium , 16; Declaración Nostra aetate , 2; Decreto Ad gentes , 9; Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi , 53: AAS 68 (1976), 5-76; Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio , 55; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 8.

 

[17]     Cfr. Concilio de Trento, Decreto De libris sacris et de tradicionalibus recipiendis : DS 1501; Concilio Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius , 2: DS 3006; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus , 8.