viernes, 25 de marzo de 2022

TIRANÍA, CANCELACIÓN Y AUTO-CANCELACIÓN

 


Carlos Daniel Lasa


Infocatólica, 23/03/22

 

Hace pocos días, el Arzobispo Emérito de La Plata, Monseñor Héctor Aguer, publicó una Carta abierta dirigida a los que en la actual Iglesia se denominan «sacerdotes cancelados». Refiere el ex Arzobispo que, en castellano, «cancelar» significa «anular», «borrar de la memoria», «abolir», «derogar».

 

Apenas terminé de leer el lúcido texto de Monseñor Aguer, no pude dejar de pensar en el Hierón de Jenofonte, y en el rico comentario que hiciera del mismo el destacado filósofo de la política, Leo Strauss. Además, recordé las duras diatribas contra la tiranía pronunciadas por Tomás de Aquino. Y no podía ser de otra manera ya que un gobierno que es proclive a anular o a abolir a parte de sus gobernados se corresponde con el poder despótico propio del tirano.

 

Lo propio de un gobierno tiránico, nos dice el poeta Simónides en el diálogo Hierón de Jenofonte, es un «gobierno sin leyes». Simónides, interpreto, quiere decirnos que un tirano se convierte como tal a partir del momento en que su voluntad desconoce la naturaleza intrínseca de las cosas. Esto significa que su voluntad rechaza todo orden, y se entroniza en el lugar de este.

 

En el alma del tirano no impera el intelecto, sino su querer despótico. De allí que aquel siempre desprecie la vida intelectiva y la ciencia, y prefiera las acciones transeúntes mediante las cuales va extendiendo el dominio de su voluntad a todo lo que es. Su poder es tan grande ‒alardea el tirano‒ que está por sobre los mismísimos trascendentales del ser: la Verdad, el Bien y la Belleza.

 

A nadie escapa que esta ausencia de ley en el gobierno tiránico tiene como correlato la ausencia de libertad. El lugar de esta es ocupado por una pasión: el miedo. El tirano concibe a aquella realidad que le corresponde gobernar como si fuese su propia hacienda, como si fuese su propiedad privada, a la cual dirige de acuerdo a su querer arbitrario. En este sentido, todo súbdito pierde sus derechos. Frente al tirano, solo queda la obediencia ciega, propia del siervo y no de un auténtico hombre.

 

La obediencia del hombre se funda en el reconocimiento racional de las cualidades intrínsecas del que dirige, concretamente, su ciencia y virtud. Expresa Gadamer, al respecto, que la autoridad de las personas no tiene su fundamento último en la sumisión y la abdicación de la razón, sino en un acto de reconocimiento y conocimiento: se reconoce que el otro está por encima de uno en juicio y perspectiva y que, en consecuencia, su juicio es preferente o tiene primacía al propio (Cfr. Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Salamanca, Sígueme, 1977, p. 347). Claro está que, en el caso del creyente católico, esa razón está iluminada por la fe en la revelación transmitida, vivida e interpretada por la Iglesia.

 

Ahora bien, es preciso advertir que el tirano no se exime del temor que padecen los súbditos. También el tirano lo padece. ¿A qué teme el tirano? Todo tirano teme y odia la virtud ajena: odia la sabiduría y la virtud. Por eso los tiranos procuran que sus súbditos no se hagan virtuosos porque, de esa manera, no soportarían la dominación injusta que él pretende ejercer sobre ellos. Tampoco el tirano dejará que entre sus súbditos se establezcan lazos de amistad. Por el contrario, se ocupará se sembrar entre ellos la discordia, de ahondar las grietas existentes y de prohibir todo aquello que conduzca a la unión entre los mismos.

 

Refiere Tomás de Aquino, aludiendo al comportamiento del tirano: «Cuando el tirano es víctima de la pasión de la ira, hace derramar sangre por cosas insignificantes, según aquello de Ezequiel, XXII, 27: ‘Sus príncipes están en medio de ella como lobos para arrebatar la presa, para derramar sangre’. Por eso dice el Sabio (Ecles. IX, 18) que hay que evitar este régimen advirtiendo: ‘Vive lejos de aquel que tiene potestad para hacerte morir’, pues no mata por la justicia, sino por capricho de su voluntad. Así, pues, todos viven en la inseguridad en semejante régimen tiránico, volviéndose todo incierto cuando se suprime el derecho, de suerte que todo queda supeditado a la voluntad y concupiscencia de uno.» (Sobre el Reino, lib. I, capítulo 3).

 

A esta altura, y en relación a los «cancelados» de Mons. Aguer, no puedo dejar de interrogarme esto: ¿a quiénes, verdaderamente, «cancela» un tirano?

 

Si bien el tirano puede desterrar de su reino a todos aquellos que no están dispuestos a seguir sus caprichos arbitrarios, y en este sentido, los «cancela», sin embargo, la más profunda y aterradora cancelación que produce es sobre todos aquellos que renuncian, de un modo deliberado, a comportarse como hombres, para convertirse en esclavos mansos y serviles de todas sus arbitrariedades.

 

El tirano, en realidad, es el cancelador por excelencia: un cancelador de lo humano del hombre, de aquello que lo constituye como tal. El tirano no quiere tener a su alrededor hombres, sino infra-hombres. De allí que, como ya lo referí, jamás promueva a los sabios y a los virtuosos.

 

De este modo, convierte a lo que era una comunidad, en un amontonamiento de individuos, meramente yuxtapuestos, dominados por el miedo y ocupados/preocupados solo de salvar su propio pellejo y sus posiciones de privilegio. No pocos de ellos, lamentablemente, renuncian a su nobilísima misión de hombres a cambio de cuidar su propia e insignificante «quintita».

 

Sería auspicioso que Monseñor Héctor Aguer dirigiera una Carta a todos aquellos «cancelados» o, mejor dicho, auto-cancelados, que hoy, dentro de la Iglesia católica, abundan. Es imprescindible que estos superen su auto-cancelación, recuperando, de esa manera, su condición de hombres y de cristianos libres, para convertirse en fervientes fieles de aquella Verdad creída, vivida y celebrada por más de dos milenios por parte de la Iglesia católica.

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