¿reina o no reina?
Por Agustín De
Beitia
La
Prensa,16.02.2025
En el mes de
diciembre de 1925, en el cuarto año de su pontificado, el papa Pío XI publicó
su sexta carta encíclica, Quas Primas, dedicada a instaurar la fiesta de Cristo
Rey. Achille Ratti (1857-1939), llamado el “papa de las encíclicas” porque
terminó escribiendo más de una treintena, quería con este nuevo texto resaltar
el carácter de esa realeza de Cristo y su doble dominio, espiritual y temporal.
La enseñanza de este pontífice pronto sería dejada de lado, olvidada y luego
hasta contestada por muchos católicos que han llegado a convencerse de que la
fe no debe salir de la esfera privada, tal como exige ese laicismo que este
documento se proponía frenar.
A cien años de la
redacción de aquella encíclica, sus advertencias conservan, por tanto, una
vigencia asombrosa.
Volver a ese
documento tiene aún más sentido desde nuestra atribulada Argentina, donde la
confesionalidad del Estado es puesta otra vez en entredicho por reformas que,
según se anticipa, buscarían remover algunos de los pocos vestigios formales
que aún quedan de la fe católica en nuestra Constitución Nacional, como así
también en la Carta Magna de la provincia de Santa Fe.
En el caso
nacional, trascendió que en una reunión entre oficialistas se planteó la
posible derogación del artículo 2 de la Constitución, donde se afirma que “el
gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. La difusión de
los audios dio lugar a una fugaz polémica en las redes sociales.
En el caso de
Santa Fe el proyecto para reformar el artículo 3 de la Carta Magna está más
avanzado y recibió el aval -por increíble que esto sea- del propio Arzobispado.
En efecto, el arzobispo Sergio Fenoy y el obispo auxiliar Matías Vecino,
sostuvieron que “la provincia no es, ni puede ser, de ninguna manera católica”
y pidieron “reconocer a la Iglesia dentro de la pluralidad, sin privilegios”.
UN ERROR COMUN
¿Hay razones para
oponerse a estas iniciativas? ¿O acaso Iglesia y Estado deben ser asuntos
separados, como se reclama con insistencia? ¿Debe la fe replegarse a la esfera
interior? Y en ese caso, ¿es lógico que así sea? Debajo de estas dudas que
abrigan no pocos católicos asoma una cierta idea de que aquello que debe primar
es la convivencia y el respeto por los no católicos, expresiones de un
“buenismo” que ha hecho suyo por desgracia nuestra ruinosa jerarquía
eclesiástica.
La lectura de Quas
Primas deja al descubierto la inmensidad de este error. Pío XI, a quien le tocó
conducir la Iglesia católica en el turbulento período de entre guerras, empieza
remitiendo a su primera carta pastoral, Ubi arcano Dei consiglio, donde ya
dedicaba unos puntos al reinado de Jesucristo y a desarrollar el principio que
se convertiría en lema de su pontificado Pax Christi in regno Christi (la paz
de Cristo en el reino de Cristo).
El punto de
partida del documento es, precisamente, la constatación de la falta de paz; es
decir, se trata de una observación del estado en que se encontraba el mundo en
aquel momento de principios del siglo pasado.
Retomando lo ya
expresado en su primer texto, Pío XI señala que “las calamidades que abruman y
afligen al género humano” -o el “diluvio de males” que sufre el mundo, como
también lo llama-, se debe al alejamiento personal, familiar y de los
gobernantes de Cristo y de su ley santísima. Es este alejamiento el que hace a
los hombres “correr hacia la ruina y la muerte por entre incendios de odio y
luchas fratricidas”, dice de modo elocuente.
Por tanto, puede
ya empezar a entreverse una primera razón por la cual llama a buscar la
“restauración” (reparemos en la palabra) del reinado de Jesucristo: para hallar
la ansiada paz. O, dicho de otro modo: no puede esperarse la paz sin restaurar
ese reinado. Una aseveración que está en línea con su predecesor san Pío X y su
lema Instaurare omnia in Christo que era un programa de restauración.
En Quas Primas
-una encíclica que hoy sorprendería por lo breve, compacta y densa- Pío XI
explora el concepto de la realeza de Cristo, empezando por su doble sentido: el
figurado o metafórico y el propio o estricto. Según el primero es que se dice
que Cristo reina en las inteligencias, en la voluntad y en los corazones. Pero
en sentido propio, Jesucristo tiene -por su consustancialidad con el Padre- el
mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.
El Papa demuestra
luego cómo fue esbozándose esta doctrina desde muy antiguo y para ello ofrece
un condensado repaso que va desde el Antiguo al Nuevo Testamento, desde los
salmos y profetas, hasta el Concilio de Nicea y la liturgia.
Tras ese repaso,
Pío XI recuerda que la Iglesia es “el reino de Cristo en la tierra, destinado a
extenderse a todos los hombres y todas las naciones”.
FUNDAMENTO
El pontífice sigue
a San Cirilo de Alejandría para explicar que el fundamento de esa realeza se
encuentra en la unión hipostática y en la redención: lo primero demuestra que
Cristo tiene potestad sobre la creación universal y, en consecuencia, debe ser
adorado como Dios por los ángeles y por los hombres, y asimismo unos y otros
están sujetos a su imperio y lo deben obedecer también en cuanto hombre. Y lo
segundo viene a señalar que Cristo también impera sobre todos nosotros por
derecho de conquista, un derecho adquirido a costa de Su preciosa sangre para
nuestra redención.
A continuación, el
pontífice explica que esta realeza tiene una triple potestad: legislativa (como
reflejan los santos Evangelios), judicial (porque el Padre no juzga a nadie,
sino que todo el poder de juzgar se le dio al Hijo) y ejecutiva (porque todos
deben obedecer sus mandatos y la rebeldía trae consigo castigos a los que nadie
puede sustraerse).
Una vez expuesto
ese fundamento, queda por ver si esa realeza es sólo espiritual, que es el
meollo de la actual confusión.
Pío XI confirma en
su encíclica que ese reinado de Cristo es principalmente espiritual y se
refiere a cosas espirituales, cosa que por otra parte el mismo Cristo proclamó.
“En efecto -dice el pontífice sin ambages-, cuando los judíos, y aún los mismos
apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al
pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana
imaginación y esperanza”.
Por lo tanto, es
cierto que no puede confundirse el Reino de Cristo con ningún reinado temporal
ni identificarse tampoco con ningún ordenamiento humano.
Sin embargo,
aclara Pío XI en un tramo de su texto que resulta central para lo que estamos analizando,
“incurriría en un grave error el que negase a la humanidad de Cristo el poder
real sobre todas y cada una de las realidades sociales y políticas del hombre,
ya que Cristo como hombre ha recibido de su Padre un derecho absoluto sobre
toda la creación, de tal manera que toda ella está sometida a su voluntad”.
Podrá objetarse
válidamente que fue el propio Cristo el que le respondió al gobernador romano:
“Mi reino no es de este mundo”.
Pero, frente a
esta objeción, el pontífice también ofrece una respuesta: así como Cristo se
abstuvo de ejercer ese poder mientras vivió en la tierra, y despreció durante
ese tiempo la posesión y el cuidado de las cosas humanas, “así también
permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen”.
Y para mayor
abundancia, el Santo Padre recuerda que “no quita los reinos mortales el que da
los celestiales”, como dice el Himno de Epifanía Crudelis Herodes.
Más aún: citando a
León XIII, explica que el imperio de Cristo se extiende “no sólo sobre los
pueblos católicos y sobre aquellos que, por haber recibido el bautismo,
pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el
cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no
participan de la fe cristiana, de tal manera que bajo la potestad de Jesús se
halla todo el género humano”.
Y, finalmente,
recuerda algo que resulta insoslayable: que Cristo es la fuente del bien
público y privado.
EXIGENCIA
A partir de esta
exposición argumental se comprende mejor el consejo que ofrece a continuación:
“No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por
el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de
Cristo”.
La razón de tal
consejo queda más clara, y revela toda su gravedad, hacia el final del texto:
“Porque la dignidad de la realeza de Cristo exige que toda república se ajuste
a los mandamientos divinos y a los principios cristianos en la labor
legislativa, en la administración de la justicia y, finalmente, en la formación
de las almas juveniles en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres”.
De lo anterior se
deduce que procurar la conformidad del orden social a la ley de Dios, favorecer
que las enseñanzas evangélicas impregnen la conducta de los Estados, es un
principio de justicia hacia el Creador, pero también hacia el propio hombre. Y
esto último porque, si la fuente del bien público y privado es Dios, y sólo de
El procede la prosperidad y felicidad de individuos y naciones, luego tal
obediencia redundará en el bien común.
La encíclica ‘Quas
Primas’, de Pío XI, es un gran documento a la vez teológico, social y político
que expresa la
doctrina del Magisterio de la Iglesia.
OTRO REINADO
Sostener lo
contrario, es decir, aceptar que el Estado y la fe sean asuntos separados, o
propiciar la libertad religiosa, como acaban de hacer penosamente los obispos
santafecinos, lo único que consigue es abrir más y más espacio a lo opuesto de
este reinado de Cristo, que es una “ateocracia”, como bien recuerda el monje
benedictino español fray Santiago Cantera, teólogo e historiador medievalista,
siguiendo en este punto al autor francés Charles-Humbert La Tour du Pin.
De esa ateocracia,
que rechaza la soberanía de Dios y lo excluye del ordenamiento legislativo y
jurídico, para reivindicar la soberanía del hombre, no puede esperarse otra
cosa que la destrucción de la armonía en la sociedad, el imperio de la fuerza,
la deformación de las almas de los jóvenes y la infiltración de la mentalidad
disolvente que hoy campea en las naciones dentro de los hogares cristianos.
La reivindicación
de la soberanía del hombre lleva a otro equívoco sobre el ejercicio del poder.
Pío XI recuerda lo que hoy ya no se quiere admitir: que, si bien se permite a
las autoridades civiles que ejerzan el poder, es como poder delegado por
Cristo.
“Si los
gobernantes reconocen que ejercen el poder no por derecho propio, sino como
mandato y representación del Rey divino, harán un uso recto y santo de su
autoridad y respetarán el bien común y la dignidad humana de los gobernados,
mientras que éstos les obedecerán por ser imagen de la autoridad de Cristo: de
ahí que se aseguren una justa libertad y un orden tranquilo, con una concordia
pacífica que supere los conflictos sociales y una fraternalmente a los
hombres”, expone el pontífice.
ORIGEN DE LA
DERIVA
La confusión
actual de tantos católicos, convencidos deque ese reinado es sólo espiritual,
se explica porque entre los tiempos de Pío XI y el presente ha corrido mucha
agua bajo el puente. La doctrina del reinado social de Jesucristo dejó de
predicarse desde hace tiempo y los teólogos, para conservar la paz, fueron
cediendo a la tentación de justificar una cierta separación entre el poder
eclesiástico y el político.
Un siglo atrás, la
Iglesia podía todavía confiar en que, aun bajo un régimen democrático, los
católicos podrían gravitar en las decisiones de una república por ser mayoría.
Hoy, con la descristianización tan avanzada, ni el sistema está dispuesto a
permitir tal gravitación ni, a decir verdad, los católicos la buscan más,
porque -por ignorancia, debilidad, compromisos o cálculo- han perdido de vista
el sentido que tenía tal cosa.
Quas Primas, un
gran documento a la vez teológico, social y político que expresa la doctrina
del Magisterio de la Iglesia sustentada sobre la Sagrada Escritura, ayuda a
recobrar aquel sentido.
Con él, Pío XI
quiso introducir en la divina liturgia la fiesta de Cristo Rey para que no sólo
el clero sino también el pueblo rindiera testimonio de obediencia y devoción y
para que, una vez instruido, “emprendiera un género de vida que fuera
verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey,
Jesucristo”. Por desgracias, la disminución vertical de la asistencia a misa
conspira hoy, también, contra ese fruto deseado por el pontífice.
Pero haber
ignorado hasta hoy las lecciones de esta encíclica, considerada la más
importante de aquel pontificado, haberlas dejado de lado por conveniencia
diplomática, sólo favoreció que el laicismo al que este Papa ya describía como
“una peste” se esparciera con más rapidez, ayudando a erigir ese reinado impío
que se va adueñando del mundo.
De continuar
soslayando estas valiosas enseñanzas sólo puede esperarse un agravamiento de
los males ya entrevistos por Pío XI. Pero varias preguntas seguirán en pie para
todos los católicos, y sobre todo para aquellos que actúan en política. ¿La
dignidad de la realeza de Cristo exige o no exige que las repúblicas se ajusten
a los principios cristianos? Y los políticos, ¿deben o no deben dar por sí
mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al
imperio de Cristo? ¿Tiene esto o no tiene consecuencias? La pregunta, en
definitiva, es si para ellos Cristo ¿reina o no reina?